martes, 9 de noviembre de 2010

Scott Pilgrim vs. The World


Dirección: Edgar Wright.
Guión: Edgar Wright, Michael Bacall (basado en el cómic de Bryan Lee O'Malley).
Reparto: Michael Cera, Mary Elizabeth Winstead, Ellen Wong, Kieran Culkin, Jason Schwartzman, Mark Webber, Alison Pill, Johnny Simmons, Anna Kendrick, Chris Evans, Brie Larson, Brandon Routh.

Parece que últimamente, y cada vez más, los cómics sólo se perciben como materia prima para futuras películas. Yo mismo sólo me hice fan de Alan Moore (Watchmen, From Hell, V de Vendetta) o Frank Miller (Sin City, 300) por la publicidad previa que recibieron algunas de las adaptaciones cinematográficas de sus obras; era algo así como una forma de aplacar el ansia hasta que las estrenaran. Y, sin embargo, incluso las mejores de estas películas palidecen frente al original.

Con Scott Pilgrim vs. The World me pasó algo parecido. Me enseñaron el tráiler y, si bien no me atrajo particularmente, sí me produjo curiosidad. Curiosidad que, sumada a mi habitual superabundancia de tiempo libre, era excusa más que suficiente para leer los cómics del canadiense Bryan Lee O'Malley -que, comento de paso, este verano todavía no habían llegado a España, y las traducciones amateur que se encontraban en Internet eran como poco lamentables. Para resumir, diré que he leído cómics muy frikis durante mi vida, pero probablemente Scott Pilgrim es el más friki de todos. Y, como la película capta bien el espíritu de la obra de O'Malley, creo que puedo pasar a la sinopsis.

Scott Pilgrim (Michael Cera) tiene veintitrés años físicos y alrededor de catorce mentales, un bajo que toca sin demasiadas ganas en un grupo mediocre y una nueva novia (Ellen Wong) que todavía va al instituto. Su vida cambia cuando se enamora de Ramona Flowers (Mary Elizabeth Winstead), una chica americana que acaba de llegar a Toronto. Para conseguir entablar una relación con ella, Scott tendrá que derrotar en combate a sus siete ex malignos, liderados por un tal Gideon (Jason Schwartzman). Y, claro, dejar a su novia actual.


Scott Pilgrim vs. The World (que también es el título de uno de los tomos de la saga, originalmente llamada igual que su protagonista) se estructura alrededor de las peleas contra los siete ex. Y probablemente éste sea el mayor problema de la adaptación: si bien en seis volúmenes de unas doscientas páginas los combates están bastante bien dosificados y rara vez se hacen pesados, en la película se produce una sobrecarga de acción; es imposible hacer encajar en una hora y media todo lo que contienen los cómics, y el director Edgar Wright (Zombies Party, Arma fatal) opta por dar un mayor protagonismo relativo a las peleas. Aun así, las primeras (las que vienen antes de la saturación) son muy disfrutables gracias a los efectos especiales, muy decentes para una película tan indie, y, sobre todo, el elevado grado de frikismo.

Frikismo que se manifiesta en momentos inesperados y que provoca en el espectador una constante sensación de perplejidad (o, como leí en otra crítica, de "what the fuck"). En Scott Pilgrim los instrumentos musicales lanzan ondas expansivas, los vegetarianos tienen poderes psíquicos, y al derrotar a un enemigo se obtiene monedas y, en ocasiones, hasta vidas extra (lo cual da lugar a uno de los mejores momentos de la película: la repetición de una escena tras el fracaso del protagonista, algo así como una metáfora de las segundas oportunidades. Supongo. Probablemente no sea una metáfora de nada.). Creo que eso es suficiente para que os hagáis una idea. Como curiosidad complementaria, en el cómic incluso hay un punto para guardar la partida. My God.


Si bien, como digo, en este sentido se conserva perfectamente el estilo de la obra original, se deja de lado algo igualmente importante: el aspecto más social, es decir, se reduce la importancia de los diálogos, las subtramas y los personajes secundarios. Y para mí es una lástima, porque lo que verdaderamente me enganchó al cómic fue esa frescura indie, que de hecho tiende al gafapastismo. Aun así, los secundarios siguen siendo geniales; mención especial para Wallace, el compañero de piso gay del protagonista, interpretado por Kieran Culkin (cuya cara recuerda enormemente a la de su hermano Macaulay, que todos recordamos con la boca y los ojos muy abiertos y una mano en cada mejilla).

