lunes, 31 de enero de 2011

I'm Still Here: The Lost Year of Joaquin Phoenix


Hace poco más de un año, tras el rodaje de Two Lovers, Joaquin Phoenix (Gladiator, El bosque) anunció que se retiraba del mundo de la interpretación para dedicarse al hip-hop. A esta sorpresa siguió la asunción generalizada de que Phoenix había perdido la cabeza. Opinión que, por otra parte, parecía reforzarse más con cada una de sus posteriores apariciones públicas: había engordado, descuidado su higiene personal y siempre parecía drogado. El punto álgido de esta decadencia quizá fuera su aparición en el show de David Letterman, donde ni siquiera parecía capaz de recordar el nombre de su compañera de reparto en Two Lovers, Gwyneth Paltrow. Asimismo, la entrevista de Letterman representa perfectamente el punto de vista del gran público hacia Phoenix durante el año 2010: mientras el presentador lo acribillaba a burlas a las que el ex-actor se mostraba incapaz de contestar, el público se reía a carcajadas.

Joaquin Phoenix casi siempre me ha parecido un actor soso y monótono (exceptuando, claro, su genial personificación de Johnny Cash en I Walk The Line, que le valió merecidamente una nominación al Oscar). Por tanto, que se retirara del mundo del cine me resultó indiferente; sin embargo, recuerdo haber sonreído despectivamente y sacudido la cabeza cuando me lo contaron, para olvidarme del asunto casi inmediatamente. De la misma manera, la crueldad de los medios y el público hacia esto en que se había convertido me pareció, si no comprensible, al menos sí acorde con lo que cabría esperar de ellos. Y, con I'm Still Here, Phoenix y el director, su cuñado Casey Affleck (infravalorado protagonista de El asesinato de Jesse James... y Adiós Pequeña Adiós), demuestran que también ellos sabían perfectamente cuáles serían las reacciones a la mutación decadente de una estrella de este calibre.

Y es que, si bien cuando se estrenó en los Estados Unidos, en noviembre del año pasado, Phoenix y Affleck seguían fingiendo, poco después confirmaron que tanto el documental como la imagen pública de Phoenix durante el pasado año fueron un montaje. Joaquin pasó un año interpretando a esa versión alternativa y degenerada de él mismo -sin duda, el mejor papel de su carrera. Si bien no todo el mundo cayó en la trampa, tampoco fueron muchos los que se dieron cuenta, o intuyeron, de qué se trataba; obviamente, algo así parece demasiado retorcido como para comprenderlo sin saber cuál es su objetivo. Y, por lo que veo en las críticas y reacciones ahora que la verdad se ha destapado, la broma (si entendemos por "broma" lo mismo que el incomparable ¿humorista? Andy Kaufman) no ha sentado del todo bien.


I'm Still Here es, a partes iguales, un tour de force de Phoenix, un reportaje sobre las reacciones del mundo ante su transformación y una especie de burla. El documental, mitad real y mitad falso, no sólo se centra en resumir cómo actuó el mundo ante la transformación de Joaquin Phoenix en el rapero JP, sino que juega con el espectador mediante una pseudotrama en que participan algunos "actores" (aunque es muy difícil decidir hasta qué punto sus papeles se basan en su personalidad real) que intepretan, por ejemplo, a trabajadores y amigos del protagonista. Para reforzar la sensación que intenta provocar en el espectador, el director introduce, de manera grotesca y, en realidad, innecesaria e incluso molesta, vómitos, mierda y genitales masculinos. Estos dos elementos (la trama falsa y la búsqueda de la repulsión), son los mayores defectos de la película, que a pesar de ellos funciona perfectamente.

No conviene pensar en I'm Still Here como en una película, sino más bien como en la crónica de un experimento sociológico. Las interacciones de JP con otras estrellas son impagables y provocan carcajadas tan difíciles de contener como de definir, aunque nuevamente es complicado trazar la línea entre lo provocado y lo natural. Por ejemplo, si bien los encuentros con Ben Stiller y con varios raperos famosos resultan genialmente incómodos, el metafórico discurso de Edward James Olmos sobre las gotas de agua que tienen que caer por la ladera de la montaña para poder evaporarse y volver a la cima en forma de lluvia es excesivamente obvio, a pesar de que funciona como, digamos, pista para entender de qué va el juego de Affleck y Phoenix.


