sábado, 28 de abril de 2012

Los Vengadores

Título original: The Avengers.
Dirección: Joss Whedon.
Guión: Joss Whedon, Zak Penn.
Reparto: Robert Downey Jr., Chris Evans, Mark Ruffalo, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson, Samuel L. Jackson, Tom Hiddleston, Jeremy Renner, Clark Gregg, Stellan Skarsgard, Cobie Smulders, Gwyneth Paltrow.


A pesar de lo mucho que disfruto de las películas de superhéroes, en general me parecen malas. Me divierten más que casi cualquier otro tipo de película, pero considero que la mayoría son follones desestructurados sin ambiciones de seriedad que mezclan sin mucho acierto explosiones, tramas amorosas estereotipadas y mal llevadas y fantasmadas de índole poco diversa. De todas formas, lo cierto es que tampoco se les pide mucho más; son uno de los ejemplos más puros del cine cumpliendo su función primigenia de entretenimiento ingenuo. Sin embargo, después de las Batman de Christopher Nolan y de varias películas no relacionadas que trascienden sus géneros y crean algo nuevo sin perder su espíritu (se me ocurren las últimas películas de Pixar, que sin dejar de ser para críos consiguen atraer al público adulto gracias a no mucho más que guiones trabajados), a la parte de mí que se cree un crítico o un pseudoexperto le saben a poco los tíos tirando rayos láser por los ojos sin más. A pesar de ello, y partiendo de mi casi absoluto desconocimiento de los cómics, y en particular de los de la Marvel (Spiderman, Los 4 fantásticos, X-Men, Daredevil…), Los Vengadores me pareció una pasada.

El hecho de que el semidiós/alien Loki (Tom Hiddleston, que interpretó al mismo villano en la reciente Thor) quiera, obviamente, dominar el mundo de una forma que ya no recuerdo a pesar de haber visto la película ayer importa poco o nada. En este tipo de películas la trama es una excusa, poco más que un armazón, y Los Vengadores es perfectamente consciente de ello y de que lo importante es quién compone el grupo de héroes  reunido para combatir al malo de turno, y centra sus esfuerzos en eso más que en intentar dotar a la película de ínfulas de trascendencia –lo cual, en último término, es lo que la hace grande. En fin, volvamos a los protagonistas. Tenemos, claro, al propio Thor (Chris Hemsworth), que se propone detener a su hermano y némesis. También están el Capitán América (Chris Evans), venido del pasado de modo ilógico, y un Bruce Banner/Hulk (Mark Ruffalo, tercer actor que lo interpreta en diez años y que, a pesar de mis reparos, lo encarna mucho mejor que Eric Bana y Edward Norton) en plena autoterapia de control de la agresividad. Y, por supuesto, Tony Stark/Iron Man (Robert Downey Jr.), estrella mediática, multimillonario, paradójico narcisista filántropo y rey del sarcasmo.


Completa el reparto una serie de actores de lujo. En primer lugar, por supuesto, está Scarlett Johansson haciendo de espía rusa; intuyo que su Natasha Romanoff inspirará no pocas suciedades en no pocos frikis. Que por cierto, qué haces reduciéndote el pecho, Scarlett, joder. Anyway. El omnipresente Samuel L. Jackson da vida (como en otras de la Marvel, pero yendo en este caso más allá del mero cameo) a Nick Fury, líder de SHIELD, agencia dotada de tecnología armamentística avanzadísima, y que tendrá en el futuro cercano su propia película, claro está. Jeremy Renner (que participó, por ejemplo, en En tierra hostil, que ganó varios Oscar hace un par de años) también repite, y su aumento de importancia y tipodurismo son muy bienvenidos. Otro que vuelve es el agente Coulson (Clark Gregg), mucho más desarrollado que en las de Iron Man y Thor. También están por ahí, pero sin aportar demasiado, Stellan Skarsgard (Thor, la nueva de Los hombres que no amaban a las mujeres, Melancolía) y Cobie Smulders (Robin en Cómo conocí a vuestra madre). Como curiosidad,  los actores de culto Harry Dean Stanton (París, Texas, Alien) y Powers Boothe (Deadwood, Sin City) realizan sendos cameos.

Los protagonistas y sus respectivas capacidades de comerse la pantalla consiguen encajar perfectamente, mérito, como casi todo, del guión de Joss Whedon (a quien yo conozco por la serie de ciencia-ficción Firefly, de corta vida, y la película que sirvió para cerrarla, Serenity, pero que se hizo célebre por Buffy) y su propia y lograda traslación como director. La clave del guión es su ligereza casi constante, el hecho de que los diálogos sean divertidísimos, sobre todo a partir del momento en que los cuatro héroes se unen (el primer segmento de la película es bastante inferior al resto), y del choque de personalidades en el que lidera, claro está, el Iron Man de Downey, que se come al resto inevitablemente a pesar de no tener muchos más minutos que ellos; en cualquier caso, todos tienen sus propios chistes de tono definido. Por ejemplo, los de Thor se centran en su seriedad y grandilocuencia, y los del Capitán América en lo desfasado que está. La interacción entre todos ellos, juntos y por separado, es una delicia, y uno se queda con ganas de ver más de todos ellos (en mi caso, especialmente de Thor; llama la atención su falta de importancia a pesar de que sea el más implicado con el villano). Todo esto va unido a una acción de ritmo sin fisuras, más allá de alguna pausa bien situada con la función de ensamblar a los personajes y de hacerlos evolucionar, dentro de lo que cabe, que no es mucho. Ni falta que hace, insisto.


Por otra parte, Loki es un antagonista que no me motiva en absoluto, pero Whedon juega muy bien con su forma de manipular a los protagonistas (mindfucking, que dicen los americanos), lo relega hábilmente a un segundo plano, lo usa fundamentalmente como catalizador casi pasivo de la acción y se burla de su arquetípica ansia de superioridad. Igual que se burla, con algo que casi podríamos llamar atrevimiento, de la mentalidad derechista y religiosa del Capitán América; aun así, me pareció captar un diálogo con cierto tufo político que me chirrió bastante, cuando otro personaje dice al Capitán algo así como que con todo lo que está pasando a la gente le hace falta “algo pasado de moda”. No sé si Whedon lo atribuye al personaje o da su propia opinión, ni si son imaginaciones mías o lo exagero, pero en cualquier caso no tiene mayor relevancia.

De una ligereza bienvenida pero bien conjugada con los toques emotivos de rigor, Los Vengadores es, junto con los Batman de Nolan y quizá alguna otra en que no caigo, una de las pocas películas de superhéroes que me atrevo a calificar de ‘muy buenas’, pero de un modo bastante menos serio que las del murciélago, más ligero, más de cómic, de entretenimiento autoconsciente. Perdono el apresuramiento de los directivos o de quien fuera por estrenar el año pasado Thor y Capitán América (la segunda también me gustó bastante, por cierto) con tan poco margen temporal por su función básica de servir de avanzadilla a estos Vengadores que conforman no sólo la mejor película de la Marvel que se ha hecho hasta ahora, sino también uno de los mejores ratos que recuerdo haber pasado en una sala de cine. Debido a la escena insertada después de los créditos, siguiendo la tradición de las adaptaciones de la Marvel, prevemos que habrá Los Vengadores 2. Que así sea, y que la escriba Joss Whedon, por Dios.


viernes, 3 de febrero de 2012

Los descendientes

Título original: The Descendants.
Dirección: Alexander Payne.
Guión: Alexander Payne, Nat Faxon, Jim Rash (basado en la novela de Kaui Hart Hemmings).
Reparto: George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller, Nick Krause, Robert Forster, Judy Greer, Matthew Lillard, Mary Birdsong, Rob Huebel, Beau Bridges, Matt Corboy.


Con el paso de los años cada vez me tomo menos en serio los Oscar -probablemente lo de Slumdog Millonaire fue el punto de ruptura; en cambio, los Globos de Oro siguen manteniendo para mí una cierta credibilidad. En la edición de este año respiré aliviado cuando dieron el premio a mejor comedia o musical a The Artist, ese precioso homenaje y a la vez reinvención del cine mudo que, sin ser una maravilla, es claramente lo mejor del año, seguida de cerca por Un dios salvaje, aunque ésta pierde mérito por el hecho de ser una adaptación pura de una obra de teatro. Así, fiándome del criterio del jurado, me propuse ver Los descendientes, de la que no había oído hablar hasta el momento, cuando supe que había recibido el Globo al mejor drama. Del director Alexander Payne había visto, además, Entre copas y A propósito de Schmidt, grandes películas ambas, y George Clooney siempre me ha parecido un buen actor, más allá de su carisma. Sin embargo, aun sin llegar a decepcionarme, Los descendientes no llegó a darme tanto como esperaba.