Otro aspecto en que la película difiere del cómic es la recta final. La adaptación se empezó a hacer antes de que saliera al mercado el último tomo, de manera que se deja de lado parte de la trama que tenía lugar en éste, como el repaso por las ex de Scott, algo que daba madurez al cómic. En todo caso, elementos puntuales del final de la película hacen pensar que, al menos -y a pesar de sus declaraciones desmintiéndolo-, el autor del cómic dio algunas directrices a Edgar Wright.


El reparto está encabezado por Michael Cera, conocido principalmente por Supersalidos y la sobrevaloradísima Juno, aunque de sus trabajos destaco la serie Arrested Development, que he descubierto hace poco y que supera a casi todas las comedias de la década. Cera, sin dejar de ser monótono e inexpresivo -aunque también simpático-, encaja bien en la piel del apagado Scott. Interesante también la aparición de Jason Schwartzman (fetiche de Wes Anderson; Academia Rushmore, Darjeeling Limited) como el malo, de un Chris Evans (Los 4 fantásticos, Sunshine) sorprendentemente divertido, y de Alison Pill en el papel de la batería del grupo de Scott, no por su relevancia en la película sino para hacer referencia (otra vez...) a In Treatment; ella es de lo mejor de la segunda temporada. Hilarantes también los cameos de Thomas Jane (The Punisher, La niebla) y Clifton Collins Jr. (Star Trek, Traffic) como miembros de la Policía Vegana [sic].

Scott Pilgrim vs. The World no es un peliculón pero, sin llegar, básicamente por limitaciones de metraje, a la altura del cómic, sí capta perfectamente su tono y sus aspiraciones y supone una aglomeración fresca, desenfadada y casi en todo momento divertida de referencias frikis e indies. Lo cual, para cierto sector del público, debería ser mucho más que suficiente.


lunes, 4 de octubre de 2010

Machete

Dirección: Robert Rodriguez, Ethan Maniquis.
Guión: Robert Rodriguez, Álvaro Rodriguez.
Reparto: Danny Trejo, Jessica Alba, Jeff Fahey, Michelle Rodriguez, Robert De Niro, Steven Seagal, Don Johnson, Lindsay Lohan, Cheech Marin, Shea Whigham, Tom Savini.


Me da la impresión de que siempre, pero en especial a partir de los 90, se ha denostado el cine cuya función es el entretenimiento más simple y banal; todo aquello más ligero que una película de Tarantino o Guy Ritchie es automáticamente desterrado al vertedero por la crítica estándar. Vamos a ver: Robert Rodriguez no es Kubrick. Bien. Asumámoslo: él lo asumió hace muchos años. Tampoco es Tarantino: sus guiones no se le pueden comparar (cuando el maestro tiene el día, claro). Que la mejor película de Rodriguez copie casi totalmente los planos de las viñetas de un cómic no dice mucho a favor de sus dotes como director. Pero, coño, yo no me lo pasé ni de lejos tan bien con ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú como con Abierto hasta el amanecer, y Planet Terror, como parodia conscientemente intrascendente, se vuelve paradójicamente original y le da mil patadas a la otra integrante de la díada Grindhouse, Death Proof, de Quentin.

Y entonces viene Machete, que ya como concepto es la conjunción de varias cosas positivas. En primer lugar, que le tenemos ganas desde el genial tráiler (originalmente falso, pero transformado en real gracias a su buena acogida) que precedía a Planet Terror, con Danny Trejo saltando por los aires en moto impulsado por una explosión y Cheech Marin vestido de cura diciendo "Dios es misericordioso, yo no" antes de pegarle un tiro en la cara a un tipo. En segundo lugar, que Robert Rodriguez alcanzó con su mitad de Grindhouse el tono y el estilo perfectos para los objetivos que siempre se ha propuesto, y está sin duda en el mejor momento de su carrera. Sumando a eso el reparto -del que ya tendré tiempo de hablar...-, ya sabemos qué esperar de Machete. Y otra cosa no, pero lo que promete lo da.