Sin embargo, lo que da verdadero valor a la película es cómo capta la opinión pública, representada básicamente por extractos de los medios de comunicación, aunque también se utilizan otros recursos, como un vídeo de Youtube. Las reacciones oscilan entre la indiferencia despectiva y la crueldad morbosa, el placer que provoca ver cómo alguien con una vida perfecta cae en picado. Esas caras sonrientes que dirigen la mirada a las pantallas de sus teléfonos móviles mientras graban la pelea de Phoenix con un miembro del público que lo ha insultado durante un concierto son quizá la mejor manera de entender qué era lo que los creadores del documental pretendían reflejar y, a la vez, la mejor muestra de que han logrado su objetivo.

El visionado de I'm Still Here me ha provocado una especie de mezcla entre dolor y orgullo. Esta genialidad es un reflejo más de la vanidad del star system hollywoodiense y de cómo tanto este mismo como quienes lo siguen y alaban dan la espalda a sus ángeles caídos, pero el hecho de que la caída de Joaquin Phoenix no sólo esté perfectamente documentada, sino que también sea fingida la dota de un interés y, por qué no decirlo, de un morbo innegables. Igualmente interesante resultará, a estas alturas, comprobar las reacciones de crítica, público y colegas de profesión a la revelación de que todo ha sido un montaje: ¿quién seguirá dando la espalda a Phoenix, quién se sentirá estafado, quién -como yo, supongo- pasará de despreciarlo a considerarlo un genio?


viernes, 31 de diciembre de 2010

Balada triste de trompeta


Dirección: Álex de la Iglesia.
Guión: Álex de la Iglesia.
Reparto: Carlos Areces, Carolina Bang, Antonio de la Torre, Manuel Tallafé, Alejandro Tejería, Manuel Segura, Enrique Villén, Gracia Olayo, Sancho Gracia, Santiago Segura.

Álex de la Iglesia es uno de los directores españoles más famosos de la actualidad. Y, a diferencia del resto, que son ocasionalmente sobrevalorados, como Amenábar y Coixet, o lo son siempre, como Almodóvar, sus películas suelen dar lo que prometen. Esto es así porque al cine de Álex de la Iglesia no se le presupone calidad, sino otra cosa: personalidad. Que obras como El día de la bestia o Crimen ferpecto son un desfase casi constante no hace falta ni decirlo, pero es una parte esencial del valor, cuestionable o no, de la filmografía de De la Iglesia. Por eso mismo decepcionó Los crímenes de Oxford, que en su intento de ignorar los tics de la mano del autor quedó estéril. Sin embargo, ese esperpento tan típicamente español y del que De la Iglesia es el mayor representante sólo funciona si lo grotesco no sobrepasa ciertas barreras de exceso o de coherencia narrativa. Y he ahí por qué Balada triste de trompeta, su última película, no es buena.

Javier (Carlos Areces) tuvo una infancia difícil. Su madre murió cuando era muy pequeño, y su padre, un payaso que luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil, murió en la cárcel pocos años después, no sin haber recomendado a su hijo que utilizara la venganza para curar su dolor. En los años 70, Javier se une a un circo para ponerse, por primera vez, en la piel del payaso triste. El payaso tonto, Sergio (Antonio de la Torre), es la estrella del espectáculo y quien verdaderamente lleva las riendas del circo; durante el día hace reír a los niños, a los que adora, pero durante la noche, cuando bebe, pega a su novia, la trapecista Natalia (Carolina Bang), con quien mantiene una relación difícil, y de quien Javier se enamora. El inicio de este trío amoroso desencadena una sucesión de actos violentos incitados por los celos y la indecisión de la mujer.


