jueves, 16 de abril de 2009

Otesánek (Pequeño Otik)

Dirección: Jan Svankmajer.
Guión: Jan Svankmajer (cuento de Karel Jaromír Erben).
Reparto: Jan Hartl, Veronika Zilková, Kristina Adamcová, Jaroslava Kretschmerová, Pavel Nový, Dagmar Stríbrná, Zdenek Kozák.


Cuando me salgo del mainstream -cosa que hago a menudo, aunque no se refleje en mi producción de críticas- encuentro joyas en una proporción mucho mayor a lo habitual. A Svankmajer, checo, le colgué hace tiempo, un año ya tal vez (Dios, puto tiempo), la etiqueta de "Tengo que ver más cosas de"; en su caso, fue debido a una de las películas más particulares que he visto en mi vida: Alice, versión realizada mediante animación en stop-motion, perturbadora, antiinfantil, agónica, de la maravillosa y famosísima Alicia de Carroll. Poco después me introduje en sus cortometrajes, que me gustaron tanto o más. Sin embargo, hasta la semana pasada no volví a ver nada de él. En esta ocasión fue Los conspiradores del placer, grotesco y divertidísimo método de igualar a los seres humanos a través del fetiche secreto, de la perversión inofensiva. Anoche vi otra más: Pequeño Otik. Me crujo el cuello y los nudillos y procedo.

Un cuento tradicional checoslovaco cuenta que una pareja de campesinos no podía tener hijos. Rezaron y rezaron a Dios para que les concediera el don, tan deseado, tan inalcanzable. Un día, el marido desenterró una raíz con una forma extrañamente similar a la de un bebé, que cobró vida mágicamente. Sin embargo, su felicidad se ve truncada: el apetito del bebé-raíz, Otesánek, es insaciable, y no tarda en devorar a sus padres, tras lo cual abandona la casa y empieza a alimentarse de todos los seres vivos, animales, plantas y humanos, que encuentra en su camino...

La película de Svankmajer es una versión actualizada y, por supuesto, personal del cuento. Una mujer, Bozena, está deprimida porque tanto ella como su marido son infértiles. En una salida a su casa en el bosque, el hombre, Karel, encuentra una raíz andromorfa y, sin motivo aparente -tal vez como broma sin gracia-, la talla, perfeccionando su sensación de humanidad, y la muestra a su esposa. Ésta queda convencida en cuanto la ve de que es verdaderamente un bebé, a pesar de todo lo que le dice Karel, y pretende llevarlo a casa. El hombre consigue convencerla de que lo deje allí, diciéndole que irán a visitarlo todos los fines de semana. Sin embargo, al volver al edificio donde residen, Bozena informa a sus vecinos de que está embarazada; nueve meses después, y sin poder haber hecho nada para evitarlo, Karel observa asombrado cómo su mujer amamanta al bebé de madera... y cómo éste succiona por voluntad propia. Poco tarda en quedarse con hambre después de tomarse la leche.


Pequeño Otik es algo así como un cuento de hadas surrealista macabro en clave de comedia, una obra casi tan bizarra como Alice y Los conspiradores del placer, característica potenciada por el trabajo de Svankmajer en la dirección, que deshumaniza a los personajes humanos, no sólo en lo psíquico (véase a esa niña que incluye sin vacilación a sus padres en el sorteo para decidir quién servirá de alimento al nenito) sino, por la inacción o por la antinaturalidad de sus gestos, también en lo físico, mientras que potencia la vitalidad de los objetos (algo obvio aquí en el personaje del bebé-raíz, animado, como en Alice y los cortos, mediante stop-motion). Es éste un rasgo compartido por el resto su filmografía, como demuestra por ejemplo el hecho de que trabaje tanto con muñecos y títeres. Junto al, por así decirlo, traspaso de la vida des lo animado a lo inerte, señalaría como rasgos fundamentales de su obra -aunque en realidad todos están muy estrechamente relacionados- la conversión de lo infantil en macabro y la exposición de los bajos instintos.

Así como en Los conspiradores del placer Svankmajer destapaba las perversiones sexuales de diversos personajes (uno se vestía de gallo y asesinaba a una muñeca, otro construía una máquina para que lo acariciara mientras observaba a la presentadora de las noticias, la propia presentadora metía los pies en un barreño con agua y truchas, que le chupaban los dedos), aquí -si bien la perversión sexual también queda reflejada a través del viejo pedófilo- el pecado potenciado es la gula, ese hambre insaciable del pequeño Otik, también representado en la obsesión del director por rodar a sus personajes mientras comen. Asimismo, durante estos frecuentes planos, dota a los alimentos de una sexualización repulsiva. La gula, supongo, tanto en el cuento como en la película se usa como símbolo de la avaricia, de ese ansia por agarrar las nubes que tienen los padres estériles, aunque aquí el mensaje queda más difuminado, expandido al hambre como representación de la bestialidad del hombre. Y es que eso Svankmajer y sus personajes muertos, viciosos y sobre todo hambrientos, siempre hambrientos, saben mostrarlo mejor que nadie.


Valoración: 8/10.

sábado, 7 de marzo de 2009

Watchmen

Dirección: Zack Snyder.
Guión: David Hayter, Alex Tse (novela gráfica de Alan Moore).
Reparto: Patrick Wilson, Malin Akerman, Billy Crudup, Jackie Earle Haley, Matthew Goode, Jeffrey Dean Morgan, Carla Gugino, Matt Brewer, Robert Wisden.