Daniel "Machete" Cortez (Danny Trejo; Heat, Con air) era un policía mejicano decente que se vio obligado a marcharse a los Estados Unidos después de que las fuerzas del orden se aliaran con el malvado Torrez (Steven Seagal... sí, Steven Seagal haciendo de mejicano.) y de que éste matara a su familia. Ya en Estados Unidos, Machete es contratado por un poderoso empresario, Booth (Jeff Fahey; Planet Terror, Cazador blanco, corazón negro), para que asesine a un senador antiinmigración (Robert De Niro) antes de que sea reelegido y cierre la frontera. Pero es traicionado, y en su venganza Machete contará con la ayuda de una forajida (Michelle Rodriguez; Avatar, SWAT) y una agente del FBI (Jessica Alba; Sin City, Los 4 fantásticos).

Machete es, básicamente, una acumulación de chorradas ingeniosas, sangre, fantasmadas y tetas. Hilando las escenas del tráiler original con otras ideadas para el lucimiento del inaudito reparto, Rodriguez monta algo relativamente similar a un argumento en el que, de paso, introduce una burlona crítica a la actitud racista de la extrema derecha -aunque esto, al fin y al cabo, no va mucho más allá de lo superficial, como en cualquier película de acción. Por mucho que algunas (me viene a la cabeza The shooter, con Mark Wahlberg, estrenada hace tres o cuatro años) se crean verdadero cine político. Y, si bien es verdad que despotricar contra los conservadores (mediante un divertidísimo Robert De Niro, en un papel sorprendentemente mayor que el típico cameo que yo esperaba) y la doble moral estadounidense se le da estupendamente a Rodriguez, se nota que cuando está verdaderamente en su salsa es cuando llena la pantalla de balas e intestinos. Intestinos que, por cierto, nos regalan uno de los mejores gags de la película.


Ver a Danny Trejo, eterno secundario cuya cara de palo todos hemos visto decenas de veces interpretando invariablemente a delincuentes, cortando cabezas a machetazos es un puto placer, y la dosificación en general adecuada de las escenas de acción a lo largo del metraje hacen que el espectador no se aburra en ningún momento (entended siempre, por cierto, que cuando digo "el espectador" lo hago menos para generalizar que para evitar el egocentrismo insoportable de algunos críticos. Véase Carlos Boyero.). Sus escasas dotes interpretativas no son un aspecto negativo, sino que acaso favorecen las pocas -y magistrales- líneas de diálogo que le otorga Rodriguez.

Además de De Niro, el bando de los malos cuenta con Don Johnson (Miami Vice) en la piel de un cowboy sureño muy tarantiniano, si acaso el personaje más desaprovechado, y con un Jeff Fahey (el piloto de Lost) que, además de molar, está a la altura de sus partenaires, más míticos en las mentes del público en general. Imposible no mencionar el cameo de Tom Savini (Sex Machine en Abierto hasta el amanecer), que incluye vídeo de presentación en plan teletienda y lucha a muerte contra Cheech Marin... probablemente la mejor batalla de la historia. Y, por supuesto, Steven Seagal. De mejicano. Con katana. Y gordísimo. Qué más decir.


Quedan las chicas: Jessica Alba, Michelle Rodriguez -la mejor- y Lindsay Lohan, en un papelito autoparódico que no entiendo cómo cojones aceptó interpretar. Supongo que a estas alturas todos somos conscientes de que el cine de Rodriguez no destaca precisamente por la profundidad psicológica de sus personajes femeninos, y ninguna de las tres me cae bien, pero, por así decirlo, tampoco es que me duelan los ojos por verlas ligeras de ropa. Y ni que decir tiene que Machete se lía con las tres.

Me llaman la atención los paralelismos de ciertos elementos con otras obras de Rodriguez: la introducción recuerda a la de la primera historia de Sin City, la aparición de escenarios y personajes religiosos lleva a Desperado o Abierto hasta el amanecer... No sé si tomar estos dejà vus como limitaciones creativas, pero la verdad es que simplemente resultan curiosos como guiños autorreferenciales, voluntarios o no.

Machete es, pues, una de las mejores películas de Robert Rodriguez -entendiendo la palabra "mejores" en su aplicación específica al director y al cine de coña, claro está. Planet Terror tiene como ventajas la originalidad y el gore, pero Machete está a su altura como comedia y la supera en cuanto a reparto, y la falta de cohesión de Abierto hasta el amanecer jugaba en su contra. Repito: si vais a ver Machete sabiendo lo que vais a ver la disfrutaréis, probablemente mucho. Yo ya la he bajado en V.O. (pero que no se entere Ramoncín); no puedo seguir viviendo sin escuchar a Steven Seagal fingiendo acento mejicano.


domingo, 15 de agosto de 2010

Origen (Inception)


Dirección: Christopher Nolan.
Guión: Christopher Nolan.
Reparto: Leonardo Di Caprio, Ellen Page, Joseph Gordon-Levitt, Marion Cotillard, Ken Watanabe, Tom Hardy, Cillian Murphy, Dileep Rao, Tom Berenger, Michael Caine, Lukas Haas, Pete Postlethwaite.