Balada triste de trompeta tiene un comienzo brutal. Tanto la estética como el montaje de las primeras dos o tres escenas y los créditos iniciales (que intercalan con muchísimo acierto fotografías en blanco y negro de artistas de circo, figuras públicas y escenas corrientes del siglo XX, con música flamenca/militar de fondo) son tremendamente efectistas y bien logradas. Sin embargo, estos logros se disipan cuando empieza el nudo. Los chistes dejan de funcionar enseguida, básicamente porque el guión se centra mucho más en la acción que en el diálogo, algo que, en uno u otro punto, pasa en todas las películas de Álex de la Iglesia, pero aquí es en un momento demasiado cercano al inicio. Esa sensación de clímax constante que, en mayor o menor medida, se alcanzaba en El día de la bestia, La comunidad y Crimen ferpecto (y que ni siquiera en estas era particularmente destacable) se traduce aquí en una sucesión de escenas impactantes sin verdadera cohesión, que no parecen ir mucho más allá de un intento de descolocar al espectador tanto como sea posible. Muchos de los chistes violentos tampoco tienen gracia, como la "subtrama" del motorista. Por otra parte, destaco la escena en que una familia entra en un bar a pedir un desayuno como ejemplo de que la genialidad de los diálogos de De la Iglesia sigue despertando ocasionalmente.

Tristemente, el acertado reparto tampoco consigue mejorar mucho la película. El mejor es Antonio de la Torre, que da verdadero miedo, aunque su personaje se deshincha junto al resto de la película. Carlos Areces es la elección perfecta para el papel protagonista, y mucho de lo que se dice en Balada triste de trompeta sobre los payasos tristes es totalmente aplicable a él, pero no creo que llame la atención a aquellos que no lo conocen por La Hora Chanante y derivados. Carolina Bang es una mujer-florero y dudo que alguien se atreva a decir lo contrario, pero De la Iglesia tampoco le pide mucho más. Enrique Villén, Luis Varela y compañía, que siempre han sido pequeñas joyas en las obras del director, aquí no tienen, en general, diálogos con la chispa de los de películas anteriores, y el único cameo que no está desaprovechado es el de Santiago Segura, que debería dejarse de Torrentes y gilipolleces varias y dedicarse a actuar en serio.


En realidad, Balada triste de trompeta es una metáfora sobre la Guerra Civil, sobre el origen de los rencores y el hecho de que, sin importar los motivos de cada bando, ambos acabaran convirtiéndose en lo mismo. Si bien esto da un valor añadido a la película y haciendo una relectura en este sentido algunos elementos adquieren sentido (como la aparentemente absurda reaparición del personaje de Sancho Gracia), no es suficiente para que Balada triste de trompeta llegue a otro nivel, puesto que la falta de, digamos, elegancia en la simbología es casi constante y distrae muchísimo, a excepción de algún momento concreto, en particular el plano final.

Hace años, en el instituto, hice un trabajo sobre el cine de Álex de la Iglesia donde, entre otras cosas, hablaba de los paralelismos entre sus obras. Lo cierto es que me lo puso fácil, porque el número de elementos que se repiten en su filmografía es enorme, y esto siempre me ha hecho pensar en una relativa falta de creatividad. En Balada triste de trompeta, por ejemplo, reaparecen por enésima vez las escenas de vértigo, especialmente en la última escena, que tiene lugar en un sitio alto. Estos elementos utilizados como armazón dan una especie de consistencia interna al cine de De la Iglesia y, no sé si porque son parte de esa "personalidad" de la que hablaba, no molestan demasiado, sino que más bien ayudan al espectador a encontrar puntos de apoyo.


En la película hay también muchas referencias culturales a la España de la época en que se ambienta; el mismo título está extraído de una canción de Raphael que suena durante el metraje. También están por ahí Franco, Carrero Blanco y ETA; la intención del director, supongo, es algo así como hacer ver al espectador que las abominaciones que crea no destacan especialmente entre todo lo que ha pasado en nuestro país. Sin embargo, imagino que la sensación experimentada automáticamente por la mayoría de los espectadores será, nuevamente, de incomprensión o de innecesariedad.