Watchmen. Hm. Me cuesta empezar, más de lo normal. Comparto la extendida afirmación de que Watchmen es la mejor novela gráfica (de aquí en adelante, "cómic", término impreciso, pero más corto y menos pedante) de la historia; sin embargo, hay que tener en cuenta que no soy un experto en el medio, ni mucho menos. No voy a elogiar -en esta introducción, al menos- la obra de Alan Moore, conocido últimamente por las, en mayor o menor medida, erróneas adaptaciones al cine de tres de sus obras magnas: From Hell, V de Vendetta y La liga de los hombres extraordinarios. Considero comprensible mi grado de acojonamiento al saber que a) se iba a hacer la película y b) el director sería el de 300; bueno, pero en la acción. Y obsesionado con las variaciones entre slow y fast motion. Pero, al final, he quedado bastante contento. Doy paso a sinopsis, crítica y probables divagaciones.

Watchmen se contextualiza en unos años 80 alternativos, con dos divisorias clave en relación a la realidad. La primera de ellas es la aparición, durante los 40, de un grupo de personas que se dedicaban a combatir el crimen disfrazados, por motivos diversos (dinero, fama, justicia, adrenalina, sadomasoquismo); la segunda, el elemento base de la diferenciación de este mundo paralelo: el Dr. Manhattan (Billy Crudup), una especie de superhombre surgido de un fallo científico. El nacimiento de Manhattan, además de dejar obsoletos a los héroes enmascarados (los "Vigilantes", o "Watchmen"), da como resultado algo mucho más importante: el miedo, el miedo de una humanidad que ve cuestionados su existencia, valores y creencias, el miedo de la URSS a unos Estados Unidos que poseen un arma insuperable, temor que da como resultado una guerra nuclear inevitable. O casi. La trama se centra en la investigación de Rorschach (Jackie Earle Haley), único héroe enmascarado que sigue en activo tras la ilegalización de los suyos, sobre la muerte del Comediante (Jeffrey Dean Morgan), antiguo Vigilante que había pasado a trabajar para el gobierno.


La película empieza con la muerte del Comediante. Esto, en el cómic, se resuelve en un par de viñetas, en que le vemos recibiendo un par de golpes y cayendo al vacío a través de un cristal. Poco más. Sin embargo, Snyder se recrea, rodando una pelea estilizada y brutal de tres o cuatro minutos que recuerda a alguna de las de Kill Bill, por ejemplo. Y eso me asusta. Durante la película esto sucederá varias veces más; en el cómic hay un par de luchas, pero son, como el asesinato del Comediante, breves y sucias. Snyder, como era de esperar, añade algunas más, las convierte todas en un (supuesto) espectáculo de artes marciales y las satura de mutilaciones, efectos de sonido y, sobre todo, de esas putas alternancias entre cámara rápida y cámara lenta que tan propias le son y que tanto detesto.

Las peleas fashion à la Snyder minan una de las características básicas del original: la desmitificación del superhéroe. Se conserva la oscuridad de las personalidades (de la que hablaré más adelante), las motivaciones, los hechos, pero no ese realismo físico con el que todos, excepto, claro está, el Dr. Manhattan, contaban. Porque, si bien se describía a algunos de los protagonistas como personas en un estado físico que rozaba la perfección, aquí hay ostias típicamente sobrenaturales. Pero las perdono en la medida de lo posible, porque responden -aparte de a los gustos personales del director-, obviamente, a una finalidad comercial, que hace digerible un producto que, por sus singularidades, de otra forma sólo vendería por la estética. Y gracias.

Tras la escena inicial, el famoso emblema del Comediante, la carita sonriente manchada de sangre, se funde con los títulos de crédito iniciales. A ritmo de The times they are a-changing (tema mencionado en el cómic; la banda sonora, bastante obvia, recoge un par canciones citadas por Moore, así como otras con fines de contextualización temporal), y con una estética retroficticia que plasma el dibujo de Dave Gibbons de un modo impecable y precioso, Snyder se me mete en el bolsillo, condensando perfectamente en unas pocas imágenes (además de añadir un guiño oscuro y divertido sobre la muerte de Kennedy, que me ha encantado y prefiero no revelar) buena parte de lo que Moore narra en los documentos anexos a cada volumen de su obra: la evolución y decadencia de la primera generación de héroes enmascarados, a los que seguirían los protagonistas de la historia.


Los personajes son una de las verdaderas razones de ser de Watchmen. Intentaré no extenderme infinitamente en este sentido, pero me resultará complicado. Hay cinco protagonistas, aparte del Dr. Manhattan, único resto de los Vigilantes. Ozymandias /Adrian Veidt (Matthew Goode, el peor del reparto), un megalómano superdotado que se retiró antes de la ilegalización de los enmascarados y reveló su verdadera identidad para así crear un imperio económico; ahora -en la película, en el cómic no es exactamente así- trabaja juntamente con Manhattan para descubrir una fuente de energía alternativa inagotable. El Búho Nocturno/Dan Dreiberg (Patrick Wilson, bastante soso, pero fiel), el más plano de los héroes, el único que concebía su trabajo siguiendo el patrón típico, infantil, de "hacer el bien", y cuyos sentimientos por su vieja ocupación son una mezcla entre añoranza y desengaño. El Espectro de Seda/Laurie Juspezscyk (Malin Akerman, sobreactuada), a la que su madre, antigua enmascarada, forzó a seguir sus pasos cuando se retiró. Siendo el menos interesante -y el más irritante- de los personajes principales, Laurie es el único vínculo sentimental del Dr. Manhattan con la humanidad. Lo cual importa, y mucho.