No sé dónde oí o leí a alguien que, semiparafraseando a Shakespeare, decía que el cine está hecho del mismo material que los sueños. El cine, como arte, es básicamente producto de la imaginación -o al menos surgió como tal; para mí, el realismo es una derivación que utiliza al cine como instrumento. Buñuel, Cocteau, Tarkovsky, Svankmajer, Jodorowsky, Marker, Arrabal, Lynch, Gilliam, Miyazaki, Maddin, pero también Ford, Lang, Hawks, Huston, Kurosawa, Lucas, Spielberg, Tarantino; todos son, a su manera, arquitectos de sueños. Y algunas veces sus creaciones se nos han metido tan adentro que hasta soñamos con elementos de estas, o los estructuramos del mismo modo. Inception, la nueva película de Christopher Nolan (Memento, El caballero oscuro), juega y mezcla el cine de acción y aventuras con lo inconsciente de un modo que casi se puede describir como "racional".

En un futuro no demasiado lejano, Dom Cobb (Leonardo Di Caprio; Infiltrados, Shutter Island) es un extractor: con la ayuda de su compañero Arthur (Joseph Gordon-Levitt; 500 días juntos) se infiltra en los sueños ajenos y roba información para terceros que le pagan por ello. No es el único (hay otros expertos en este tipo de tareas, algunos con especializaciones diferentes), pero sí el mejor, lo cual, de algún modo, ha causado que no pueda volver a su país con sus hijos. Pero un poderoso empresario, Saito (Ken Watanabe; El último samurái, Cartas desde Iwo Jima), le propone un trato: si consigue implantar, "originar" en la mente del heredero de su compañía rival (Cillian Murphy; Batman Begins, Desayuno en Plutón) la idea de que tiene que deshacer su imperio económico, Cobb tendrá la posibilidad de ir legalmente a su país. Sin embargo, una misión de tal complejidad -no se sabe de nadie que haya podido implantar con éxito una idea en el sueño de otro- necesita a alguien extraordinariamente creativo que diseñe los sueños, para lo cual Cobb, por recomendación de su padre (Michael Caine; El caballero oscuro, La huella), recluta a Ariadne, una estudiante universitaria (Ellen Page; Juno, Hard Candy) que descubrirá involuntariamente el peligro que la mujer de Cobb (Marion Cotillard; La vida en rosa, Enemigos públicos) supone en su inconsciente.


El argumento suena rebuscado, y suena rebuscado porque es rebuscado. De hecho, Nolan necesita unos tres cuartos de hora no sólo para presentar la trama y los personajes, sino para informarnos de las, digamos, reglas del juego. Utilizando los sueños y su control como excusa, Inception monta un entramado de sucesos espectaculares sin demasiada congruencia; así, este primer segmento sirve como guía de "sueños para principiantes", explicando verdades y verdades a medias sobre el inconsciente humano, que dan una supuesta base tautológica sobre la que se asienta la acción del resto del filme. Es cierto que muchísimas películas, series, novelas justifican los acontecimientos o las acciones de los personajes para que encajen en la trama general, pero en Inception esto se nota muchísimo, y en ese sentido el conjunto chirría. Pero se trata de dejarse llevar y aceptar la película como es; en realidad, y a pesar de que ahora que estoy releyendo este párrafo lo he pintado como muy negativo todo, me divertí como un crío con las paranoias de Nolan, más que con las casi dos horas siguientes de tiros y peleas.

En El caballero oscuro -peliculón que trasciende el concepto habitual de cine de superhéroes, a pesar de sus fantasmadas- ya existía una sensación casi constante de clímax, pero en Inception Nolan la lleva un paso más adelante. Y lo consigue bastante bien, pero hay algunos elementos que frustran al espectador o que, simplemente, cortan el ritmo; por ejemplo, hay varios niveles de sueños dentro de la trama, y el tiempo en cada uno de ellos es diferente, de manera que hay algunos sucesos que se ralentizan en su punto culminante, y pasamos una hora o una hora y media esperando que terminen. Como digo, en general está bien llevado, pero es inevitable que la tensión sólo se mantenga hasta cierto punto.