Si Los crímenes de Oxford fue un intento por parte de Álex de la Iglesia de reprimir los elementos que hacen inconfundible su manera de hacer cine, Balada triste de trompeta parece todo lo contrario; sin embargo, deja demasiado de lado el guión en favor de la violencia, y su falta de cohesión es más notable todavía que en el resto de la filmografía del director, que pocas veces se ha caracterizado por tener un buen ritmo narrativo. Aun así, tiene un cierto valor, aunque probablemente menor de lo que a De la Iglesia le habría gustado, como reflexión sobre la Guerra Civil y la España del siglo pasado en general, y es, en ese sentido, el reflejo más desesperanzador de nuestro país de todos los que nos ha mostrado el cineasta.


jueves, 16 de diciembre de 2010

Biutiful


Dirección:
Alejandro González Iñárritu.
Guión: Alejandro González Iñárritu, Armando Bo, Nicolás Giacobone.
Reparto: Javier Bardem, Maricel Álvarez, Hanaa Mouchaib, Guillermo Estrella, Eduard Fernández, Rubén Ochandiano, Ana Wagener, Diaryatou Daff, Taisheng Cheng, Luo Jin.

Hay pocos directores actuales que se hayan ganado tanto a los críticos profesionales como el mexicano Alejandro González Iñárritu. Sus tres primeras películas, Amores perros, 21 gramos y Babel, son tres de los mejores ejemplos del cine de vidas cruzadas, y también tres de las películas más sensibles de los últimos diez años. Sin embargo, gran parte del valor de esta filmografía no radica en Iñárritu sino en su guionista, Guillermo Arriaga. Me asustó enterarme de que la díada se había separado y, después de la ópera prima de Arriaga en solitario, Lejos de la tierra quemada, buena pero relativamente fría y falta de imaginación, temí que ninguno de los dos valdría realmente la pena sin el otro. El miedo se incrementó aún más con las primeras críticas de la nueva película de Iñárritu, Biutiful. Pero, después de verla, respiro más tranquilo.

Uxbal (Javier Bardem) vive en la zona franca de Barcelona y saca adelante a sus dos hijos como puede: actuando como intermediario entre inmigrantes chinos y senegaleses en la venta de accesorios falsificados y películas pirata y contactando, por un precio, con los espíritus de algunos muertos recientes. Cuando descubre que tiene cáncer y le quedan pocos meses de vida intenta poner en orden el futuro de sus hijos y aceptar el suyo.

Lo primero que llama la atención de Biutiful es, obviamente, su aspecto sobrenatural, ausente hasta ahora en la filmografía de Iñárritu; lo más cercano había sido una espiritualidad muy levemente insinuada, como las referencias al peso del alma que dan título a 21 gramos. A pesar de lo trascendente que pueda parecer este componente, lo cierto es que lo sobrenatural en Biutiful es poco más que otro recurso emotivo que el director utiliza hábilmente o, en todo caso, un modo de incrementar la conciencia del protagonista sobre su propia muerte. Esta "secundariedad" de la vida después de la muerte recuerda a la literatura latinoamericana -Rulfo, García Márquez- más que al punto de vista de la sociedad, y por tanto del cine, europeo y norteamericano a los que estamos más acostumbrados.

La fusión entre sensibilidad social y existencial tan propia de Iñárritu vuelve a estar presente. La sensibilidad existencial -o vital, o como sea que se la pueda denominar- no se limita, y ni siquiera se centra, en la muerte inminente del protagonista, sino que se da incluso más importancia a la relación con los hijos y con el resto de personas con quien interactúa, como los inmigrantes que trabajan con él. Así, la sensibilidad social a la que me refería está estrechamente ligada al otro tipo, y el impacto que produce en el espectador es acrecentado por la ambientación, la puesta en escena y la fotografía.