El abogado Matt King (George Clooney) heredero y administrador de un enorme territorio virgen en una de las islas de Hawai. Debido a una reciente ley, él y sus primos se ven obligados a decidir a quién venderán las tierras. En pleno barullo legal, la mujer de Matt tiene un accidente de lancha y entra en coma. Así, Matt se ve obligado a ocuparse de sus dos rebeldes hijas de diez y diecisiete años y, a la vez, de poner en orden sus asuntos dada la elevada probabilidad de que su mujer no despierte.




Al fin y al cabo, Los descendientes no deja de ser una más de la interminable serie de películas independientes que giran en torno a la familia y que mezclan drama duro y comedia; se me ocurren Pequeña Miss Sunshine, Juno y la reciente Win Win, que comparten, a pesar de su tono progre, un cierto tufo conservador bastante curioso. Nada muy molesto, teniendo en cuenta la importancia objetiva de la familia y tal, aunque sí algo pesado a estas alturas. En este caso, el mensaje básico que me ha llegado es que, más que la pareja, que se agota, lo importante en la vida son los hijos, el legado.

Para llegar a eso, la película se basa en su recurso más interesante y, a la vez, más propio de Payne (era también una de las claves de A propósito de Schmidt): la ambivalencia afectiva del protagonista en relación a su mujer. A medida que investiga sobre su vida, Matt se da cuenta de que sus problemas de pareja no se limitan a un distanciamiento causado por su exigente empleo, y sus emociones y reacciones hacia las cosas que descubre son lo que proporciona la mayoría de toques humorísticos (aunque también es importante en este sentido el personaje de Sid, amigo de la hija mayor) y, además, lo que permite que Clooney se luzca.

Sin desdeñar la importancia de las hijas, en particular la mayor (muy buen trabajo de la desconocida Shailene Woodley; memorable la escena de la piscina), y alguno de los secundarios (Robert Forster está genial en el papel de suegro cabrón), el peso interpretativo recae fundamentalmente sobre el protagonista, quien plasma perfectamente la mezcla entre resignación, agotamiento, ira contenida (o no tanto), dolor y deseo de hacer lo correcto de su Matt King. Sin embargo, y aun siendo la base de Los descendientes, la complejidad del personaje y de la interpretación no me parece realmente digna de un premio del calado de los Oscar o los Globos de Oro (aunque son lógicos teniendo en cuenta el amor empalagoso que siente Hollywood por Clooney), y palidece, por ejemplo, en comparación al Schmidt de Jack Nicholson.


En ese sentido, las dos otras películas que he visto de Alexander Payne me parecen bastante superiores. Entre copas tiene un tono y un objetivo distintos, pero A propósito de Schmidt comparte, como he dicho, la ambivalencia del protagonista respecto a la desaparición de la figura de la esposa (algo me dice que el director tiene un historial amoroso jodido), y en mi opinión la trata con la misma habilidad, pero tiene un mayor interés debido a que los sentimientos del espectador con respecto a Schmidt son también ambiguos; se busca la compasión incondicional por el protagonista de Los descendientes. O eso, o que Clooney no es el adecuado para interpretar a un pringado entre patético y adorable, porque el patetismo es muy puntual.

Además, en comparación con las películas mencionadas, la estructura de Los descendientes es típica y previsible, nuevamente, dentro de los cánones del cine independiente de los últimos años. Junto a la elección de Clooney, es uno de los elementos brutalmente comerciales que me hacen intuir que el objetivo de Payne o de sus productores era ganar premios y, ya de paso, conseguir una buena recaudación en taquilla. Lo cual no está mal para cierto tipo de cine, pero no es lo que yo esperaría de un director experimental y original como éste.

En resumen, Los descendientes es una buena película que mezcla con relativo acierto el drama y la comedia aunque se decanta mucho más por lo primero, y que florece más que en ningún otro momento cuando confluyen sentimientos enfrentados en sus protagonistas. Sin embargo, tengo la convicción de que sin Clooney no se le habría dado ni de lejos tanto bombo, y no porque haga un papelón, sino porque ha servido como toque de atención respecto a la película y ha facilitado mucho las simpatías de la crítica con respecto a una película que no deja de ser típico cine indie sobre la familia con un presupuesto algo mayor de lo habitual. Nos vemos en los Oscar.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

Un método peligroso

Título original: A Dangerous Method.
Dirección: David Cronenberg.
Guión: David Cronenberg (basado en la novela de Christopher Hampton).
Reparto: Michael Fassbender, Keira Knightley, Viggo Mortensen, Sarah Gadon, Vincent Cassel.


Se tiende a simplificar cualquier cosa cuando se presenta a los no conocedores; sin embargo, me da la impresión de que en el caso de la teoría psicoanalítica esta simplificación es particularmente pronunciada. Además, existe una identificación generalizada del punto de vista de Freud, y por extensión del Psicoanálisis, con el de la Psicología en general, cuando en realidad existe una especie de rechazo despectivo oficial dentro de la profesión. En resumen, pues, hay tanto una visión superficial burlona como una falta de comprensión con respecto al Psicoanálisis. Desgraciadamente, Un método peligroso no sólo se enfoca hacia estos sesgos, sino que también sucumbe a ellos.

La trama se centra en Carl Jung (interpretado por Michael Fassbender), por aquel entonces un médico de prestigio incipiente, que decide utilizar la cura del habla propuesta por Sigmund Freud (Viggo Mortensen) para tratar a Sabina Spielrein (Keira Knightley), una estudiante de medicina diagnosticada de histeria. Sin embargo, a medida que el tratamiento se desarrolla y la paciente mejora, Jung es cada vez más consciente de las limitaciones de la teoría freudiana y de sus propios deseos y debilidades.

He leído algunas críticas que hablan de la película como un "viaje al fondo de los orígenes de la pasión" y la sexualidad; yo no lo veo así. Es cierto que se trata el tema, pero no deja de ser un aspecto más bien secundario al mensaje crítico que realmente sustenta la película y que podríamos resumir en aquello de "ver la paja en el ojo ajeno". Que sí, que el enfoque excesivamente sexual de Freud probablemente venga de una obsesión propia, que vale, que ya sabemos que el puro a veces es un pezón y a veces una polla y a veces solamente un puro, y el chiste está gastadísimo. Y la insistencia de Un método peligroso en esta paradoja ni es novedosa ni especialmente acertada.


Siguiendo con el asunto de la paradoja, y de un modo algo más interesante, está también el hecho de que Jung cuestionara el énfasis de Freud en la sexualidad como motivación casi exclusiva, pero su biografía parezca apoyar las ideas del maestro. Esto en general está bien llevado en la película, pero peca de ese simplismo al que hacía referencia al principio: no se tienen en cuenta la mayoría de circunstancias de la vida de Jung, sino que se utiliza sólo aquel segmento de la realidad (o puede que ni siquiera eso, porque su relación con Sabina S. no pasa de rumor) que resulta útil para explicar lo que se quiere explicar. Y eso -jódete, Cronenberg- es caer irremediablemente en lo mismo que se quiere criticar del Psicoanálisis en Un método peligroso.

Otro aspecto crítico y paradójico, está vez quizá más amplio, no aplicable sólo al Psicoanálisis sino, si se quiere ver así, a toda la Psicología, es el bucle del médico convertido en enfermo y el enfermo convertido en médico. La propia Sabina Spielrein se presenta, a medida que avanza la trama, como una figura más lúcida que Jung y Freud, un personaje al que las propias dificultades llevan al conocimiento, a la formulación de teorías, y no al revés. En su momento esto me indignó mucho y me pareció una tergiversación clara de los acontecimientos, pero en frío lo encuentro ingenioso si paso a tomarme menos en serio la película.

Creo que esa es una de las claves y, tal vez, virtudes de Un método peligroso, que no se toma demasiado en serio a ella misma, a pesar de la seriedad del tema que trata. En realidad es frívola, manipuladora y cínica dentro de su apariencia sobria y elegante, de lo cual son pistas los toques de humor (básicamente referencias a vida y obra) acertado y ligeramente oscuro, pero en general difícil de captar si no se conoce mínimamente a Freud y Jung y su antagonismo; en cualquier caso, como he venido diciendo, hay demasiadas barreras para que quien esté familiarizado llegue a disfrutar, y dudo del atractivo de la película para quien no lo esté (entre otras cosas, es una película lenta y densa). Además, me indigna que se dé esta visión tan sesgada y reduccionista a los neófitos -aunque nunca está de más bajar a Freud del pedestal un rato.