La muerte del Comediante/Edward Blake desencadena, por así decirlo, la trama "real". No obstante, Watchmen está construida por medio de flashbacks, sin los cuales ni sería comprensible ni poseería su grandeza. Así, el Comediante se convierte en otro personaje principal (el más secundario de entre estos, eso sí) gracias a los recuerdos del resto de protagonistas. Por medio de ellos descubrimos a uno de los personajes más complejos y atrayentes que ha dado el cómic -lo mejor es que ni siquiera es el más complejo y atrayente de Watchmen-: un héroe enmascarado que es, en realidad, un mercenario amoral, un misántropo y un nihilista, un violador y un sádico, un hombre que "ha visto la verdadera cara del mundo y ha decidido convertirse en una parodia de éste". Magistral.


Y luego está Rorschach. Rorschach, considerado por la mayoría el mejor personaje (no por mí; mi favorito es Manhattan), es algo así como un Batman desquiciado. No por ser rico y utilizar gadgets varios -en ese sentido, Batman está representado en el Búho Nocturno-, sino porque es el resultado de un trauma. O de un trauma tras otro, más bien. El problema de este Rorschach radica en el error de Snyder al reducir su background; no es que suprima una gran cantidad de información, sino que todo lo que nos cuenta Moore sobre el pasado del personaje es fundamental para su comprensión, y Snyder no nos dice nada sobre el acontecimiento exacto que le hizo tomar la decisión de combatir el crimen, aunque sí nos cuenta por qué radicalizó sus métodos. Además, su perfil psicológico se nos revela de un modo apresurado; es éste el único momento de la película en que he tenido esa sensación, lo cual es un punto a favor. Sin duda, me estoy poniendo quisquilloso, pero es que, si el personaje así trasladado ya resulta genial, ese pequeño detalle lo habría pulido. Y, aunque la interpretación de Jackie Earle Haley (al que conozco por Juegos secretos, donde está impresionante) es genial, su doblaje al castellano no le hace justicia en absoluto.

Finalmente, el personaje más importante: Jon Osterman/Dr. Manhattan. Osterman es un físico que adquirió, a causa de un accidente, el control total sobre la materia a nivel subatómico, la capacidad de teleportarse y una visión simultánea de todos los planos temporales; en palabras de uno de los personajes, "Dios existe y es americano". Con todo lo que eso comportaría; como ya he dicho en el apartado de la sinopsis, Manhattan es el por qué de la situación de crisis nuclear inminente. Por mucho que su clarividencia y su poder hayan hecho posibles la aparición de avances tecnológicos inimaginables. Es el personaje que más interesante me resulta, no sólo por el hecho de que abre ese universo alternativo "realista" (puesto que, en cualquier otro cómic, un ser de estas características no cambiaría el mundo de un modo tan oscuro, simplemente se adaptaría a él de un modo totalmente absurdo), sino también por el profundo estudio que se realiza de la extinción de su humanidad y por su posición externa, neutral, pragmática hasta el escalofrío, que da lugar a muchas frases de la contundencia de "Un cuerpo vivo y uno muerto contienen el mismo número de partículas. Estructuralmente no hay diferencia. Vida y muerte son abstracciones no cuantificables".


Hay en Watchmen una riqueza filosófica enorme, representada por los diferentes personajes: el nihilismo en el Comediante, el utilitarismo en Ozymandias, el absolutismo en Rorschach, el determinismo en Manhattan. Todos estos puntos de vista tienen una originalidad extrema dentro de una historia que, en teoría, va de superhéroes. Pero en realidad todo es una excusa para la reflexión sobre aspectos comprometidos y oscuros de temas como pueden ser la justicia, la moral o -y por encima de todo- la naturaleza humana. La profundidad de pensamientos que baña Watchmen hace que no se pueda atribuir a Moore un mensaje concreto: hay un desprecio profundo por la humanidad, pero también un canto a la vida. En cualquier caso, queda un poso de pesimismo incuestionable.

Me es imposible pensar en el Watchmen de Zack Snyder de un modo imparcial: me encanta el cómic, soy conocedor de todo lo que éste contiene, y lo veo reflejado en la película. Pero, ¿puede hacer lo mismo un espectador que no esté condicionado a priori? ¿Es la película verdaderamente tan compleja psicológicamente como el cómic? Y, si lo es, ¿es posible asimilar todo lo que se nos dice con la traslación desde un medio mucho más pausado, adaptable, al cine, en que el espectador no tiene ninguna capacidad de participación, sino que todo queda en manos de directores, guionistas y montadores? Se me escapa.