Las comparaciones son tan odiosas como inevitables, y creo que la película con que más obviamente se puede comparar Inception es Matrix. Las reglas que estructuran las invasiones de sueños, la acción que tiene lugar en estos, el modo de acceder a ellos... hay muchos paralelismos con el mundo digital de la saga de los Wachowski, y algunos provienen de ella innegablemente, como las cámaras lentas o las peleas a prueba de gravedad. Por suerte, os sueños son más elegantes y sugestivos que la informática, e Inception es objetivamente superior a Matrix a muchos niveles: guión, dirección, reparto, discurso.


Se podrían hacer muchas comparaciones más (<--- probablemente esto lo digo para no ponerme a pensar en otras) no ya en cuanto a forma, sino en cuanto a fondo, pero una que me vino a la cabeza enseguida fue Solaris, de Tarkovsky. Sin entrar en muchos detalles para no destripar ninguna de las dos películas, diré que en ambas se habla sobre la idea de aceptar algo ideal surgido de nuestra mente, dejando de lado la realidad. De hecho toda la filmografía de Nolan gira sobre el engaño como forma de felicidad (en Memento el protagonista era tentado a engañarse para tener un objetivo en la vida; en El caballero oscuro había un discurso político sobre si el poder podía y debía engañar al pueblo "por su bien") o al menos con la dicotomía realidad-ficción (El prestigio hablaba de esto mediante los trucos de magia).

Otro punto a favor es el reparto. Si bien ninguno de los actores está particularmente lucido, casi todos ellos son tremendamente eficaces, de manera que el conjunto interpretativo es muy sólido. Si acaso destacaría a la pareja Di Caprio - Cotillard, que clava su papel de femme fatale onírica, y en el polo negativo, ya más por manía que por otra cosa, a Ellen Page, que me parece una actriz sosa y plana. También se agradecen, aunque dejan con ganas de más, los cameos de Michael Caine y Pete Postlethwaite (Dragonheart, En el nombre del padre), que últimamente sólo sale en películas que no veo porque tienen pinta de ser basura intragable (Furia de Titanes, Solomon Kane).

Resumiendo. Inception es una película de Christopher Nolan, con lo cual se le presuponen ciertas virtudes (o al menos "características"): guión bien estructurado con giros de noventa grados, diálogos afilados, un grado de oscuridad psicológico impropio del grueso de películas comerciales. Pero no deja de ser eso, una película comercial; eso sí, muy entretenida, bastante original -aunque no tanto como se dice, cuidado-, con un toque de reflexión moral y filosófica y una escena final magnífica. ¿Seguro que no estás soñando esto?


sábado, 24 de julio de 2010

Toy Story 3




Dirección: Lee Unkrich.
Guión: Michael Arndt, John Lasseter, Andrew Stanton, Lee Unkrich.

Nunca sé muy bien cómo empezar a escribir sobre una película. En el caso de Toy Story 3, supongo que lo más apropiado es recordar. Si bien ni Toy Story ni Toy Story 2 fueron de esas películas que vi millones de veces durante la infancia -mis padres no me las compraron al salir en vídeo, y eso, claro, me impidió obsesionarme con ellas como con El Rey León o Pesadilla antes de Navidad-, llevo muchos años con unas cuantas de sus imágenes grabadas entre los ojos y el cerebro: el soldado de juguete reventado por un petardo, Woody gritando "¡Corre como el viento, Perdigón!", el bebé-araña, el pingüino lleno de polvo tosiendo, el nombre 'Andy' escrito en las suelas de los zapatos. Las dos primeras Toy Story me divirtieron, me emocionaron, me asustaron y me crearon la paranoia de que los juguetes podían hablar. Y eso es más de lo que hicieron la mayoría de películas que vi cuando era pequeño.

En la nueva y última entrega, Andy, igual que los que nos criamos con Toy Story, se ha hecho mayor. Está a punto de irse a la universidad, y tiene que decidir qué hacer con los trastos que tiene en la habitación, como los pocos juguetes que aún conserva. Por nostalgia coloca a Woody, el vaquero, entre los objetos que va a llevarse, y mete al resto -entre ellos el astronauta Buzz Lightyear- en una bolsa destinada al desván, pero su madre, confundiendo la bolsa con basura, la deja junto al cubo. Los juguetes, creyéndose traicionados por Andy y negándose a creer a Woody, que ha visto lo sucedido, se autodonan a una guardería, donde todo parece maravilloso, pero no lo es tanto. Mientras, Woody tiene que decidir entre su dueño y sus amigos. Y, por supuesto, rescatar a estos.