Esa misma falta de seriedad contribuye en buena parte a la infantilidad que destilan los diálogos, a la dificultad para creerse unos personajes que son claramente caricaturas fuera de contexto, cosa que podría funcionar si no tuviéramos en mente a sus referentes reales, pero como sí lo hacemos hay un choque molesto entre la visión previa y la que nos quiere trasmitir Cronenberg. Es esa interacción entre lo conocido y lo nuevo lo que hace que no me acaben de convencer las actuaciones de Fassbender y Mortensen, limitadas por un guión que chirría, pero sí la de Keira Knightley, puesto que no sólo tiene un papel más variado y difícil, sino que también cuenta con la ventaja de la relativa falta de fama de su personaje. Aun así, y a pesar de que fuera cierta, la evolución de su personaje no resulta creíble en el contexto de la película, y eso es un signo indudable de que algo falla.

En resumen, opino que Un método peligroso apunta a demasiados blancos a la vez, Freud, Jung, el Psicoanálisis, la Psicología en general, y obviamente no acierta a todos; consciente de la dificultad de la meta, opta por enmascarar un poco su seriedad para ver si cuela como broma, pero esto es bastante difícil de aceptar teniendo en cuenta que se basa en personajes reales (por lo que me recuerda en cierta medida a la justificadamente desconocida El día que Nietzsche lloró, aunque ésa tiene la desventaja de ser una mierda en general). Situándola dentro de la filmografía de Cronenberg, resulta interesante por su contención, elegancia y temática, pero también tan irregular y mal resuelta como la mayor parte de su obra. Y no nos engañemos, si tuviera la capacidad de hacer una película que funcionara del todo a estas alturas ya la habría hecho.


martes, 20 de septiembre de 2011

El árbol de la vida

Título original: The Tree of Life
Dirección: Terrence Malick
Guión: Terrence Malick
Reparto: Brad Pitt, Hunter McCracken, Jessica Chastain, Sean Penn, Laramie Eppler


Llevaba mucho tiempo sin escribir críticas. Dejando de lado la vagancia, que es sin duda el motivo principal de mi inactividad, creo que también tiene una importancia fundamental el hecho de que las películas que he visto en el cine en los últimos meses no me han motivado lo suficiente. Sé que suena a tópico, y suena a tópico porque lo es, pero no puedo evitar decir que las películas recientes raramente arriesgan, que no innovan o aportan lo suficiente como para merecer un comentario detenido. En ese sentido, El árbol de la vida, la nueva película de Terrence Malick, es una obra que, en cierto modo, agradezco profundamente, porque es quizá (exceptuando alguna joya como Exit through the gift shop) lo más original y experimental que se ha hecho en el cine de la última década. Pero soy de esos -pocos, intuyo por las críticas que he leído de la película- que creen que "original" no tiene por qué equivaler a "bueno", y en este caso en particular no es así. Vamos allá.

El árbol de la vida, simplificando, cuenta cómo Jack O'Brien (interpretado muy escuetamente por un Sean Penn cuyo papel consiste básicamente en pasear y aportar una voz en off) recuerda a su hermano, cuya muerte, acontecida muchos años atrás, todavía lo atormenta, para poder reconciliarse con su pasado y, por extensión, con él mismo. Con este fin se explica la relación del Jack adolescente con su padre (Brad Pitt, más que correcto, como mínimo), un hombre severo y aparentemente cruel, y su madre (Jessica Chastain), dulce pero débil, y la independización de Jack como individuo a partir de la rebelión contra el padre, símbolo de la autoridad arbitraria.

Hasta ahí bien. Para entender los problemas del filme está bien, creo, recordar un poco las películas más recientes de Malick, La delgada línea roja y El nuevo mundo, que formalmente difieren bastante de sus películas primerizas, por allá en los setenta, a pesar de que tienen en común el tono y el mensaje. Después de un hiato de veinte años en su filmografía, las pretensiones de Malick como guionista y cineasta se vieron favorecidas por la posibilidad de contar con medios económicos y técnicos para hacer películas que abarcaban más y que destacaban tanto por su mensaje pacifista -y, por qué no decirlo, hippie- como por su belleza estética.


Ambas películas daban un peso importantísimo a una voz en off poética que ponía de relieve los sentimientos y motivaciones de los personajes y que, en general, funcionaba muy bien, por ejemplo como contraste entre lo que pensaban los protagonistas y lo que realmente llevaban a cabo. La lentitud narrativa era algo que quedaba compensado por la belleza de la película en general; nunca criticaré a un director simplemente por hacer películas lentas si no me importa que tarde en contar algo en lo que vale la pena tomarse tiempo, o me tendría que meter con Haneke o hasta con Tarkovsky y Bergman.

En El árbol de la vida Malick se deshace completamente del sentido de la moderación y, de paso, se carga completamente el ritmo. Es decir: abarrota el metraje, primero, de voces en off que en no pocos momentos se sienten exageradas y hasta llegan a provocar vergüenza ajena, y segundo, de imágenes espectaculares alargadas hasta el coñazo -y creo que, de todas las que he usado hasta ahora para describirla, "coñazo" es la palabra que mejor resume la película. La máxima expresión de esto último son los diez o veinte o cincuenta minutos, yo qué sé, en que Malick compara e iguala la importancia de una sola vida, la del hermano muerto, con la de la vida en general -lo cual, por cierto, viene a ser el mensaje básico de la película: toda la vida es una sola-, representada por el nacimiento y evolución de la Tierra, incluyendo un par de imágenes supuestamente trascendentes de dinosaurios y una banda sonora operística que parece querer decir al espectador algo así como "Ah, por si no te habías fijado, estas imágenes son espectaculares". Y lo son, pero es todo tan excesivo y pretencioso que es imposible tomárselo en serio en su contexto.


Y toda la película está imbuida de esa grandilocuencia pedante, manifestándose después, una vez la ¿trama? se sumerge en la parte más narrativa, la de la relación del protagonista con su padre, en forma de imágenes metafóricas que agobian por su abundancia, aunque individualmente no tienen por qué no funcionar; destaco, por ejemplo, la repetición del plano de niños jugando enfocado de forma que las sombras parecen más grandes que los cuerpos, imagen que abarca una cantidad enorme de simbología: la vida infantil como algo todavía por desarrollar, la vida propia como un elemento mucho menos importante que su repercusión en otras vidas, que todo lo que ha afectado a esa vida desde el inicio de los tiempos pero no forma parte de ella... A destacar también, y en el sentido opuesto, la cagada monumental del final, una mezcla entre iluminación mesiánica, anuncio de Cacharel y el último capítulo de Lost.

No niego el valor de El árbol de la vida como experimento, como completa liberación de un cineasta que ya se había ganado el respeto de la crítica y, en menor medida, de los espectadores, pero sí me atrevo a decir no que le falta, sino que le sobra demasiado como para poder ser buen cine. Me importa una mierda el cuidado que haya puesto Malick en cada imagen y en cada metáfora si el conjunto no se aguanta por ningún lado, si el mensaje es tan básico y a la vez tan difuso que se derrama entre los huecos del guión, se pierde de vista entre tantas idas y venidas de la cámara, se olvida con cada corte del ritmo narrativo.

Hay mucho más que decir sobre esta película, pero creo que realmente no hace falta que escriba más para que se entienda qué valoro y qué no de El árbol de la vida. Desde luego que se me han pasado cosas durante el visionado, pero me cuesta muchísimo creer que hayan sido tantas como para justificar la diferencia entre mi crítica y las lamidas de glande que he leído por ahí. En cualquier caso, está claro que hay muchas películas y muchos puntos de vista, por lo que yo no me fiaría de una sola opinión, ni de cuarenta, y, más en este caso que en el de casi cualquier otra película, la vería para poder formar una propia. Eso sí, aconsejo que mejor cuando salga un ripeo decente; quien se atreva a pagar seis euros que no venga a reclamármelos a mí.


martes, 15 de febrero de 2011

Valor de ley


Título original: True Grit.
Dirección: Joel Coen, Ethan Coen.
Guión: Joel Coen, Ethan Coen (novela de Charles Portis).
Reparto: Hailee Steinfeld, Jeff Bridges, Matt Damon, Josh Brolin, Barry Pepper.

Es difícil pensar en directores actuales que hayan aportado tanto al cine como ese ente bicéfalo compuesto por los hermanos Coen. O tal vez "aportar" no sea la palabra apropiada; más bien han dado un giro al tono de muchos géneros olvidados o estancados. Muerte entre las flores, por ejemplo, se cargó el cine de gángsters, concebido desde sus inicios con una seriedad que parecía inamovible; lo que le hizo El Gran Lebowski al cine negro casi parece más una falta de respeto genial que un homenaje. Así pues, al saber que iban a hacer un western (No es país para viejos y su ópera prima, Sangre fácil, no tienen mucho más de western que la ambientación) esperaba, supongo que como la mayoría de sus fans, presenciar una vuelta de tuerca al género, algo así como una Sin Perdón cabrona. Nada más lejos.