La Barcelona de Biutiful es muy poco beautiful, y de hecho ahora se me ocurre que ese título fonético puede ser un juego de palabras sobre la falsa imagen de la ciudad. Es algo así como la antítesis de la Barcelona que presentaba Woody Allen en Vicky Cristina Barcelona, limpia, colorida, moderna, fashion, y en sus pretensiones Iñárritu se excede tanto como Allen. Tan poco realistas parecen las Ramblas vacías en las que paseaba Bardem con Pe como éstas en las que presencia una carga policial casi militar. Aun así, como conjunto, Biutiful consigue un grado elevado de realismo, una Barcelona (que no deja de ser un ejemplo de casi cualquier otra ciudad cosmopolita) a la que muchos estamos acostumbrados y otros prefieren ignorar.

Incluso la simbología de Iñárritu juega con esta suciedad. Cada noche, cuando se acuesta, Uxbal ve polillas negras en el techo de su habitación, y no puede apartar la mirada. A medida que avanza la película, a medida que avanza su enfermedad, el número de polillas aumenta hasta ocupar casi todo el espacio del techo.

A pesar del resto de virtudes de la película, la mayor es, sin duda, Javier Bardem. En la última década Bardem se ha consolidado, si no como el mejor, como uno de los mejores actores españoles actuales gracias a sus inolvidables papeles en Mar adentro y No es país para viejos. A Sampedro y Chigurh se une ahora su Uxbal, en una de las interpretaciones más humanas e intensas que he visto últimamente. Sin él, Biutiful se desmoronaría, pero es también él quien la hace grande. Me duele que no lo hayan nominado al Globo de Oro, sobre todo teniendo en cuenta el bajo nivel cinematográfico de este año.


El resto del reparto es irregular. En la parte baja de la escala está Maricel Álvarez, que interpreta a la ex de Uxbal y madre de sus hijos, y que no ha sido totalmente capaz de dar forma a una personalidad creíble. Eduard Fernández, que es, creo, mi actor español favorito, interpreta a su nivel habitual al hermano de Uxbal, aunque su esfuerzo está lastrado por su corta aparición y por el excesivo volumen de la música que acompaña a varias de sus escenas, cosa que dificulta mucho escucharlo. También aparece Rubén Ochandiano, que hace lo que puede por salvar un intento fallido de Iñárritu de captar el habla coloquial castellana; aun así, sus diálogos incluyen alguna frase memorable.

Los actores que interpretan a los niños, a la pareja senegalesa y a los dos hombres chinos son bastante sólidos, en especial los dos últimos. A su vez, cada una de las dos parejas de inmigrantes protagoniza una pequeña subtrama; si bien en el caso de los senegaleses la historia está bien hilada con la principal, la de los chinos se siente algo externa. Aun así, sirve para intensificar la emocionalidad de algunos elementos de la trama de Uxbal, y el metraje que ocupa no es suficiente como para llegar a hacerse molesta.

Biutiful supone la independización de Iñárritu en labores de guión y, si bien tiene algunos defectos y excesos, estos no superan por mucho a los que se pueden encontrar en Babel o Amores perros. Unidas, las capacidades expresivas de Iñárritu y Bardem consiguen crear una película intensa, densa y lenta, algo que se supone una representación preciosa -a pesar de su fealdad inevitable- de la muerte.


martes, 9 de noviembre de 2010

Scott Pilgrim vs. The World


Dirección: Edgar Wright.
Guión: Edgar Wright, Michael Bacall (basado en el cómic de Bryan Lee O'Malley).
Reparto: Michael Cera, Mary Elizabeth Winstead, Ellen Wong, Kieran Culkin, Jason Schwartzman, Mark Webber, Alison Pill, Johnny Simmons, Anna Kendrick, Chris Evans, Brie Larson, Brandon Routh.

Parece que últimamente, y cada vez más, los cómics sólo se perciben como materia prima para futuras películas. Yo mismo sólo me hice fan de Alan Moore (Watchmen, From Hell, V de Vendetta) o Frank Miller (Sin City, 300) por la publicidad previa que recibieron algunas de las adaptaciones cinematográficas de sus obras; era algo así como una forma de aplacar el ansia hasta que las estrenaran. Y, sin embargo, incluso las mejores de estas películas palidecen frente al original.