Como he mencionado antes, Watchmen está construida mediante flashbacks, que tienen tanta importancia -y ocupan el mismo metraje- que la trama principal (la investigación de Rorschach sobre la muerte del Comediante y los sucesos que tienen lugar alrededor). Esto es la causa de una estructura argumental muy particular, en que el ritmo se diluye y no cobra verdadera importancia hasta la recta final, puesto que previamente los acontecimientos son prácticamente una introducción, además de, por descontado, un análisis profundo de los "héroes". Esta forma de contar la historia (o las historias, más bien) no me parece tan adecuada para el cine como para el cómic. En la obra de Moore, la mayor parte de los doce capítulos está centrada casi exclusivamente en un único personaje; aquí, eso se traduce en una sucesión de flashbacks unipersonales, lo cual puede provocar fácilmente tedio en el espectador, si no se mentaliza de que lo que está viendo es un estudio sobre personajes, en que todo forma parte, aunque no todo conduce, a un desenlace brutal.


Es esta conclusión el único punto en que Snyder se atreve a alejarse del original. Mediante una decisión propia, además de acortar sensiblemente un metraje ya de por sí extenso, el director toma la idea clave del desenlace del cómic y la enlaza con una mayor naturalidad al resto de la historia, eliminando el único elemento que chirriaba -mínimamente- en la obra de Moore. Sin embargo, la esencia se mantiene. Cambia, levemente, el medio, no el fin. Y no cabe duda de que acierta.

Watchmen es en sí un debate filosófico de gran calibre, profundo y negro. Eso se mantiene en la película, aunque, como en la novela gráfica, será indispensable más de una exposición a la obra para poder captarla en su total complejidad. Pero es, además, una desmitificación retorcida y dolorosa de la figura del enmascarado, un acercamiento a la credibilidad, en cuanto a cómo sería verdaderamente un superhéroe sin poderes (Rorschach, el Búho, el Comediante...), pero también a cómo afectaría la existencia de un ser sobrenatural (Dr. Manhattan) a la humanidad. Y eso también está conseguido, aunque queda lastrado por los fines puramente comerciales de las (por suerte, no excesivas) peleas, tan propias del resto de películas del género. La fidelidad y el respeto por la obra de Moore son innegables, pero no tanto la adecuación de Watchmen al medio cinematográfico; para apreciarla en toda su grandeza, es necesario leer la novela gráfica. Imprescindible. Por mi parte, espero el montaje del director (cuarenta minutos extra) con ansias erectizantes.


Valoración: 8/10.

sábado, 7 de febrero de 2009

El curioso caso de Benjamin Button

Título original: The Curious Case of Benjamin Button.
Dirección: David Fincher.
Guión: Eric Roth.
Reparto: Brad Pitt, Cate Blanchett, Julia Ormond, Taraji P. Henson, Jared Harris, Tilda Swinton, Jason Flemyng, Mahershalalhashbaz Ali.


(Antes de nada... oh, Dios, ¿habéis visto el nombre de ese último actor? Virgen santa. Parece que se me haya subido el gato al teclado. En fin.)

Ah, Oscars, Oscars. Llevo semanas subsistiendo prácticamente a base de películas nominadas... desde finales de enero he visto Milk, Frost contra Nixon, The Wrestler, La duda, Bolt, Vals con Bashir (impresionante, por cierto; a ver si me digno/atrevo a escribir la crítica), Slumdog Millionaire, The Reader, The Visitor, Happy, Australia, Frozen River, Resistencia, La duquesa y, finalmente, siendo así la única que he esperado a ver en cine, El curioso caso de Benjamin Button, porque, de entre todas las nombradas, es esta la que más me llamó la atención desde un principio. Lo cierto es que no me ha gustado tanto como esperaba, pero aun así es muy buena, y totalmente premiable. Se llevará el Oscar (a no ser que la sobrevalorada Slumdog Millionaire nos de una no-sorpresa). Y, de entre las nominadas, es la que más lo merece.

Daisy (Cate Blanchett), una mujer moribunda, pide a su hija (Julia Ormond) que le lea antes de morir un diario. En él, Benjamin Button (Brad Pitt) narra que nació en circunstancias excepcionales: con rasgos y características físicas propios de un hombre de ochenta años. Tras la muerte de su esposa durante el parto, el padre de Benjamin (Jason Flemyng), horrorizado por el aspecto de su hijo, lo abandona en la puerta de un asilo para ancianos, donde una de las empleadas, Queenie (Taraji P. Henson), lo cuida, haciéndolo pasar, a medida que crece, por uno más de los internos. Con el paso del tiempo, las personas cercanas al "niño" se van dando cuenta de que Benjamin no padece una enfermedad, puesto que su salud no empeora: rejuvenece.

En la forma, El curioso caso de Benjamin Button recoge influencias claras de Big Fish, Forrest Gump y Amélie: es la historia de una vida poco corriente, narrada en el lecho de muerte, teñida de un realismo mágico perfectamente logrado y con una narración que dosifica con maestría el drama, el romance, la acción y la comedia. Por quejarme, diré que algunos de los puntos que me han parecido (a mí exclusivamente) humorísticos no son intencionados. Aclaro. No creo que sea normal reírse de la voz de una moribunda... pero supongo que eso no es culpa de la película, sino de que o el doblaje no es perfecto (ah, cuánto amo las V.O.) o yo soy un ser despreciable. En todo caso -y creo que a esto venía la chorrada previa-, hay muchos momentos cómicos, pero van disminuyendo y perfeccionándose a medida que avanza la trama.


