miércoles 7 de diciembre de 2011

Un método peligroso

Título original: A Dangerous Method.
Dirección: David Cronenberg.
Guión: David Cronenberg (basado en la novela de Christopher Hampton).
Reparto: Michael Fassbender, Keira Knightley, Viggo Mortensen, Sarah Gadon, Vincent Cassel.


Se tiende a simplificar cualquier cosa cuando se presenta a los no conocedores; sin embargo, me da la impresión de que en el caso de la teoría psicoanalítica esta simplificación es particularmente pronunciada. Además, existe una identificación generalizada del punto de vista de Freud, y por extensión del Psicoanálisis, con el de la Psicología en general, cuando en realidad existe una especie de rechazo despectivo oficial dentro de la profesión. En resumen, pues, hay tanto una visión superficial burlona como una falta de comprensión con respecto al Psicoanálisis. Desgraciadamente, Un método peligroso no sólo se enfoca hacia estos sesgos, sino que también sucumbe a ellos.

La trama se centra en Carl Jung (interpretado por Michael Fassbender), por aquel entonces un médico de prestigio incipiente, que decide utilizar la cura del habla propuesta por Sigmund Freud (Viggo Mortensen) para tratar a Sabina Spielrein (Keira Knightley), una estudiante de medicina diagnosticada de histeria. Sin embargo, a medida que el tratamiento se desarrolla y la paciente mejora, Jung es cada vez más consciente de las limitaciones de la teoría freudiana y de sus propios deseos y debilidades.

He leído algunas críticas que hablan de la película como un "viaje al fondo de los orígenes de la pasión" y la sexualidad; yo no lo veo así. Es cierto que se trata el tema, pero no deja de ser un aspecto más bien secundario al mensaje crítico que realmente sustenta la película y que podríamos resumir en aquello de "ver la paja en el ojo ajeno". Que sí, que el enfoque excesivamente sexual de Freud probablemente venga de una obsesión propia, que vale, que ya sabemos que el puro a veces es un pezón y a veces una polla y a veces solamente un puro, y el chiste está gastadísimo. Y la insistencia de Un método peligroso en esta paradoja ni es novedosa ni especialmente acertada.


Siguiendo con el asunto de la paradoja, y de un modo algo más interesante, está también el hecho de que Jung cuestionara el énfasis de Freud en la sexualidad como motivación casi exclusiva, pero su biografía parezca apoyar las ideas del maestro. Esto en general está bien llevado en la película, pero peca de ese simplismo al que hacía referencia al principio: no se tienen en cuenta la mayoría de circunstancias de la vida de Jung, sino que se utiliza sólo aquel segmento de la realidad (o puede que ni siquiera eso, porque su relación con Sabina S. no pasa de rumor) que resulta útil para explicar lo que se quiere explicar. Y eso -jódete, Cronenberg- es caer irremediablemente en lo mismo que se quiere criticar del Psicoanálisis en Un método peligroso.

Otro aspecto crítico y paradójico, está vez quizá más amplio, no aplicable sólo al Psicoanálisis sino, si se quiere ver así, a toda la Psicología, es el bucle del médico convertido en enfermo y el enfermo convertido en médico. La propia Sabina Spielrein se presenta, a medida que avanza la trama, como una figura más lúcida que Jung y Freud, un personaje al que las propias dificultades llevan al conocimiento, a la formulación de teorías, y no al revés. En su momento esto me indignó mucho y me pareció una tergiversación clara de los acontecimientos, pero en frío lo encuentro ingenioso si paso a tomarme menos en serio la película.

Creo que esa es una de las claves y, tal vez, virtudes de Un método peligroso, que no se toma demasiado en serio a ella misma, a pesar de la seriedad del tema que trata. En realidad es frívola, manipuladora y cínica dentro de su apariencia sobria y elegante, de lo cual son pistas los toques de humor (básicamente referencias a vida y obra) acertado y ligeramente oscuro, pero en general difícil de captar si no se conoce mínimamente a Freud y Jung y su antagonismo; en cualquier caso, como he venido diciendo, hay demasiadas barreras para que quien esté familiarizado llegue a disfrutar, y dudo del atractivo de la película para quien no lo esté (entre otras cosas, es una película lenta y densa). Además, me indigna que se dé esta visión tan sesgada y reduccionista a los neófitos -aunque nunca está de más bajar a Freud del pedestal un rato.


Esa misma falta de seriedad contribuye en buena parte a la infantilidad que destilan los diálogos, a la dificultad para creerse unos personajes que son claramente caricaturas fuera de contexto, cosa que podría funcionar si no tuviéramos en mente a sus referentes reales, pero como sí lo hacemos hay un choque molesto entre la visión previa y la que nos quiere trasmitir Cronenberg. Es esa interacción entre lo conocido y lo nuevo lo que hace que no me acaben de convencer las actuaciones de Fassbender y Mortensen, limitadas por un guión que chirría, pero sí la de Keira Knightley, puesto que no sólo tiene un papel más variado y difícil, sino que también cuenta con la ventaja de la relativa falta de fama de su personaje. Aun así, y a pesar de que fuera cierta, la evolución de su personaje no resulta creíble en el contexto de la película, y eso es un signo indudable de que algo falla.