El padre de Mattie Ross (Hailee Steinfeld) es asesinado por Tom Chaney (Josh Brolin; No es país para viejos, W.), un criminal recurrente que huye con el caballo de su víctima. Ante la pasividad de las fuerzas del orden, Mattie decide tomarse la justicia por su mano y contrata a Rooster Cogburn (Jeff Bridges; El Gran Lebowski, Corazón rebelde), un alguacil borracho y de gatillo fácil, para que la ayude a detener a Chaney. A la partida se une LaBeouf (Matt Damon; Infiltrados, El caso Bourne), un ranger de Texas que lleva meses persiguiendo al asesino.


Valor de ley empieza bien, de un modo muy coeniano. Durante el primer cuarto de hora, antes del inicio de la persecución, tiene lugar la mayor parte de los pocos toques de humor entre negro y absurdo, tan característicos de los hermanos, de todo el metraje. Sin embargo, la película tarda poco en convertirse en un western relativamente típico, perfectamente ambientado y fotografiado, de ritmo lento y con una dirección menos llamativa de lo que se presupone a una obra de los Coen.

El problema fundamental es el guión, que no es malo sino más bien poco destacable; no hay que olvidar que esta Valor de ley es tanto la adaptación de una novela como un remake y, por lo que he leído (no he visto la original), se aleja muy poco de sus fuentes. En su crítica, Peter Travers, de la Rolling Stone, afirma que "Los Coen absorben en su ADN al injustamente olvidado Portis", pero no es así. Si bien en la premiadísima No es país para viejos convirtieron los diálogos secos de Cormac McCarthy en palabras irónicas y mordaces que sonaban muy propias, su versión de Valor de ley es poco personal, a pesar de las ocasionales imágenes sangrientas y demás marcas de la casa.



Al ver Valor de ley, no pocas escenas hacen pensar en esa, digamos, ingenuidad verbal del cine de la primera mitad del siglo XX, que en su contexto original no molesta pero en una película de los Coen chirría y hasta decepciona. Incluso la ruptura de arquetipos que representan la mayoría de los personajes (el héroe dudoso, el malo patético, el bandido honorable) se siente desfasada e innecesaria, quedando más cerca de la reciente Appaloosa que, por ejemplo, de El hombre que mató a Liberty Valance.

Además de en el hecho -que no hay que olvidar- de que no pretende ser mucho más que un divertimento tanto para sus creadores como para el espectador, el pilar en que se sustenta Valor de ley es su pareja protagonista. Ver a Jeff Bridges parodiando a John Wayne es tan entretenido como suena, y la niña, Hailee Steinfeld, ofrece una interpretación sólida y sobria, aunque probablemente lastrada por un mal doblaje; tengo ganas de volver a ver la película en versión original. Por otra parte, el sobreutilizadísimo Matt Damon sigue, como casi siempre, haciendo que me pregunte qué cojones ven en él tantos grandes directores, y los pequeños papeles de Josh Brolin y Barry Pepper (Los tres entierros de Melquiades Estrada, La milla verde) son curiosos -ver a Brolin con los dientes negros, el entrecejo más peludo que la barba y la espalda medio doblada no tiene precio- pero no están ni de lejos a la altura de la mayoría de secundarios de la filmografía de los Coen.


Y es que ésa es la mayor desventaja de Valor de ley, que resulta imposible no compararla con el resto de películas de sus creadores. Sin ser una mala película, Valor de ley sólo supera a dos o tres de éstas: Arizona Baby, Crueldad intolerable y, tal vez, LadyKillers o El gran salto. Sin ir más lejos, la penúltima película de los Coen, Un tipo serio, está muchísimo más conseguida que Valor de ley, a pesar de haber sido ignorada por el público y la crítica. De todos modos, irónicamente, parece probable que el hecho de ser de los Coen sea lo que ha favorecido su buena recepción; intuyo que, de haber sido dirigida por cualquier otro, Valor de ley habría pasado sin pena ni gloria.

Resumiendo, Valor de ley decepciona como película de los Coen al carecer del humor negro y la originalidad de que los hermanos han dotado durante su carrera a diálogos propios y ajenos, dando la impresión de estar muy poco trabajada a nivel de guión, que siempre ha sido el punto fuerte de los hermanos. Aun así, es un western bien realizado e interpretado y con un aire clásico innegable, lo cual se echa algo en falta en el panorama cinematográfico reciente.


lunes, 31 de enero de 2011

I'm Still Here: The Lost Year of Joaquin Phoenix


Hace poco más de un año, tras el rodaje de Two Lovers, Joaquin Phoenix (Gladiator, El bosque) anunció que se retiraba del mundo de la interpretación para dedicarse al hip-hop. A esta sorpresa siguió la asunción generalizada de que Phoenix había perdido la cabeza. Opinión que, por otra parte, parecía reforzarse más con cada una de sus posteriores apariciones públicas: había engordado, descuidado su higiene personal y siempre parecía drogado. El punto álgido de esta decadencia quizá fuera su aparición en el show de David Letterman, donde ni siquiera parecía capaz de recordar el nombre de su compañera de reparto en Two Lovers, Gwyneth Paltrow. Asimismo, la entrevista de Letterman representa perfectamente el punto de vista del gran público hacia Phoenix durante el año 2010: mientras el presentador lo acribillaba a burlas a las que el ex-actor se mostraba incapaz de contestar, el público se reía a carcajadas.

Joaquin Phoenix casi siempre me ha parecido un actor soso y monótono (exceptuando, claro, su genial personificación de Johnny Cash en I Walk The Line, que le valió merecidamente una nominación al Oscar). Por tanto, que se retirara del mundo del cine me resultó indiferente; sin embargo, recuerdo haber sonreído despectivamente y sacudido la cabeza cuando me lo contaron, para olvidarme del asunto casi inmediatamente. De la misma manera, la crueldad de los medios y el público hacia esto en que se había convertido me pareció, si no comprensible, al menos sí acorde con lo que cabría esperar de ellos. Y, con I'm Still Here, Phoenix y el director, su cuñado Casey Affleck (infravalorado protagonista de El asesinato de Jesse James... y Adiós Pequeña Adiós), demuestran que también ellos sabían perfectamente cuáles serían las reacciones a la mutación decadente de una estrella de este calibre.

Y es que, si bien cuando se estrenó en los Estados Unidos, en noviembre del año pasado, Phoenix y Affleck seguían fingiendo, poco después confirmaron que tanto el documental como la imagen pública de Phoenix durante el pasado año fueron un montaje. Joaquin pasó un año interpretando a esa versión alternativa y degenerada de él mismo -sin duda, el mejor papel de su carrera. Si bien no todo el mundo cayó en la trampa, tampoco fueron muchos los que se dieron cuenta, o intuyeron, de qué se trataba; obviamente, algo así parece demasiado retorcido como para comprenderlo sin saber cuál es su objetivo. Y, por lo que veo en las críticas y reacciones ahora que la verdad se ha destapado, la broma (si entendemos por "broma" lo mismo que el incomparable ¿humorista? Andy Kaufman) no ha sentado del todo bien.


I'm Still Here es, a partes iguales, un tour de force de Phoenix, un reportaje sobre las reacciones del mundo ante su transformación y una especie de burla. El documental, mitad real y mitad falso, no sólo se centra en resumir cómo actuó el mundo ante la transformación de Joaquin Phoenix en el rapero JP, sino que juega con el espectador mediante una pseudotrama en que participan algunos "actores" (aunque es muy difícil decidir hasta qué punto sus papeles se basan en su personalidad real) que intepretan, por ejemplo, a trabajadores y amigos del protagonista. Para reforzar la sensación que intenta provocar en el espectador, el director introduce, de manera grotesca y, en realidad, innecesaria e incluso molesta, vómitos, mierda y genitales masculinos. Estos dos elementos (la trama falsa y la búsqueda de la repulsión), son los mayores defectos de la película, que a pesar de ellos funciona perfectamente.

No conviene pensar en I'm Still Here como en una película, sino más bien como en la crónica de un experimento sociológico. Las interacciones de JP con otras estrellas son impagables y provocan carcajadas tan difíciles de contener como de definir, aunque nuevamente es complicado trazar la línea entre lo provocado y lo natural. Por ejemplo, si bien los encuentros con Ben Stiller y con varios raperos famosos resultan genialmente incómodos, el metafórico discurso de Edward James Olmos sobre las gotas de agua que tienen que caer por la ladera de la montaña para poder evaporarse y volver a la cima en forma de lluvia es excesivamente obvio, a pesar de que funciona como, digamos, pista para entender de qué va el juego de Affleck y Phoenix.