La película está estructurada en un gran número de segmentos de corta duración, en muchos casos autoconclusivos. Así, somos testigos de una amplia gama de sucesos en la vida de Benjamin, algunos de ellos simplemente maravillosos, como el momento en que aprende a andar o su corta relación con la esposa de un espía, interpretada por Tilda Swinton (que el año pasado ganó un Oscar por su papel en Michael Clayton). De todos estos segmentos me quedo precisamente con éste, precioso, particularmente poético y visualmente único (en el conjunto de la obra, que estéticamente es única de por sí, insuperable), de resonancias kar-waianas.

La actuación de Pitt es excelente mientras interpreta a un joven con cuerpo de anciano. Es un gran logro tanto técnico como interpretativo el hecho de que, sin entregar más que la expresión del rostro durante buena parte del metraje, el espectador quede totalmente convencido del verismo del personaje (excepto en algún momento concreto en que se evidencia negativamente la computerización, pero qué cojones). Con el paso del tiempo, la relación entre el cuerpo y la mente de Benjamin se equilibra; en este punto, el trabajo del actor deja de resaltar, y se torna incluso frío.

Ahora que menciono la frialdad, recuerdo que esta sensación no es algo exclusivo del Button de mediana edad. De hecho, llega un punto en que las emociones que me transmite la película se atenúan excesivamente. ¿El problema? El personaje de Daisy, el gran amor del protagonista. Mientras es una niña, resulta adorable, y su relación con Benjamin, fascinante. Sin embargo, cuando pasa a ser interpretada por Cate Blanchett se vuelve un ser repelente, difícil de soportar; no hay química entre el espectador y Blanchett, ni entre Pitt y Blanchett, porque lo cierto es que tampoco parece que la haya entre Benjamin y Daisy. Es un amor que se siente forzado, necesario para la trama, pero que no está bien descrito. Aunque por suerte contiene escenas maravillosas.


Hay, además, una descompensación temporal bastante llamativa. Las elipsis narrativas se vuelven cada vez grandes, y del final de la vida de Button nos llegan apenas destellos, en comparación con el inicio. Si bien considero esto una deficiencia en la construcción del guión, debo reconocer que no me parece mal, por al menos dos motivos: que la película ya dura más de dos horas y media y que los primeros años de Button son mucho más interesantes que el resto (oh, Daisy...).

Echando la vista atrás, veo que he puesto a parir la película. No lo merece. Vale que el guión no está equilibrado, y que el personaje de Blanchett es desagradable, pero hay pocos defectos más; durante su primera hora y media, aproximadamente, El curioso caso de Benjamin Button goza de una cuasiperfección que hace que el resto, simplemente notable, tenga un regusto algo amargo. En el apartado visual, la película es magnífica, enorme, y el trabajo de Fincher es, junto con los de Seven y Zodiac, el mejor de su carrera. La fotografía, el vestuario, el maquillaje, son increíbles, y la banda sonora también.

Y, por supuesto, es inmoral no hacer mención al fondo por insuperable que sea la forma. El curioso caso de Benjamin Button es, al fin y al cabo, una historia maravillosa y, en muchos momentos, hermosamente poética sobre la inevitabilidad del paso del tiempo, el valor de la vida, la búsqueda de sentido, la autoaceptación de la diferencia, o lo que cada uno sepa, pueda o quiera ver. De todos modos, no tiene lógica que diga mucho, dada la elocuencia de imágenes como la del reloj roto que se sumerge.


Valoración: 8/10.

lunes, 12 de enero de 2009

Vacaciones en Roma

Dirección: William Wyler.
Guión: Ian McLellan Hunter, John Dighton.
Reparto: Audrey Hepburn, Gregory Peck, Eddie Albert, Hartley Power, Paolo Carlini, Claudio Ermelli, Harcourt Williams, Margaret Rawlings.


William Wyler es uno de esos directores que me suenan muchísimo, pero de los que no he visto nada. Ni siquiera Ben-Hur... coño, empezaba a la una, entre anuncios y polladas lo raro sería que no me hubiera dormido. En fin. Al menos no lo confundo con Wilder (comento, por cierto, y sin venir a nada en absoluto, que cierto amigo mío atribuye siempre, irremisiblemente, las películas de Roman Polanski a Ron Howard, y viceversa. Lo cual no tiene una justificación gramatical ni fonética de ningún tipo, creo yo). Lo de ver Vacaciones en Roma me vino de dos fuentes (inciso para incluir chiste nefasto: dos fuentes, sin contar la de Trevi. Je, je. Ehm... os doy permiso para apuñalarme.): mi padre y mi novia. Ambos me obligaron a descargarla cuando volví de mis propias vacaciones en Roma (mi padre, de hecho, mostró una cierta decepción cuando le dije que no la había visto aún, y me comentó que debería haberlo hecho antes del viaje). Acaté su voluntad, pero con extrema pereza. Tan extrema era, que la descargué a finales de agosto y la vi anoche.