En resumen, opino que Un método peligroso apunta a demasiados blancos a la vez, Freud, Jung, el Psicoanálisis, la Psicología en general, y obviamente no acierta a todos; consciente de la dificultad de la meta, opta por enmascarar un poco su seriedad para ver si cuela como broma, pero esto es bastante difícil de aceptar teniendo en cuenta que se basa en personajes reales (por lo que me recuerda en cierta medida a la justificadamente desconocida El día que Nietzsche lloró, aunque ésa tiene la desventaja de ser una mierda en general). Situándola dentro de la filmografía de Cronenberg, resulta interesante por su contención, elegancia y temática, pero también tan irregular y mal resuelta como la mayor parte de su obra. Y no nos engañemos, si tuviera la capacidad de hacer una película que funcionara del todo a estas alturas ya la habría hecho.


martes 20 de septiembre de 2011

El árbol de la vida

Título original: The Tree of Life
Dirección: Terrence Malick
Guión: Terrence Malick
Reparto: Brad Pitt, Hunter McCracken, Jessica Chastain, Sean Penn, Laramie Eppler


Llevaba mucho tiempo sin escribir críticas. Dejando de lado la vagancia, que es sin duda el motivo principal de mi inactividad, creo que también tiene una importancia fundamental el hecho de que las películas que he visto en el cine en los últimos meses no me han motivado lo suficiente. Sé que suena a tópico, y suena a tópico porque lo es, pero no puedo evitar decir que las películas recientes raramente arriesgan, que no innovan o aportan lo suficiente como para merecer un comentario detenido. En ese sentido, El árbol de la vida, la nueva película de Terrence Malick, es una obra que, en cierto modo, agradezco profundamente, porque es quizá (exceptuando alguna joya como Exit through the gift shop) lo más original y experimental que se ha hecho en el cine de la última década. Pero soy de esos -pocos, intuyo por las críticas que he leído de la película- que creen que "original" no tiene por qué equivaler a "bueno", y en este caso en particular no es así. Vamos allá.

El árbol de la vida, simplificando, cuenta cómo Jack O'Brien (interpretado muy escuetamente por un Sean Penn cuyo papel consiste básicamente en pasear y aportar una voz en off) recuerda a su hermano, cuya muerte, acontecida muchos años atrás, todavía lo atormenta, para poder reconciliarse con su pasado y, por extensión, con él mismo. Con este fin se explica la relación del Jack adolescente con su padre (Brad Pitt, más que correcto, como mínimo), un hombre severo y aparentemente cruel, y su madre (Jessica Chastain), dulce pero débil, y la independización de Jack como individuo a partir de la rebelión contra el padre, símbolo de la autoridad arbitraria.

Hasta ahí bien. Para entender los problemas del filme está bien, creo, recordar un poco las películas más recientes de Malick, La delgada línea roja y El nuevo mundo, que formalmente difieren bastante de sus películas primerizas, por allá en los setenta, a pesar de que tienen en común el tono y el mensaje. Después de un hiato de veinte años en su filmografía, las pretensiones de Malick como guionista y cineasta se vieron favorecidas por la posibilidad de contar con medios económicos y técnicos para hacer películas que abarcaban más y que destacaban tanto por su mensaje pacifista -y, por qué no decirlo, hippie- como por su belleza estética.


Ambas películas daban un peso importantísimo a una voz en off poética que ponía de relieve los sentimientos y motivaciones de los personajes y que, en general, funcionaba muy bien, por ejemplo como contraste entre lo que pensaban los protagonistas y lo que realmente llevaban a cabo. La lentitud narrativa era algo que quedaba compensado por la belleza de la película en general; nunca criticaré a un director simplemente por hacer películas lentas si no me importa que tarde en contar algo en lo que vale la pena tomarse tiempo, o me tendría que meter con Haneke o hasta con Tarkovsky y Bergman.

En El árbol de la vida Malick se deshace completamente del sentido de la moderación y, de paso, se carga completamente el ritmo. Es decir: abarrota el metraje, primero, de voces en off que en no pocos momentos se sienten exageradas y hasta llegan a provocar vergüenza ajena, y segundo, de imágenes espectaculares alargadas hasta el coñazo -y creo que, de todas las que he usado hasta ahora para describirla, "coñazo" es la palabra que mejor resume la película. La máxima expresión de esto último son los diez o veinte o cincuenta minutos, yo qué sé, en que Malick compara e iguala la importancia de una sola vida, la del hermano muerto, con la de la vida en general -lo cual, por cierto, viene a ser el mensaje básico de la película: toda la vida es una sola-, representada por el nacimiento y evolución de la Tierra, incluyendo un par de imágenes supuestamente trascendentes de dinosaurios y una banda sonora operística que parece querer decir al espectador algo así como "Ah, por si no te habías fijado, estas imágenes son espectaculares". Y lo son, pero es todo tan excesivo y pretencioso que es imposible tomárselo en serio en su contexto.