Sin embargo, lo que da verdadero valor a la película es cómo capta la opinión pública, representada básicamente por extractos de los medios de comunicación, aunque también se utilizan otros recursos, como un vídeo de Youtube. Las reacciones oscilan entre la indiferencia despectiva y la crueldad morbosa, el placer que provoca ver cómo alguien con una vida perfecta cae en picado. Esas caras sonrientes que dirigen la mirada a las pantallas de sus teléfonos móviles mientras graban la pelea de Phoenix con un miembro del público que lo ha insultado durante un concierto son quizá la mejor manera de entender qué era lo que los creadores del documental pretendían reflejar y, a la vez, la mejor muestra de que han logrado su objetivo.

El visionado de I'm Still Here me ha provocado una especie de mezcla entre dolor y orgullo. Esta genialidad es un reflejo más de la vanidad del star system hollywoodiense y de cómo tanto este mismo como quienes lo siguen y alaban dan la espalda a sus ángeles caídos, pero el hecho de que la caída de Joaquin Phoenix no sólo esté perfectamente documentada, sino que también sea fingida la dota de un interés y, por qué no decirlo, de un morbo innegables. Igualmente interesante resultará, a estas alturas, comprobar las reacciones de crítica, público y colegas de profesión a la revelación de que todo ha sido un montaje: ¿quién seguirá dando la espalda a Phoenix, quién se sentirá estafado, quién -como yo, supongo- pasará de despreciarlo a considerarlo un genio?


viernes, 31 de diciembre de 2010

Balada triste de trompeta


Dirección: Álex de la Iglesia.
Guión: Álex de la Iglesia.
Reparto: Carlos Areces, Carolina Bang, Antonio de la Torre, Manuel Tallafé, Alejandro Tejería, Manuel Segura, Enrique Villén, Gracia Olayo, Sancho Gracia, Santiago Segura.

Álex de la Iglesia es uno de los directores españoles más famosos de la actualidad. Y, a diferencia del resto, que son ocasionalmente sobrevalorados, como Amenábar y Coixet, o lo son siempre, como Almodóvar, sus películas suelen dar lo que prometen. Esto es así porque al cine de Álex de la Iglesia no se le presupone calidad, sino otra cosa: personalidad. Que obras como El día de la bestia o Crimen ferpecto son un desfase casi constante no hace falta ni decirlo, pero es una parte esencial del valor, cuestionable o no, de la filmografía de De la Iglesia. Por eso mismo decepcionó Los crímenes de Oxford, que en su intento de ignorar los tics de la mano del autor quedó estéril. Sin embargo, ese esperpento tan típicamente español y del que De la Iglesia es el mayor representante sólo funciona si lo grotesco no sobrepasa ciertas barreras de exceso o de coherencia narrativa. Y he ahí por qué Balada triste de trompeta, su última película, no es buena.

Javier (Carlos Areces) tuvo una infancia difícil. Su madre murió cuando era muy pequeño, y su padre, un payaso que luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil, murió en la cárcel pocos años después, no sin haber recomendado a su hijo que utilizara la venganza para curar su dolor. En los años 70, Javier se une a un circo para ponerse, por primera vez, en la piel del payaso triste. El payaso tonto, Sergio (Antonio de la Torre), es la estrella del espectáculo y quien verdaderamente lleva las riendas del circo; durante el día hace reír a los niños, a los que adora, pero durante la noche, cuando bebe, pega a su novia, la trapecista Natalia (Carolina Bang), con quien mantiene una relación difícil, y de quien Javier se enamora. El inicio de este trío amoroso desencadena una sucesión de actos violentos incitados por los celos y la indecisión de la mujer.


Balada triste de trompeta tiene un comienzo brutal. Tanto la estética como el montaje de las primeras dos o tres escenas y los créditos iniciales (que intercalan con muchísimo acierto fotografías en blanco y negro de artistas de circo, figuras públicas y escenas corrientes del siglo XX, con música flamenca/militar de fondo) son tremendamente efectistas y bien logradas. Sin embargo, estos logros se disipan cuando empieza el nudo. Los chistes dejan de funcionar enseguida, básicamente porque el guión se centra mucho más en la acción que en el diálogo, algo que, en uno u otro punto, pasa en todas las películas de Álex de la Iglesia, pero aquí es en un momento demasiado cercano al inicio. Esa sensación de clímax constante que, en mayor o menor medida, se alcanzaba en El día de la bestia, La comunidad y Crimen ferpecto (y que ni siquiera en estas era particularmente destacable) se traduce aquí en una sucesión de escenas impactantes sin verdadera cohesión, que no parecen ir mucho más allá de un intento de descolocar al espectador tanto como sea posible. Muchos de los chistes violentos tampoco tienen gracia, como la "subtrama" del motorista. Por otra parte, destaco la escena en que una familia entra en un bar a pedir un desayuno como ejemplo de que la genialidad de los diálogos de De la Iglesia sigue despertando ocasionalmente.

Tristemente, el acertado reparto tampoco consigue mejorar mucho la película. El mejor es Antonio de la Torre, que da verdadero miedo, aunque su personaje se deshincha junto al resto de la película. Carlos Areces es la elección perfecta para el papel protagonista, y mucho de lo que se dice en Balada triste de trompeta sobre los payasos tristes es totalmente aplicable a él, pero no creo que llame la atención a aquellos que no lo conocen por La Hora Chanante y derivados. Carolina Bang es una mujer-florero y dudo que alguien se atreva a decir lo contrario, pero De la Iglesia tampoco le pide mucho más. Enrique Villén, Luis Varela y compañía, que siempre han sido pequeñas joyas en las obras del director, aquí no tienen, en general, diálogos con la chispa de los de películas anteriores, y el único cameo que no está desaprovechado es el de Santiago Segura, que debería dejarse de Torrentes y gilipolleces varias y dedicarse a actuar en serio.


En realidad, Balada triste de trompeta es una metáfora sobre la Guerra Civil, sobre el origen de los rencores y el hecho de que, sin importar los motivos de cada bando, ambos acabaran convirtiéndose en lo mismo. Si bien esto da un valor añadido a la película y haciendo una relectura en este sentido algunos elementos adquieren sentido (como la aparentemente absurda reaparición del personaje de Sancho Gracia), no es suficiente para que Balada triste de trompeta llegue a otro nivel, puesto que la falta de, digamos, elegancia en la simbología es casi constante y distrae muchísimo, a excepción de algún momento concreto, en particular el plano final.

Hace años, en el instituto, hice un trabajo sobre el cine de Álex de la Iglesia donde, entre otras cosas, hablaba de los paralelismos entre sus obras. Lo cierto es que me lo puso fácil, porque el número de elementos que se repiten en su filmografía es enorme, y esto siempre me ha hecho pensar en una relativa falta de creatividad. En Balada triste de trompeta, por ejemplo, reaparecen por enésima vez las escenas de vértigo, especialmente en la última escena, que tiene lugar en un sitio alto. Estos elementos utilizados como armazón dan una especie de consistencia interna al cine de De la Iglesia y, no sé si porque son parte de esa "personalidad" de la que hablaba, no molestan demasiado, sino que más bien ayudan al espectador a encontrar puntos de apoyo.


En la película hay también muchas referencias culturales a la España de la época en que se ambienta; el mismo título está extraído de una canción de Raphael que suena durante el metraje. También están por ahí Franco, Carrero Blanco y ETA; la intención del director, supongo, es algo así como hacer ver al espectador que las abominaciones que crea no destacan especialmente entre todo lo que ha pasado en nuestro país. Sin embargo, imagino que la sensación experimentada automáticamente por la mayoría de los espectadores será, nuevamente, de incomprensión o de innecesariedad.

Si Los crímenes de Oxford fue un intento por parte de Álex de la Iglesia de reprimir los elementos que hacen inconfundible su manera de hacer cine, Balada triste de trompeta parece todo lo contrario; sin embargo, deja demasiado de lado el guión en favor de la violencia, y su falta de cohesión es más notable todavía que en el resto de la filmografía del director, que pocas veces se ha caracterizado por tener un buen ritmo narrativo. Aun así, tiene un cierto valor, aunque probablemente menor de lo que a De la Iglesia le habría gustado, como reflexión sobre la Guerra Civil y la España del siglo pasado en general, y es, en ese sentido, el reflejo más desesperanzador de nuestro país de todos los que nos ha mostrado el cineasta.


jueves, 16 de diciembre de 2010

Biutiful


Dirección:
Alejandro González Iñárritu.
Guión: Alejandro González Iñárritu, Armando Bo, Nicolás Giacobone.
Reparto: Javier Bardem, Maricel Álvarez, Hanaa Mouchaib, Guillermo Estrella, Eduard Fernández, Rubén Ochandiano, Ana Wagener, Diaryatou Daff, Taisheng Cheng, Luo Jin.