Con Scott Pilgrim vs. The World me pasó algo parecido. Me enseñaron el tráiler y, si bien no me atrajo particularmente, sí me produjo curiosidad. Curiosidad que, sumada a mi habitual superabundancia de tiempo libre, era excusa más que suficiente para leer los cómics del canadiense Bryan Lee O'Malley -que, comento de paso, este verano todavía no habían llegado a España, y las traducciones amateur que se encontraban en Internet eran como poco lamentables. Para resumir, diré que he leído cómics muy frikis durante mi vida, pero probablemente Scott Pilgrim es el más friki de todos. Y, como la película capta bien el espíritu de la obra de O'Malley, creo que puedo pasar a la sinopsis.

Scott Pilgrim (Michael Cera) tiene veintitrés años físicos y alrededor de catorce mentales, un bajo que toca sin demasiadas ganas en un grupo mediocre y una nueva novia (Ellen Wong) que todavía va al instituto. Su vida cambia cuando se enamora de Ramona Flowers (Mary Elizabeth Winstead), una chica americana que acaba de llegar a Toronto. Para conseguir entablar una relación con ella, Scott tendrá que derrotar en combate a sus siete ex malignos, liderados por un tal Gideon (Jason Schwartzman). Y, claro, dejar a su novia actual.


Scott Pilgrim vs. The World (que también es el título de uno de los tomos de la saga, originalmente llamada igual que su protagonista) se estructura alrededor de las peleas contra los siete ex. Y probablemente éste sea el mayor problema de la adaptación: si bien en seis volúmenes de unas doscientas páginas los combates están bastante bien dosificados y rara vez se hacen pesados, en la película se produce una sobrecarga de acción; es imposible hacer encajar en una hora y media todo lo que contienen los cómics, y el director Edgar Wright (Zombies Party, Arma fatal) opta por dar un mayor protagonismo relativo a las peleas. Aun así, las primeras (las que vienen antes de la saturación) son muy disfrutables gracias a los efectos especiales, muy decentes para una película tan indie, y, sobre todo, el elevado grado de frikismo.

Frikismo que se manifiesta en momentos inesperados y que provoca en el espectador una constante sensación de perplejidad (o, como leí en otra crítica, de "what the fuck"). En Scott Pilgrim los instrumentos musicales lanzan ondas expansivas, los vegetarianos tienen poderes psíquicos, y al derrotar a un enemigo se obtiene monedas y, en ocasiones, hasta vidas extra (lo cual da lugar a uno de los mejores momentos de la película: la repetición de una escena tras el fracaso del protagonista, algo así como una metáfora de las segundas oportunidades. Supongo. Probablemente no sea una metáfora de nada.). Creo que eso es suficiente para que os hagáis una idea. Como curiosidad complementaria, en el cómic incluso hay un punto para guardar la partida. My God.


Si bien, como digo, en este sentido se conserva perfectamente el estilo de la obra original, se deja de lado algo igualmente importante: el aspecto más social, es decir, se reduce la importancia de los diálogos, las subtramas y los personajes secundarios. Y para mí es una lástima, porque lo que verdaderamente me enganchó al cómic fue esa frescura indie, que de hecho tiende al gafapastismo. Aun así, los secundarios siguen siendo geniales; mención especial para Wallace, el compañero de piso gay del protagonista, interpretado por Kieran Culkin (cuya cara recuerda enormemente a la de su hermano Macaulay, que todos recordamos con la boca y los ojos muy abiertos y una mano en cada mejilla).

Otro aspecto en que la película difiere del cómic es la recta final. La adaptación se empezó a hacer antes de que saliera al mercado el último tomo, de manera que se deja de lado parte de la trama que tenía lugar en éste, como el repaso por las ex de Scott, algo que daba madurez al cómic. En todo caso, elementos puntuales del final de la película hacen pensar que, al menos -y a pesar de sus declaraciones desmintiéndolo-, el autor del cómic dio algunas directrices a Edgar Wright.