Es un misterio por qué no lo hice antes. Supongo que se me fueron acumulando otras que me apetecía más ver... pero, en fin, el mayor misterio no es ése, sino que, Dios, ¿qué me pasa? La semana pasada escribí una crítica a un drama; hoy, ¡a una película clásica! Lo cierto es que, aunque no sé tanto de cine clásico como de cine actual (del que tampoco soy experto, pero más que en el clásico, sí, claro), me encanta, pero no siento ese imperativo moral injustificado por ver toda película bien valorada/criticada. Debe ser porque hay tantísimas que verlas todas se me hace una tarea imposible y, en cierto modo, me frustro; esto no me pasa con el cine reciente (habré visto unas noventa de las películas estrenadas en España el pasado 2008), al que puedo ir siguiendo el ritmo con una cierta facilidad. De vez en cuando, eso sí, me digno a ver una de esas películas "obligadas"... y, en el 80% de los casos, las disfruto más que las películas recientes. ¡Oh, cruel y absurda tarea autoimpuesta del crítico no remunerado!

La princesa Ana (Audrey Hepburn) hace un tour por las capitales de la Europa occidental para beneficiar las relaciones comerciales de su -indeterminado- país, soportando con encomiable estoicismo las interminables y agotadoras citas. Sin embargo, tras la llegada a Roma no puede resistir más y, drogada por su médico personal, huye, en principio por unas horas. Su estado la hace caer semiinconsciente en un banco; aquí la encuentra Joe Bradley (Gregory Peck), periodista, quien, sin conocer su identidad, se ve obligado a llevarla a su casa para que la duerma. Al día siguiente, por circunstancias, acaba descubriendo que la chica acostada en su cama es en realidad la tal princesa Ana a la que, curiosamente, esa mañana debía haber entrevistado, aunque esto se canceló debido a una súbita indisposición no concretada de Su Alteza. Así, pacta con su jefe una entrevista privada sobre "los secretos más profundos de la princesa", sin revelarle nada y, con la ayuda de su amigo fotógrafo Irving (Eddie Albert), acompaña a la chica, quien dice ser estudiante y llamarse Anya, a visitar la ciudad.

Hay muchísima magia en Vacaciones en Roma, y soy incapaz de hablar como es debido de toda ella, pero sí resaltaré lo principal. Y, por encima todos los elementos que hacen de esta una obra maravillosa, está ella. Audrey. Uno de los seres más hermosos que la humanidad ha regalado al cine, el hada dueña del rostro que mejor ha sabido expresar la belleza de lo angelical. Tan sólo la he visto, hasta ahora en la igualmente extraordinaria Desayuno con diamantes (donde su papel es aún mejor, por la inocencia compleja de su Holly -que, por cierto, significa "Sagrada", adjetivo perfecto), pero me parece muy probable que su encanto, su gracia, sean los mayores de la historia del cine. He dicho. Aunque, eso sí, para mí la mirada de Lauren Bacall siempre estará por delante de cualquier diosa que haya pisado las tierras del celuloide.


La pareja que forman Audrey y Gregory Peck roza, también, lo perfecto. El contraste entre Anya, inocente, pura, y Joe, tremendamente masculino, dotado de una elegancia despreocupada y en cierto modo paradójicamente ruda (como todos sus papeles... o mejor dicho los pocos que le he visto; creo que sólo lo he visto en tres películas, aparte de esta. Quizás lo que aporte aquí sea la picardía), aunque no es algo innovador, es magistral. Pero la voluntad de Vacaciones en Roma no es innovar, sino presentar algo clásico de la forma más perfecta posible, y eso lo consigue... yo, al menos, no había visto nunca una versión mejor de la historia de amor entre la princesa y el plebeyo. Él, que empieza viéndola como un objeto manipulable con el que ganar dinero fácil, cae inevitablemente presa de su hechizo (¿quién podría no hacerlo?); ella, de su mano, descubre lo que siempre había soñado conocer: la realidad.

Así, acompañamos a la pareja en su día en Roma, y visitamos con ellos lugares míticos: la fontana di Trevi (¿os acordais de mi chiste de antes? Je, je.), el Coliseo, el castillo de Sant'Angelo, el río Tíber... todo ello de un modo homenajístico que refleja fielmente el encanto, clásico y moderno, eterno e inigualable, de la capital italiana, sin llegar al nivel de postal turística de otros filmes. Al fin y al cabo, el director no es Woody Allen. Casi paseando por las calles empedradas, somos testigos de algunas de las secuencias más preciosas de la historia del cine, de entre las que destaca especialmente el momento en que Audrey, repleta de una vitalidad y alegría contagiosas, arrasa con mesas de terraza, cuadros de venta callejera y puestos de fruta armada de una moto que a duras penas sabe mantener sobre dos ruedas.


Los toques cómicos se mantienen durante la mayor parte del metraje, dibujando en el espectador una de esas sonrisas de memo tan agradables. Se trata de un humor blanco, muy conseguido y, como he comentado, contagioso, gracias a la gran química y capacidad del dúo Audrey-Peck de transmitirnos las emociones de los personajes (también cabe mencionar la actuación de Eddie Albert, el fotógrafo y el personaje principal más puramente humorístico). En ningún momento llegamos a sentir desprecio o reproche por la forma en cierto modo cruel de actuar del protagonista, puesto que somos conscientes de que no llegará jamás a actuar verdaderamente en su contra (¿quién podría hacerlo?). Si bien, eso sí, todo está teñido de la amargura de lo bello que no puede durar.