Supongo que a estas alturas ya sois conscientes de que Pixar está en racha. O, mejor dicho, siempre ha sido grande, pero ha llegado a un punto de perfección que parecía inalcanzable a una productora de películas -supuestamente- infantiles. Monstruos, S.A., Buscando a Nemo, Los Increíbles, Ratatouille, Wall-E, Up... incluso su peor obra, Cars, resulta entretenida, y encantó a los críos. Si bien Wall-E, mi favorita, tenía el ¿defecto? de no acertar tanto entre los niños como entre los adultos, con Up se logró el equilibrio entre lo infantil y lo adulto; ese balance sigue presente en Toy Story 3, que de hecho abarca un público incluso más diverso: niños, padres, futuros padres y, por supuesto y sobre todo, ex-niños recientes.


La saga Toy Story está planteada casi en "tiempo real". Los espectadores teníamos más o menos la edad de Andy en las dos primeras partes (aunque la elipsis de cuatro años entre los dos estrenos no se refleja tan claramente en las películas; la hermana pequeña del niño, que es un bebé en Toy Story, está aprendiendo a andar en Toy Story 2), de manera que la situación vital de Andy es la misma que la de aquellos que éramos pequeños cuando se estrenó Toy Story. Es momento de madurar, de dejar atrás la infancia, o al menos ciertos elementos de ella, y seguir adelante. "To move on", que dicen los anglosajones.

El mensaje de Toy Story 3 está muy dirigido a ese "moving on", esa aceptación de las nuevas etapas de una vida que no puede, de ningún modo, ser siempre igual. Así, necesitamos algo a lo que agarrarnos para ser capaces de avanzar; teniendo en cuenta que el guionista, Michael Arndt, ganó el Oscar por Pequeña Miss Sunshine (¡sorpresa!), no extraña demasiado que se enfoque hacia el grupo de seres cercanos que nos rodean, y que si en Pequeña Miss Sunshine era la familia, aquí es... bueno, los juguetes. Que vienen a ser, también, una familia.

Esto es Pixar, de manera que uno presupone que la película será tremendamente emotiva; presupone bien. El final me hizo llorar como una jodida niña, si bien una escena concreta un poco anterior que casi me lleva a hacerlo, pero me pude contener. Lo cual me lleva, sin que los que no la habéis visto sepáis aún por qué (estoy un paso por delante; me siento poderoso), a mencionar la enorme tensión que crea la película en algunos momentos. Toy Story 3 es, como película de aventuras, probablemente la mejor obra de animación que he visto. Todo está perfectamente organizado y planteado, y las dosis de emoción y de oscuridad -muy del estilo de la primera entrega- no cortan en ningún momento el ritmo, como tampoco lo hacen las tramas de los nuevos personajes.


Hay varias incorporaciones destacables al "reparto" habitual. La pareja Barbie-Ken (este último protagoniza algunos de los mejores momentos de la película) da muchísimo juego (<--- chiste involuntario), y el erizo de peluche que se cree un actor de teatro también es genial. El malo, un adorable osito fucsia con olor a fresa, es un mafioso siniestro y muy divertido. Por cierto, no sé qué tienen los creadores de Toy Story contra los sureños; tanto el antagonista de la segunda entrega como el de ésta lo son. Ah, y hay un cameo de Totoro... inesperadísima y agradecida aparición. Todo un detalle hacia Miyazaki.

En cuanto a los que ya conocemos, Woody, más centrado y sereno que nunca, es el héroe indiscutible, y Buzz pierde algo de protagonismo, aunque nos regala escenas muy divertidas y... folklóricas, digamos. Están también Ham, Slinky, Rex, el Sr. Patata y su mujer, los aliens verdes; casi todos los muñecos relevantes de las entregas anteriores aparecen, si exceptuamos a Bo Peep, la pastora, combinación extraña de ángel y femme fatale. No hay lugar en una trama tan llena de acción para una muñeca de porcelana, y la elección de Woody entre Andy y sus amigos se habría decantado hacia estos últimos con demasiada facilidad en caso de estar presente Bo Peep. Sinceramente, no la echo nada de menos.