Hay pocos directores actuales que se hayan ganado tanto a los críticos profesionales como el mexicano Alejandro González Iñárritu. Sus tres primeras películas, Amores perros, 21 gramos y Babel, son tres de los mejores ejemplos del cine de vidas cruzadas, y también tres de las películas más sensibles de los últimos diez años. Sin embargo, gran parte del valor de esta filmografía no radica en Iñárritu sino en su guionista, Guillermo Arriaga. Me asustó enterarme de que la díada se había separado y, después de la ópera prima de Arriaga en solitario, Lejos de la tierra quemada, buena pero relativamente fría y falta de imaginación, temí que ninguno de los dos valdría realmente la pena sin el otro. El miedo se incrementó aún más con las primeras críticas de la nueva película de Iñárritu, Biutiful. Pero, después de verla, respiro más tranquilo.

Uxbal (Javier Bardem) vive en la zona franca de Barcelona y saca adelante a sus dos hijos como puede: actuando como intermediario entre inmigrantes chinos y senegaleses en la venta de accesorios falsificados y películas pirata y contactando, por un precio, con los espíritus de algunos muertos recientes. Cuando descubre que tiene cáncer y le quedan pocos meses de vida intenta poner en orden el futuro de sus hijos y aceptar el suyo.

Lo primero que llama la atención de Biutiful es, obviamente, su aspecto sobrenatural, ausente hasta ahora en la filmografía de Iñárritu; lo más cercano había sido una espiritualidad muy levemente insinuada, como las referencias al peso del alma que dan título a 21 gramos. A pesar de lo trascendente que pueda parecer este componente, lo cierto es que lo sobrenatural en Biutiful es poco más que otro recurso emotivo que el director utiliza hábilmente o, en todo caso, un modo de incrementar la conciencia del protagonista sobre su propia muerte. Esta "secundariedad" de la vida después de la muerte recuerda a la literatura latinoamericana -Rulfo, García Márquez- más que al punto de vista de la sociedad, y por tanto del cine, europeo y norteamericano a los que estamos más acostumbrados.

La fusión entre sensibilidad social y existencial tan propia de Iñárritu vuelve a estar presente. La sensibilidad existencial -o vital, o como sea que se la pueda denominar- no se limita, y ni siquiera se centra, en la muerte inminente del protagonista, sino que se da incluso más importancia a la relación con los hijos y con el resto de personas con quien interactúa, como los inmigrantes que trabajan con él. Así, la sensibilidad social a la que me refería está estrechamente ligada al otro tipo, y el impacto que produce en el espectador es acrecentado por la ambientación, la puesta en escena y la fotografía.


La Barcelona de Biutiful es muy poco beautiful, y de hecho ahora se me ocurre que ese título fonético puede ser un juego de palabras sobre la falsa imagen de la ciudad. Es algo así como la antítesis de la Barcelona que presentaba Woody Allen en Vicky Cristina Barcelona, limpia, colorida, moderna, fashion, y en sus pretensiones Iñárritu se excede tanto como Allen. Tan poco realistas parecen las Ramblas vacías en las que paseaba Bardem con Pe como éstas en las que presencia una carga policial casi militar. Aun así, como conjunto, Biutiful consigue un grado elevado de realismo, una Barcelona (que no deja de ser un ejemplo de casi cualquier otra ciudad cosmopolita) a la que muchos estamos acostumbrados y otros prefieren ignorar.

Incluso la simbología de Iñárritu juega con esta suciedad. Cada noche, cuando se acuesta, Uxbal ve polillas negras en el techo de su habitación, y no puede apartar la mirada. A medida que avanza la película, a medida que avanza su enfermedad, el número de polillas aumenta hasta ocupar casi todo el espacio del techo.

A pesar del resto de virtudes de la película, la mayor es, sin duda, Javier Bardem. En la última década Bardem se ha consolidado, si no como el mejor, como uno de los mejores actores españoles actuales gracias a sus inolvidables papeles en Mar adentro y No es país para viejos. A Sampedro y Chigurh se une ahora su Uxbal, en una de las interpretaciones más humanas e intensas que he visto últimamente. Sin él, Biutiful se desmoronaría, pero es también él quien la hace grande. Me duele que no lo hayan nominado al Globo de Oro, sobre todo teniendo en cuenta el bajo nivel cinematográfico de este año.


El resto del reparto es irregular. En la parte baja de la escala está Maricel Álvarez, que interpreta a la ex de Uxbal y madre de sus hijos, y que no ha sido totalmente capaz de dar forma a una personalidad creíble. Eduard Fernández, que es, creo, mi actor español favorito, interpreta a su nivel habitual al hermano de Uxbal, aunque su esfuerzo está lastrado por su corta aparición y por el excesivo volumen de la música que acompaña a varias de sus escenas, cosa que dificulta mucho escucharlo. También aparece Rubén Ochandiano, que hace lo que puede por salvar un intento fallido de Iñárritu de captar el habla coloquial castellana; aun así, sus diálogos incluyen alguna frase memorable.

Los actores que interpretan a los niños, a la pareja senegalesa y a los dos hombres chinos son bastante sólidos, en especial los dos últimos. A su vez, cada una de las dos parejas de inmigrantes protagoniza una pequeña subtrama; si bien en el caso de los senegaleses la historia está bien hilada con la principal, la de los chinos se siente algo externa. Aun así, sirve para intensificar la emocionalidad de algunos elementos de la trama de Uxbal, y el metraje que ocupa no es suficiente como para llegar a hacerse molesta.

Biutiful supone la independización de Iñárritu en labores de guión y, si bien tiene algunos defectos y excesos, estos no superan por mucho a los que se pueden encontrar en Babel o Amores perros. Unidas, las capacidades expresivas de Iñárritu y Bardem consiguen crear una película intensa, densa y lenta, algo que se supone una representación preciosa -a pesar de su fealdad inevitable- de la muerte.


martes, 9 de noviembre de 2010

Scott Pilgrim vs. The World


Dirección: Edgar Wright.
Guión: Edgar Wright, Michael Bacall (basado en el cómic de Bryan Lee O'Malley).
Reparto: Michael Cera, Mary Elizabeth Winstead, Ellen Wong, Kieran Culkin, Jason Schwartzman, Mark Webber, Alison Pill, Johnny Simmons, Anna Kendrick, Chris Evans, Brie Larson, Brandon Routh.

Parece que últimamente, y cada vez más, los cómics sólo se perciben como materia prima para futuras películas. Yo mismo sólo me hice fan de Alan Moore (Watchmen, From Hell, V de Vendetta) o Frank Miller (Sin City, 300) por la publicidad previa que recibieron algunas de las adaptaciones cinematográficas de sus obras; era algo así como una forma de aplacar el ansia hasta que las estrenaran. Y, sin embargo, incluso las mejores de estas películas palidecen frente al original.

Con Scott Pilgrim vs. The World me pasó algo parecido. Me enseñaron el tráiler y, si bien no me atrajo particularmente, sí me produjo curiosidad. Curiosidad que, sumada a mi habitual superabundancia de tiempo libre, era excusa más que suficiente para leer los cómics del canadiense Bryan Lee O'Malley -que, comento de paso, este verano todavía no habían llegado a España, y las traducciones amateur que se encontraban en Internet eran como poco lamentables. Para resumir, diré que he leído cómics muy frikis durante mi vida, pero probablemente Scott Pilgrim es el más friki de todos. Y, como la película capta bien el espíritu de la obra de O'Malley, creo que puedo pasar a la sinopsis.

Scott Pilgrim (Michael Cera) tiene veintitrés años físicos y alrededor de catorce mentales, un bajo que toca sin demasiadas ganas en un grupo mediocre y una nueva novia (Ellen Wong) que todavía va al instituto. Su vida cambia cuando se enamora de Ramona Flowers (Mary Elizabeth Winstead), una chica americana que acaba de llegar a Toronto. Para conseguir entablar una relación con ella, Scott tendrá que derrotar en combate a sus siete ex malignos, liderados por un tal Gideon (Jason Schwartzman). Y, claro, dejar a su novia actual.


Scott Pilgrim vs. The World (que también es el título de uno de los tomos de la saga, originalmente llamada igual que su protagonista) se estructura alrededor de las peleas contra los siete ex. Y probablemente éste sea el mayor problema de la adaptación: si bien en seis volúmenes de unas doscientas páginas los combates están bastante bien dosificados y rara vez se hacen pesados, en la película se produce una sobrecarga de acción; es imposible hacer encajar en una hora y media todo lo que contienen los cómics, y el director Edgar Wright (Zombies Party, Arma fatal) opta por dar un mayor protagonismo relativo a las peleas. Aun así, las primeras (las que vienen antes de la saturación) son muy disfrutables gracias a los efectos especiales, muy decentes para una película tan indie, y, sobre todo, el elevado grado de frikismo.