Son innumerables las virtudes de Vacaciones en Roma, y difíciles de encontrar sus defectos. Por tanto, y extrañamente -hoy me siento innovador-, me he centrado exclusivamente en lo bueno. Quizás será porque la película no tiene nada de malo, o porque los puntos negativos que pueda (recalco el "pueda") tener quedan tapados por ese halo de belleza, de fantasía, de sueño, que nos envuelve durante todo el visionado y nos atrapa, atados a los protagonistas, en una trama de cuento de hadas, obviamente modernizada en la forma pero atemporal en todo lo demás, a la que es imposible resistirse, y de la que duele salir. La inevitable separación tras ese día mágico nos desgarra el alma como a los propios protagonistas, pero, como ellos, la aceptamos, resignados, felices de, al menos, haber compartido con ellos esas horas de felicidad suprema.


Valoración: 8,5/10.

miércoles, 7 de enero de 2009

Revolutionary Road

Dirección: Sam Mendes
Guión: Justin Haythe
Reparto: Leonardo DiCaprio, Kate Winslet, David Harbour, Kathy Bates, Kathryn Hahn, Michael Shannon, Dylan Baker, Zoe Kazan


Hace quizás demasiado tiempo que no critico una película "seria" (no, El intercambio no cuenta); durante los últimos meses, me he centrado casi exclusivamente en estrenos de entretenimiento comercial... cosas agradables, divertidas, inocentes en cuanto a pretensiones y, por tanto, por lo general bastante intrascendentes. A pesar, eso sí, de que mi postura hacia el cine es bastante contradictoria: considero que su función principal es la del entretenimiento ligero, pero en cierto modo desprecio este tipo de películas y, aun así, las disfruto mucho. Sin embargo, obviamente prefiero ver una buena película dramática a cualquier basura prefabricada para el gran público. Supongo que el hecho de que no pueda tomar una posición clara es debido a que resulta más complicado entretener que dejar una cicatriz; ¿cuántas películas verdaderamente destacables habéis visto en el cine este año? (Desde aquí, ya de paso, hago un llamamiento a las hordas de hermanos cinéfilos indignados para protestar por la concentración de películas "buenas" la semana previa a la ceremonia de los Oscar.) Y, en lo respectivo a criticar o no, claro está, requiere una entrega mucho mayor escribir sobre algo profundo que sobre un puro acompañamiento para palomitas y -sobre todo- Coca-Cola. Todo este párrafo, por si alguien lo había tomado por una de mis absurdeces iniciales recurrentes, es una forma de excusarme por lo más que probable de mi hundimiento al adentrarme en zonas que se me presentan pantanosas.

Probablemente, aún no habría visto Revolutionary Road si un amigo no la hubiera comparado con cierta situación vital actual propia. Esto me llevó a descargar la película -algo bastante extraño en mí, teniendo en cuenta que aún está por estrenar en España. Oh, yo perdiendo la posibilidad de ver algo bueno en el cine... me decepciono tanto. Hubo, sin embargo, otro desencadenante decisivo en la metamorfosis de mi impaciencia en ilegalidad: Sam Mendes. Mendes dirigió una de las cuatro o cinco películas que conforman mi Olimpo de la perfección fílmica: American Beauty, proeza total que pondría el broche de oro a la historia del cine del siglo XX. Su selecta filmografía la completan Camino a la perdición, una maravillosa reinvención del cine de gángsters en tono de tragedia, y Jarhead, que refleja la nihilidad absurda de lo bélico, pero que al enviar un mensaje de vacío deja al espectador paradójicamente indiferente. Al decidirme a ver Revolution Road no esperaba -Dios me libre- otra American Beauty, pero... coño, que es de Mendes. Si no vale la pena una película de Sam Mendes, yo dejo de ver películas. Bueno, algo así pensaba hace un par de semanas cuando fui a ver El intercambio, pero en fin.

Estamos en los años 50. Frank y April Wheeler (Leonardo DiCaprio y Kate Winslet) llevan siete años de matrimonio y dos hijos a sus espaldas. Viven a las afueras de Connecticut, en Revolutionary Road, una calle preciosa, pero para llegar a la cual hay que pasar por Crawford Road, típica, mediocre. Él tiene un aburrido empleo de oficinista en la misma empresa en la que su padre pasó cuarenta años; ella fracasó hace poco en su sueño de ser actriz. A causa de esto tuvieron una fuerte discusión, y ahora su relación se halla muy deteriorada. April no imaginaba su vida así, y menos la de él: siempre pensó que ambos eran especiales, y le quiere. Sabe que Frank podría ser mucho más de lo que es ahora, que podría seguir buscando su verdadera vocación, como antes de que ella quedara embarazada y se casaran. Así, un día, ignorante de que su marido le ha sido infiel unas horas atrás, le propone algo: ir a vivir a París, donde vivirían del dinero ahorrado, del que les proporcionaran las ventas de la casa y el coche y del que ella ganaría trabajando como secretaria. Frank acepta. Sin embargo, poco a poco las presiones exteriores van haciendo mella en él.