Acabemos. Toy Story 3 no es sólo otra de esas maravillosas películas a las que Pixar nos tiene tan mal acostumbrados; tiene el valor añadido de hacer volver a la infancia por una hora y media a los que estamos creciendo, queramos o no, y lo hace mediante esos personajes a los que cogimos cariño hace ya quince años. Quince años, joder. Y, como nos dice la película, si bien no podemos ser niños eternamente y crecer implica sacrificios, no todo se pierde: la infancia es un ciclo, y muchos de sus elementos pueden transmitirse a los más jóvenes. Como los juguetes, o como las películas. Todo el mundo a poner Toy Story a sus hijos, venga.


domingo, 18 de abril de 2010

Alicia en el País de las Maravillas


Tim Burton. Ah, Tim Burton. Te queremos. Nos diste Eduardo Manostijeras, nos diste Big Fish, nos diste La novia cadáver, nos diste Sleepy Hollow, nos diste Pesadilla antes de Navidad. Bueno, tú y Selick nos disteis Pesadilla antes de Navidad. Lástima que las niñas emo la hayan desprestigiado y tal. Y, hace un par de años, nos diste Sweeney Todd, que es algo así como tu obra definitiva. Imagina cómo nos pusiste a todos cuando nos enteramos de que ibas a llevar al cine Alicia en el País de las Maravillas, el mejor lienzo posible para plasmar esa fantasía luminosa en la que hace unos años empezaste a trabajar, en paralelo o en perpendicular a tu característica felicidad macabra. Cuántas uñas hiciste roer, cuántas bragas mojaste. Sin embargo, de un modo triste y paulatino, las críticas que iban apareciendo en Internet nos asustaban... pero seguíamos confiando en ti. Yo, al menos. Parece ser que hacía mal.

La versión de Burton del clásico de Carroll se ambienta unos años después de la historia original (en principio no tiene en cuenta la continuación, A través del espejo, excepto en relación a algunos aspectos de los que hablaré más adelante), cuando la protagonista tiene ya diecinueve años. En su fiesta de pedida de mano, intentando huir de las responsabilidades de la vida adulta, cae por un agujero que la lleva a un mundo subterráneo donde conoce a varias criaturas mágicas que ven en ella al salvador que, según una profecía, ha vuelto para liberarlos de la tiranía de la Reina Roja. Sin embargo, Alicia no parece recordar nada de ese mundo en el que supuestamente ya ha estado, y no se reconoce como la Alicia a la que todos esperan. Sin tiempo para reaccionar, se ve envuelta en una serie de aventuras para huir del ejército de la Reina Roja, que también conoce la profecía...


Empezaré por lo positivo, que es lo más fácil de concretar y de imaginar: el apartado visual es una pasada. Ver el País de las Maravillas (o, como lo llaman aquí, "el Submundo") y a sus habitantes en 3D es un placer incomparable. Burton, como era de esperar, no sólo presenta ese ambiente luminoso y colorido tan particular de las adaptaciones de la obra, sino que lo mezcla en muchos momentos con tonos oscuros -y escarlatas-, de un modo comparable al mundo también ¿casualmente? subterráneo de La novia cadáver, y quizá a ciertos tramos de Big Fish. Así, no es difícil suponer que el viaje de Alicia por el País de las Maravillas sea entretenidísimo, exceptuando un pequeño bajón de ritmo inmediatamente previo al clímax final.

El problema fundamental de la película es que el guión es una puta mierda. Da la impresión de que la guionista cogió los personajes de las obras de Carroll y los metió en la trama de alguno de los cuentos de Las crónicas de Narnia. Quizá lo digo sólo por la armadura que lleva la protagonista al final de la película o porque el Lirón (perdón, la Lirona) es igual que el ratón de Narnia, pero aunque la comparación con Narnia no fuera totalmente acertada lo cierto es que la originalidad brilla por su ausencia, y mientras veía la película pasaron por mi cabeza muchas otras, clásicas o recientes, bastante mejor llevadas: El mago de Oz, MirrorMask, Cristal oscuro. Supongo que resulta difícil hacer algo novedoso en el género de la fantasía, pero la gracia de Alicia en el País de las Maravillas es que no necesita innovar porque ya lo hizo hace ciento cincuenta años.