Frikismo que se manifiesta en momentos inesperados y que provoca en el espectador una constante sensación de perplejidad (o, como leí en otra crítica, de "what the fuck"). En Scott Pilgrim los instrumentos musicales lanzan ondas expansivas, los vegetarianos tienen poderes psíquicos, y al derrotar a un enemigo se obtiene monedas y, en ocasiones, hasta vidas extra (lo cual da lugar a uno de los mejores momentos de la película: la repetición de una escena tras el fracaso del protagonista, algo así como una metáfora de las segundas oportunidades. Supongo. Probablemente no sea una metáfora de nada.). Creo que eso es suficiente para que os hagáis una idea. Como curiosidad complementaria, en el cómic incluso hay un punto para guardar la partida. My God.


Si bien, como digo, en este sentido se conserva perfectamente el estilo de la obra original, se deja de lado algo igualmente importante: el aspecto más social, es decir, se reduce la importancia de los diálogos, las subtramas y los personajes secundarios. Y para mí es una lástima, porque lo que verdaderamente me enganchó al cómic fue esa frescura indie, que de hecho tiende al gafapastismo. Aun así, los secundarios siguen siendo geniales; mención especial para Wallace, el compañero de piso gay del protagonista, interpretado por Kieran Culkin (cuya cara recuerda enormemente a la de su hermano Macaulay, que todos recordamos con la boca y los ojos muy abiertos y una mano en cada mejilla).

Otro aspecto en que la película difiere del cómic es la recta final. La adaptación se empezó a hacer antes de que saliera al mercado el último tomo, de manera que se deja de lado parte de la trama que tenía lugar en éste, como el repaso por las ex de Scott, algo que daba madurez al cómic. En todo caso, elementos puntuales del final de la película hacen pensar que, al menos -y a pesar de sus declaraciones desmintiéndolo-, el autor del cómic dio algunas directrices a Edgar Wright.


El reparto está encabezado por Michael Cera, conocido principalmente por Supersalidos y la sobrevaloradísima Juno, aunque de sus trabajos destaco la serie Arrested Development, que he descubierto hace poco y que supera a casi todas las comedias de la década. Cera, sin dejar de ser monótono e inexpresivo -aunque también simpático-, encaja bien en la piel del apagado Scott. Interesante también la aparición de Jason Schwartzman (fetiche de Wes Anderson; Academia Rushmore, Darjeeling Limited) como el malo, de un Chris Evans (Los 4 fantásticos, Sunshine) sorprendentemente divertido, y de Alison Pill en el papel de la batería del grupo de Scott, no por su relevancia en la película sino para hacer referencia (otra vez...) a In Treatment; ella es de lo mejor de la segunda temporada. Hilarantes también los cameos de Thomas Jane (The Punisher, La niebla) y Clifton Collins Jr. (Star Trek, Traffic) como miembros de la Policía Vegana [sic].

Scott Pilgrim vs. The World no es un peliculón pero, sin llegar, básicamente por limitaciones de metraje, a la altura del cómic, sí capta perfectamente su tono y sus aspiraciones y supone una aglomeración fresca, desenfadada y casi en todo momento divertida de referencias frikis e indies. Lo cual, para cierto sector del público, debería ser mucho más que suficiente.


lunes, 4 de octubre de 2010

Machete

Dirección: Robert Rodriguez, Ethan Maniquis.
Guión: Robert Rodriguez, Álvaro Rodriguez.
Reparto: Danny Trejo, Jessica Alba, Jeff Fahey, Michelle Rodriguez, Robert De Niro, Steven Seagal, Don Johnson, Lindsay Lohan, Cheech Marin, Shea Whigham, Tom Savini.


Me da la impresión de que siempre, pero en especial a partir de los 90, se ha denostado el cine cuya función es el entretenimiento más simple y banal; todo aquello más ligero que una película de Tarantino o Guy Ritchie es automáticamente desterrado al vertedero por la crítica estándar. Vamos a ver: Robert Rodriguez no es Kubrick. Bien. Asumámoslo: él lo asumió hace muchos años. Tampoco es Tarantino: sus guiones no se le pueden comparar (cuando el maestro tiene el día, claro). Que la mejor película de Rodriguez copie casi totalmente los planos de las viñetas de un cómic no dice mucho a favor de sus dotes como director. Pero, coño, yo no me lo pasé ni de lejos tan bien con ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú como con Abierto hasta el amanecer, y Planet Terror, como parodia conscientemente intrascendente, se vuelve paradójicamente original y le da mil patadas a la otra integrante de la díada Grindhouse, Death Proof, de Quentin.

Y entonces viene Machete, que ya como concepto es la conjunción de varias cosas positivas. En primer lugar, que le tenemos ganas desde el genial tráiler (originalmente falso, pero transformado en real gracias a su buena acogida) que precedía a Planet Terror, con Danny Trejo saltando por los aires en moto impulsado por una explosión y Cheech Marin vestido de cura diciendo "Dios es misericordioso, yo no" antes de pegarle un tiro en la cara a un tipo. En segundo lugar, que Robert Rodriguez alcanzó con su mitad de Grindhouse el tono y el estilo perfectos para los objetivos que siempre se ha propuesto, y está sin duda en el mejor momento de su carrera. Sumando a eso el reparto -del que ya tendré tiempo de hablar...-, ya sabemos qué esperar de Machete. Y otra cosa no, pero lo que promete lo da.


Daniel "Machete" Cortez (Danny Trejo; Heat, Con air) era un policía mejicano decente que se vio obligado a marcharse a los Estados Unidos después de que las fuerzas del orden se aliaran con el malvado Torrez (Steven Seagal... sí, Steven Seagal haciendo de mejicano.) y de que éste matara a su familia. Ya en Estados Unidos, Machete es contratado por un poderoso empresario, Booth (Jeff Fahey; Planet Terror, Cazador blanco, corazón negro), para que asesine a un senador antiinmigración (Robert De Niro) antes de que sea reelegido y cierre la frontera. Pero es traicionado, y en su venganza Machete contará con la ayuda de una forajida (Michelle Rodriguez; Avatar, SWAT) y una agente del FBI (Jessica Alba; Sin City, Los 4 fantásticos).

Machete es, básicamente, una acumulación de chorradas ingeniosas, sangre, fantasmadas y tetas. Hilando las escenas del tráiler original con otras ideadas para el lucimiento del inaudito reparto, Rodriguez monta algo relativamente similar a un argumento en el que, de paso, introduce una burlona crítica a la actitud racista de la extrema derecha -aunque esto, al fin y al cabo, no va mucho más allá de lo superficial, como en cualquier película de acción. Por mucho que algunas (me viene a la cabeza The shooter, con Mark Wahlberg, estrenada hace tres o cuatro años) se crean verdadero cine político. Y, si bien es verdad que despotricar contra los conservadores (mediante un divertidísimo Robert De Niro, en un papel sorprendentemente mayor que el típico cameo que yo esperaba) y la doble moral estadounidense se le da estupendamente a Rodriguez, se nota que cuando está verdaderamente en su salsa es cuando llena la pantalla de balas e intestinos. Intestinos que, por cierto, nos regalan uno de los mejores gags de la película.


Ver a Danny Trejo, eterno secundario cuya cara de palo todos hemos visto decenas de veces interpretando invariablemente a delincuentes, cortando cabezas a machetazos es un puto placer, y la dosificación en general adecuada de las escenas de acción a lo largo del metraje hacen que el espectador no se aburra en ningún momento (entended siempre, por cierto, que cuando digo "el espectador" lo hago menos para generalizar que para evitar el egocentrismo insoportable de algunos críticos. Véase Carlos Boyero.). Sus escasas dotes interpretativas no son un aspecto negativo, sino que acaso favorecen las pocas -y magistrales- líneas de diálogo que le otorga Rodriguez.

Además de De Niro, el bando de los malos cuenta con Don Johnson (Miami Vice) en la piel de un cowboy sureño muy tarantiniano, si acaso el personaje más desaprovechado, y con un Jeff Fahey (el piloto de Lost) que, además de molar, está a la altura de sus partenaires, más míticos en las mentes del público en general. Imposible no mencionar el cameo de Tom Savini (Sex Machine en Abierto hasta el amanecer), que incluye vídeo de presentación en plan teletienda y lucha a muerte contra Cheech Marin... probablemente la mejor batalla de la historia. Y, por supuesto, Steven Seagal. De mejicano. Con katana. Y gordísimo. Qué más decir.