DiCaprio y Winslet, la pareja de la muy mítica (y muy truño) Titanic, se reencuentra. Él, que por aquel entonces era un chaval guapo que interpretativamente tenía la fea costumbre de dar vergüenza ajena, se ha ganado un nombre gracias a ese señor tan simpático que es Scorsese, con el que colaboró en Gangs of New York, Infiltrados y El aviador, por la que el niño guapo fue nominado (por segunda vez; antes fue ¿A quién ama Gilbert Grape?, después Diamante de sangre) al Oscar. Aunque, bueno, ahora de guapo le queda poco, con esa cara que funde la juventud y la madurez de forma casi grotesca. Y, por cierto, también está gordito. Por exigencias del guión, será. Ella, Kate, siempre ha sido muy buena (recordemos Criaturas celestiales, Sentido y sensibilidad, el Hamlet de Kenneth Branagh), pero se ha engrandecido y se ha convertido en una de las actrices más respetadas del panorama cinematográfico internacional, avalada por sus impresionantes trabajos en Olvídate de mí o Juegos secretos. Aún no ha ganado ningún Oscar; espero que este año lo consiga, efímero atisbo de justicia hollywoodiense.

Con sus interpretaciones, ambos convierten a dos personajes ya magníficamente construidos en el guión en dos seres humanos, algo que un número muy limitado de actores consigue verdaderamente. Más Winslet que DiCaprio, claro, pero teniendo en cuenta criterios de capacidad, él sale vencedor del duelo, uno de los mejores en años, me atrevería a decir (ea, ya exagerando). Él nos muestra a un ser debilitado, cuya mente estuvo viva tiempo atrás pero ahora se pudre sin remedio, a un soñador destruido, intoxicado por la influencia nociva del entorno, de una sociedad reprimida y represora. Ahora, no es capaz siquiera de hacer real el sueño del ¿y si?, tan cercano a la realidad que tal vez ni siquiera pueda creérselo. Ella, truncadas sus esperanzas propias, no tiene más destino que el de su enamorado (al fin y al cabo, los hilos de sus destinos probablemente siempre estuvieron unidos), e intenta recordarle lo que podría ser, si quisiera. Pero, ¿qué puede hacer ella contra todo el resto?

Y, entre ellos, dos jueces (la sociedad es algo sobreentendido, un elemento corruptor del que un acto de voluntad lo suficientemente fuerte debería hacer posible liberarse): el espectador, que asiste a este espectáculo de reconstrucción y redestrucción de automoral, y el verdadero, el que actúa, un loco llamado John (impresionante Michael Shannon). John es la única mente libre de prejuicios, cosa que le costó, por desgracia, la libertad de intelecto (olvidó durante su internamiento en el manicomio todo lo que sabía de matemáticas, su vida, tras cuarenta y tantos electroshocks), el único que puede ver a Frank y April desde una perspectiva diferente. Es la irracionalidad sin cadenas, que se opone a la racionalidad adquirida del pobre Frank y a la fantasía blanca de April, que lamentablemente es pisoteada por la sumisión, inesquivable garrote de la feminidad en su contexto social. John aparece dos veces en la vida de los protagonistas: primero, como estandarte de la comprensión en un mundo en que el hecho de que alguien aceptara el sueño como realidad no parecía posible en absoluto; después, como iluminador, como revelador de la verdad profunda, conocida pero esquivada. Como desencadenante de lo inevitable.


Y, de hecho, toda Revolutionary Road se basa en lo inevitable, y es por esto, por la previsibilidad que lo ineludible comporta, que se ve algo lastrada. No en exceso, puesto que el tono de tragedia (griega) que toma desde el mismo inicio justifica, o absuelve, esta incapacidad para sorprender al espectador; sin embargo, me molesta porque se confirma como recurso narrativo ínclito de Mendes. Tanto en American Beauty como en Camino a la perdición (en Jarhead no hay una verdadera trama) desde el principio se dejaba bien claro, mediante el recurso de la voz en off como narrador, cuál era el final. El cómo, se suponía (en Camino a la perdición más, como podría insinuar el propio título), aunque no era totalmente obvio. En Revolutionary Road no está tan claro el qué (atención, por cierto, y lo digo aquí porque no sé dónde hacerlo, a la última escena, la de las reacciones exteriores; decir que es magistral me parece quedarme corto) como el cómo, pero ciertos elementos dan en todo momento demasiadas pistas de lo que va a suceder. Lo cual, repito, no desentona con el tono que baña al filme.

El trabajo de Mendes en la dirección es desacostumbradamente sobrio, minimalista (al menos, para ser esta una película americana). Por desgracia, no hay nada que iguale la falsa perfección de cada imagen de American Beauty, ni las noches desteñidas por lluvias torrenciales tan características de Camino a la perdición, ni las arenas infinitas, moteadas aquí y allá por petróleo y cadáveres incinerados, de Jarhead. La estética retro está muy conseguida, pero en este sentido no llama la atención más de lo habitual en cualquier película ambientada en la época. Tampoco los planos se corresponden con la maestría de las dos primeras películas de Mendes.

Parece que a Mendes le gustan los caminos vitales; si primero fue el camino a la perdición (Road to Perdition, juego de palabras más bien torpe con el nombre de un pueblo), ahora sigue el camino revolucionario, el de los que no se encuentran totalmente acabados. Pero hay demasiadas piedras en el camino revolucionario para que quien lleva demasiado tiempo absorbido por el rebaño consiga no tropezar y, al fin y al cabo, este camino también acaba llevando a la perdición.


Valoración: 8/10.