Así, la versión de Burton reniega de la fuente. Incluso los juegos de palabras de Carroll -más allá de la traducción y el doblaje- pierden su razón de ser: pasan del sinsentido al no-sentido (que es precisamente la enorme virtud lingüística de los libros), y se pierden en el ritmo frenético del metraje en lugar de ser su fundamento, como en la obra original y en la adaptación de Disney, mucho más respetuosa y, por tanto, acusada de una falta de fluidez inevitable. No es lo mismo leer un par de capítulos del libro que escuchar ese montón de trabalenguas y canciones uno tras otro, sin tiempo para asimilarlos. No obstante, hay algo que justifica hasta cierto punto la vuelta de tuerca a la historia: el hecho de que la nueva trama esté inspirada en un elemento concreto de la propia obra, sin basarse verdaderamente en ella. What the fuck? Enseguida me explico, haya calma.

En A través del espejo y lo que Alicia encontró allí aparece el magistral poema Jabberwocky (traducido como "Fablistanón" o "Galimatazo" -que es el nombre que escoge el doblaje en España). Este poema narra la muerte de la temible bestia homónima utilizando una técnica totalmente novedosa: las "palabras-maleta", vocablos inventados por Carroll que contienen varios significados, sea mediante la superposición de dos ya existentes o por afinidad sonora con una sensación o una representación mental (onomatopeyas, más o menos). Humpty Dumpty descifra en un capítulo posterior el significado del poema para la protagonista, quien en un principio lo había encontrado "muy bonito", aun sin captar en absoluto su significado. El guión de la película se basa en este poema: Alicia es la paladina que debe derrotar al monstruo, el Galimatazo. Además, aparecen otros dos seres presentes en el poema, el Magnapresa y el pájaro Jubjub.


Si bien las criaturas generadas por ordenador están en general muy logradas (mención especial para el Gato de Cheshire y para esa Liebre de Marzo espídica), el reparto humano deja bastante que desear. La Reina Roja, sorpresivamente (<--- ironía) interpretada por Helena Bonham Carter, esposa del director, es como mucho decente, muy inferior al mítico personaje de Disney, y Anne Hathaway dota a su Reina Blanca de una lamentabilidad involuntaria. Afortunadamente, sale poco. Por su parte, el Sombrerero Loco pasa de ser un chiflado secundario más a un coprotagonista adorable simplemente por el hecho de que Johnny Depp tenía que tener algún papel en la película. Por cierto, no sé si soy el único que está ya un poco harto de la sobreutilización de Depp en el cine actual. Por supuesto, falta hablar de Alicia. Mia Wasikowska, que me enamoró con su perfecta interpretación de una adolescente traumatizada en la impresionante serie En terapia, hace lo que puede con un personaje mal definido que se pasea por el País de las Maravillas sin abrir demasiado la boca, pero que si lo hace es para soltar alguna memez vergonzante (el cuasidiscurso con moralina final resulta particularmente ridículo). Al menos, y a pesar de la palidez y las ojeras suprimibles, es agradable ver cómo luce cuatro o cinco vestidos diferentes, y con un poco de suerte empezarán a darle buenos papeles que confirmen la impresión que me dejó con En terapia de que puede convertirse en una gran actriz.

Un defecto importante en el que no caí inmediatamente pero que explica esa sensación que me dejó la película de "falta-algo-pero-no-sé-qué" es que no hay ni rastro del humor macabro típico de Burton. ¿Imaginais Pesadilla antes de Navidad, Big Fish o incluso Charlie y la fábrica de chocolate sin su leve dosis de humor negro? Es otro de los problemas de guión de los que hablaba antes: el tono de comedia desenfadada desaparece para dar paso a una oscuridad más cercana a El príncipe Caspian acompañada de chistes blancos muy puntuales y poco conseguidos; de hecho, lo más divertido de la película es que en el castillo de la Reina Roja hay monos vestidos de botones aguantando los muebles. Je. Monos vestidos de botones.

En resumen, la nueva Alicia en el País de las Maravillas no es Alicia en el País de las Maravillas: aprovecha elementos de los libros y los convierte en otra cosa, pero no en "otra cosa nueva", sino en "otra cosa más", otra fábula sobre la transición entre la infancia y la edad adulta. La elección del País de las Maravillas como espacio donde transcurre la acción se siente más como una estrategia publicitaria que como una verdadera inspiración para la película, y ni siquiera el hecho de que entre por los ojos incluso mejor que el resto de películas de Burton consigue hacer perdonable este bache en su filmografía. Y es que lo peor es que no decepciona tanto por ser una adaptación fallida de la obra de Carroll como por ser una película de Burton sólo pasable.