El reparto está encabezado por Michael Cera, conocido principalmente por Supersalidos y la sobrevaloradísima Juno, aunque de sus trabajos destaco la serie Arrested Development, que he descubierto hace poco y que supera a casi todas las comedias de la década. Cera, sin dejar de ser monótono e inexpresivo -aunque también simpático-, encaja bien en la piel del apagado Scott. Interesante también la aparición de Jason Schwartzman (fetiche de Wes Anderson; Academia Rushmore, Darjeeling Limited) como el malo, de un Chris Evans (Los 4 fantásticos, Sunshine) sorprendentemente divertido, y de Alison Pill en el papel de la batería del grupo de Scott, no por su relevancia en la película sino para hacer referencia (otra vez...) a In Treatment; ella es de lo mejor de la segunda temporada. Hilarantes también los cameos de Thomas Jane (The Punisher, La niebla) y Clifton Collins Jr. (Star Trek, Traffic) como miembros de la Policía Vegana [sic].

Scott Pilgrim vs. The World no es un peliculón pero, sin llegar, básicamente por limitaciones de metraje, a la altura del cómic, sí capta perfectamente su tono y sus aspiraciones y supone una aglomeración fresca, desenfadada y casi en todo momento divertida de referencias frikis e indies. Lo cual, para cierto sector del público, debería ser mucho más que suficiente.


lunes, 4 de octubre de 2010

Machete

Dirección: Robert Rodriguez, Ethan Maniquis.
Guión: Robert Rodriguez, Álvaro Rodriguez.
Reparto: Danny Trejo, Jessica Alba, Jeff Fahey, Michelle Rodriguez, Robert De Niro, Steven Seagal, Don Johnson, Lindsay Lohan, Cheech Marin, Shea Whigham, Tom Savini.


Me da la impresión de que siempre, pero en especial a partir de los 90, se ha denostado el cine cuya función es el entretenimiento más simple y banal; todo aquello más ligero que una película de Tarantino o Guy Ritchie es automáticamente desterrado al vertedero por la crítica estándar. Vamos a ver: Robert Rodriguez no es Kubrick. Bien. Asumámoslo: él lo asumió hace muchos años. Tampoco es Tarantino: sus guiones no se le pueden comparar (cuando el maestro tiene el día, claro). Que la mejor película de Rodriguez copie casi totalmente los planos de las viñetas de un cómic no dice mucho a favor de sus dotes como director. Pero, coño, yo no me lo pasé ni de lejos tan bien con ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú como con Abierto hasta el amanecer, y Planet Terror, como parodia conscientemente intrascendente, se vuelve paradójicamente original y le da mil patadas a la otra integrante de la díada Grindhouse, Death Proof, de Quentin.

Y entonces viene Machete, que ya como concepto es la conjunción de varias cosas positivas. En primer lugar, que le tenemos ganas desde el genial tráiler (originalmente falso, pero transformado en real gracias a su buena acogida) que precedía a Planet Terror, con Danny Trejo saltando por los aires en moto impulsado por una explosión y Cheech Marin vestido de cura diciendo "Dios es misericordioso, yo no" antes de pegarle un tiro en la cara a un tipo. En segundo lugar, que Robert Rodriguez alcanzó con su mitad de Grindhouse el tono y el estilo perfectos para los objetivos que siempre se ha propuesto, y está sin duda en el mejor momento de su carrera. Sumando a eso el reparto -del que ya tendré tiempo de hablar...-, ya sabemos qué esperar de Machete. Y otra cosa no, pero lo que promete lo da.


Daniel "Machete" Cortez (Danny Trejo; Heat, Con air) era un policía mejicano decente que se vio obligado a marcharse a los Estados Unidos después de que las fuerzas del orden se aliaran con el malvado Torrez (Steven Seagal... sí, Steven Seagal haciendo de mejicano.) y de que éste matara a su familia. Ya en Estados Unidos, Machete es contratado por un poderoso empresario, Booth (Jeff Fahey; Planet Terror, Cazador blanco, corazón negro), para que asesine a un senador antiinmigración (Robert De Niro) antes de que sea reelegido y cierre la frontera. Pero es traicionado, y en su venganza Machete contará con la ayuda de una forajida (Michelle Rodriguez; Avatar, SWAT) y una agente del FBI (Jessica Alba; Sin City, Los 4 fantásticos).