Quedan las chicas: Jessica Alba, Michelle Rodriguez -la mejor- y Lindsay Lohan, en un papelito autoparódico que no entiendo cómo cojones aceptó interpretar. Supongo que a estas alturas todos somos conscientes de que el cine de Rodriguez no destaca precisamente por la profundidad psicológica de sus personajes femeninos, y ninguna de las tres me cae bien, pero, por así decirlo, tampoco es que me duelan los ojos por verlas ligeras de ropa. Y ni que decir tiene que Machete se lía con las tres.

Me llaman la atención los paralelismos de ciertos elementos con otras obras de Rodriguez: la introducción recuerda a la de la primera historia de Sin City, la aparición de escenarios y personajes religiosos lleva a Desperado o Abierto hasta el amanecer... No sé si tomar estos dejà vus como limitaciones creativas, pero la verdad es que simplemente resultan curiosos como guiños autorreferenciales, voluntarios o no.

Machete es, pues, una de las mejores películas de Robert Rodriguez -entendiendo la palabra "mejores" en su aplicación específica al director y al cine de coña, claro está. Planet Terror tiene como ventajas la originalidad y el gore, pero Machete está a su altura como comedia y la supera en cuanto a reparto, y la falta de cohesión de Abierto hasta el amanecer jugaba en su contra. Repito: si vais a ver Machete sabiendo lo que vais a ver la disfrutaréis, probablemente mucho. Yo ya la he bajado en V.O. (pero que no se entere Ramoncín); no puedo seguir viviendo sin escuchar a Steven Seagal fingiendo acento mejicano.


domingo, 15 de agosto de 2010

Origen (Inception)


Dirección: Christopher Nolan.
Guión: Christopher Nolan.
Reparto: Leonardo Di Caprio, Ellen Page, Joseph Gordon-Levitt, Marion Cotillard, Ken Watanabe, Tom Hardy, Cillian Murphy, Dileep Rao, Tom Berenger, Michael Caine, Lukas Haas, Pete Postlethwaite.

No sé dónde oí o leí a alguien que, semiparafraseando a Shakespeare, decía que el cine está hecho del mismo material que los sueños. El cine, como arte, es básicamente producto de la imaginación -o al menos surgió como tal; para mí, el realismo es una derivación que utiliza al cine como instrumento. Buñuel, Cocteau, Tarkovsky, Svankmajer, Jodorowsky, Marker, Arrabal, Lynch, Gilliam, Miyazaki, Maddin, pero también Ford, Lang, Hawks, Huston, Kurosawa, Lucas, Spielberg, Tarantino; todos son, a su manera, arquitectos de sueños. Y algunas veces sus creaciones se nos han metido tan adentro que hasta soñamos con elementos de estas, o los estructuramos del mismo modo. Inception, la nueva película de Christopher Nolan (Memento, El caballero oscuro), juega y mezcla el cine de acción y aventuras con lo inconsciente de un modo que casi se puede describir como "racional".

En un futuro no demasiado lejano, Dom Cobb (Leonardo Di Caprio; Infiltrados, Shutter Island) es un extractor: con la ayuda de su compañero Arthur (Joseph Gordon-Levitt; 500 días juntos) se infiltra en los sueños ajenos y roba información para terceros que le pagan por ello. No es el único (hay otros expertos en este tipo de tareas, algunos con especializaciones diferentes), pero sí el mejor, lo cual, de algún modo, ha causado que no pueda volver a su país con sus hijos. Pero un poderoso empresario, Saito (Ken Watanabe; El último samurái, Cartas desde Iwo Jima), le propone un trato: si consigue implantar, "originar" en la mente del heredero de su compañía rival (Cillian Murphy; Batman Begins, Desayuno en Plutón) la idea de que tiene que deshacer su imperio económico, Cobb tendrá la posibilidad de ir legalmente a su país. Sin embargo, una misión de tal complejidad -no se sabe de nadie que haya podido implantar con éxito una idea en el sueño de otro- necesita a alguien extraordinariamente creativo que diseñe los sueños, para lo cual Cobb, por recomendación de su padre (Michael Caine; El caballero oscuro, La huella), recluta a Ariadne, una estudiante universitaria (Ellen Page; Juno, Hard Candy) que descubrirá involuntariamente el peligro que la mujer de Cobb (Marion Cotillard; La vida en rosa, Enemigos públicos) supone en su inconsciente.


El argumento suena rebuscado, y suena rebuscado porque es rebuscado. De hecho, Nolan necesita unos tres cuartos de hora no sólo para presentar la trama y los personajes, sino para informarnos de las, digamos, reglas del juego. Utilizando los sueños y su control como excusa, Inception monta un entramado de sucesos espectaculares sin demasiada congruencia; así, este primer segmento sirve como guía de "sueños para principiantes", explicando verdades y verdades a medias sobre el inconsciente humano, que dan una supuesta base tautológica sobre la que se asienta la acción del resto del filme. Es cierto que muchísimas películas, series, novelas justifican los acontecimientos o las acciones de los personajes para que encajen en la trama general, pero en Inception esto se nota muchísimo, y en ese sentido el conjunto chirría. Pero se trata de dejarse llevar y aceptar la película como es; en realidad, y a pesar de que ahora que estoy releyendo este párrafo lo he pintado como muy negativo todo, me divertí como un crío con las paranoias de Nolan, más que con las casi dos horas siguientes de tiros y peleas.

En El caballero oscuro -peliculón que trasciende el concepto habitual de cine de superhéroes, a pesar de sus fantasmadas- ya existía una sensación casi constante de clímax, pero en Inception Nolan la lleva un paso más adelante. Y lo consigue bastante bien, pero hay algunos elementos que frustran al espectador o que, simplemente, cortan el ritmo; por ejemplo, hay varios niveles de sueños dentro de la trama, y el tiempo en cada uno de ellos es diferente, de manera que hay algunos sucesos que se ralentizan en su punto culminante, y pasamos una hora o una hora y media esperando que terminen. Como digo, en general está bien llevado, pero es inevitable que la tensión sólo se mantenga hasta cierto punto.

Las comparaciones son tan odiosas como inevitables, y creo que la película con que más obviamente se puede comparar Inception es Matrix. Las reglas que estructuran las invasiones de sueños, la acción que tiene lugar en estos, el modo de acceder a ellos... hay muchos paralelismos con el mundo digital de la saga de los Wachowski, y algunos provienen de ella innegablemente, como las cámaras lentas o las peleas a prueba de gravedad. Por suerte, os sueños son más elegantes y sugestivos que la informática, e Inception es objetivamente superior a Matrix a muchos niveles: guión, dirección, reparto, discurso.


Se podrían hacer muchas comparaciones más (<--- probablemente esto lo digo para no ponerme a pensar en otras) no ya en cuanto a forma, sino en cuanto a fondo, pero una que me vino a la cabeza enseguida fue Solaris, de Tarkovsky. Sin entrar en muchos detalles para no destripar ninguna de las dos películas, diré que en ambas se habla sobre la idea de aceptar algo ideal surgido de nuestra mente, dejando de lado la realidad. De hecho toda la filmografía de Nolan gira sobre el engaño como forma de felicidad (en Memento el protagonista era tentado a engañarse para tener un objetivo en la vida; en El caballero oscuro había un discurso político sobre si el poder podía y debía engañar al pueblo "por su bien") o al menos con la dicotomía realidad-ficción (El prestigio hablaba de esto mediante los trucos de magia).

Otro punto a favor es el reparto. Si bien ninguno de los actores está particularmente lucido, casi todos ellos son tremendamente eficaces, de manera que el conjunto interpretativo es muy sólido. Si acaso destacaría a la pareja Di Caprio - Cotillard, que clava su papel de femme fatale onírica, y en el polo negativo, ya más por manía que por otra cosa, a Ellen Page, que me parece una actriz sosa y plana. También se agradecen, aunque dejan con ganas de más, los cameos de Michael Caine y Pete Postlethwaite (Dragonheart, En el nombre del padre), que últimamente sólo sale en películas que no veo porque tienen pinta de ser basura intragable (Furia de Titanes, Solomon Kane).

Resumiendo. Inception es una película de Christopher Nolan, con lo cual se le presuponen ciertas virtudes (o al menos "características"): guión bien estructurado con giros de noventa grados, diálogos afilados, un grado de oscuridad psicológico impropio del grueso de películas comerciales. Pero no deja de ser eso, una película comercial; eso sí, muy entretenida, bastante original -aunque no tanto como se dice, cuidado-, con un toque de reflexión moral y filosófica y una escena final magnífica. ¿Seguro que no estás soñando esto?