Machete es, básicamente, una acumulación de chorradas ingeniosas, sangre, fantasmadas y tetas. Hilando las escenas del tráiler original con otras ideadas para el lucimiento del inaudito reparto, Rodriguez monta algo relativamente similar a un argumento en el que, de paso, introduce una burlona crítica a la actitud racista de la extrema derecha -aunque esto, al fin y al cabo, no va mucho más allá de lo superficial, como en cualquier película de acción. Por mucho que algunas (me viene a la cabeza The shooter, con Mark Wahlberg, estrenada hace tres o cuatro años) se crean verdadero cine político. Y, si bien es verdad que despotricar contra los conservadores (mediante un divertidísimo Robert De Niro, en un papel sorprendentemente mayor que el típico cameo que yo esperaba) y la doble moral estadounidense se le da estupendamente a Rodriguez, se nota que cuando está verdaderamente en su salsa es cuando llena la pantalla de balas e intestinos. Intestinos que, por cierto, nos regalan uno de los mejores gags de la película.


Ver a Danny Trejo, eterno secundario cuya cara de palo todos hemos visto decenas de veces interpretando invariablemente a delincuentes, cortando cabezas a machetazos es un puto placer, y la dosificación en general adecuada de las escenas de acción a lo largo del metraje hacen que el espectador no se aburra en ningún momento (entended siempre, por cierto, que cuando digo "el espectador" lo hago menos para generalizar que para evitar el egocentrismo insoportable de algunos críticos. Véase Carlos Boyero.). Sus escasas dotes interpretativas no son un aspecto negativo, sino que acaso favorecen las pocas -y magistrales- líneas de diálogo que le otorga Rodriguez.

Además de De Niro, el bando de los malos cuenta con Don Johnson (Miami Vice) en la piel de un cowboy sureño muy tarantiniano, si acaso el personaje más desaprovechado, y con un Jeff Fahey (el piloto de Lost) que, además de molar, está a la altura de sus partenaires, más míticos en las mentes del público en general. Imposible no mencionar el cameo de Tom Savini (Sex Machine en Abierto hasta el amanecer), que incluye vídeo de presentación en plan teletienda y lucha a muerte contra Cheech Marin... probablemente la mejor batalla de la historia. Y, por supuesto, Steven Seagal. De mejicano. Con katana. Y gordísimo. Qué más decir.


Quedan las chicas: Jessica Alba, Michelle Rodriguez -la mejor- y Lindsay Lohan, en un papelito autoparódico que no entiendo cómo cojones aceptó interpretar. Supongo que a estas alturas todos somos conscientes de que el cine de Rodriguez no destaca precisamente por la profundidad psicológica de sus personajes femeninos, y ninguna de las tres me cae bien, pero, por así decirlo, tampoco es que me duelan los ojos por verlas ligeras de ropa. Y ni que decir tiene que Machete se lía con las tres.

Me llaman la atención los paralelismos de ciertos elementos con otras obras de Rodriguez: la introducción recuerda a la de la primera historia de Sin City, la aparición de escenarios y personajes religiosos lleva a Desperado o Abierto hasta el amanecer... No sé si tomar estos dejà vus como limitaciones creativas, pero la verdad es que simplemente resultan curiosos como guiños autorreferenciales, voluntarios o no.

Machete es, pues, una de las mejores películas de Robert Rodriguez -entendiendo la palabra "mejores" en su aplicación específica al director y al cine de coña, claro está. Planet Terror tiene como ventajas la originalidad y el gore, pero Machete está a su altura como comedia y la supera en cuanto a reparto, y la falta de cohesión de Abierto hasta el amanecer jugaba en su contra. Repito: si vais a ver Machete sabiendo lo que vais a ver la disfrutaréis, probablemente mucho. Yo ya la he bajado en V.O. (pero que no se entere Ramoncín); no puedo seguir viviendo sin escuchar a Steven Seagal fingiendo acento mejicano.