Y toda la película está imbuida de esa grandilocuencia pedante, manifestándose después, una vez la ¿trama? se sumerge en la parte más narrativa, la de la relación del protagonista con su padre, en forma de imágenes metafóricas que agobian por su abundancia, aunque individualmente no tienen por qué no funcionar; destaco, por ejemplo, la repetición del plano de niños jugando enfocado de forma que las sombras parecen más grandes que los cuerpos, imagen que abarca una cantidad enorme de simbología: la vida infantil como algo todavía por desarrollar, la vida propia como un elemento mucho menos importante que su repercusión en otras vidas, que todo lo que ha afectado a esa vida desde el inicio de los tiempos pero no forma parte de ella... A destacar también, y en el sentido opuesto, la cagada monumental del final, una mezcla entre iluminación mesiánica, anuncio de Cacharel y el último capítulo de Lost.

No niego el valor de El árbol de la vida como experimento, como completa liberación de un cineasta que ya se había ganado el respeto de la crítica y, en menor medida, de los espectadores, pero sí me atrevo a decir no que le falta, sino que le sobra demasiado como para poder ser buen cine. Me importa una mierda el cuidado que haya puesto Malick en cada imagen y en cada metáfora si el conjunto no se aguanta por ningún lado, si el mensaje es tan básico y a la vez tan difuso que se derrama entre los huecos del guión, se pierde de vista entre tantas idas y venidas de la cámara, se olvida con cada corte del ritmo narrativo.

Hay mucho más que decir sobre esta película, pero creo que realmente no hace falta que escriba más para que se entienda qué valoro y qué no de El árbol de la vida. Desde luego que se me han pasado cosas durante el visionado, pero me cuesta muchísimo creer que hayan sido tantas como para justificar la diferencia entre mi crítica y las lamidas de glande que he leído por ahí. En cualquier caso, está claro que hay muchas películas y muchos puntos de vista, por lo que yo no me fiaría de una sola opinión, ni de cuarenta, y, más en este caso que en el de casi cualquier otra película, la vería para poder formar una propia. Eso sí, aconsejo que mejor cuando salga un ripeo decente; quien se atreva a pagar seis euros que no venga a reclamármelos a mí.


martes 15 de febrero de 2011

Valor de ley


Título original: True Grit.
Dirección: Joel Coen, Ethan Coen.
Guión: Joel Coen, Ethan Coen (novela de Charles Portis).
Reparto: Hailee Steinfeld, Jeff Bridges, Matt Damon, Josh Brolin, Barry Pepper.

Es difícil pensar en directores actuales que hayan aportado tanto al cine como ese ente bicéfalo compuesto por los hermanos Coen. O tal vez "aportar" no sea la palabra apropiada; más bien han dado un giro al tono de muchos géneros olvidados o estancados. Muerte entre las flores, por ejemplo, se cargó el cine de gángsters, concebido desde sus inicios con una seriedad que parecía inamovible; lo que le hizo El Gran Lebowski al cine negro casi parece más una falta de respeto genial que un homenaje. Así pues, al saber que iban a hacer un western (No es país para viejos y su ópera prima, Sangre fácil, no tienen mucho más de western que la ambientación) esperaba, supongo que como la mayoría de sus fans, presenciar una vuelta de tuerca al género, algo así como una Sin Perdón cabrona. Nada más lejos.

El padre de Mattie Ross (Hailee Steinfeld) es asesinado por Tom Chaney (Josh Brolin; No es país para viejos, W.), un criminal recurrente que huye con el caballo de su víctima. Ante la pasividad de las fuerzas del orden, Mattie decide tomarse la justicia por su mano y contrata a Rooster Cogburn (Jeff Bridges; El Gran Lebowski, Corazón rebelde), un alguacil borracho y de gatillo fácil, para que la ayude a detener a Chaney. A la partida se une LaBeouf (Matt Damon; Infiltrados, El caso Bourne), un ranger de Texas que lleva meses persiguiendo al asesino.


Valor de ley empieza bien, de un modo muy coeniano. Durante el primer cuarto de hora, antes del inicio de la persecución, tiene lugar la mayor parte de los pocos toques de humor entre negro y absurdo, tan característicos de los hermanos, de todo el metraje. Sin embargo, la película tarda poco en convertirse en un western relativamente típico, perfectamente ambientado y fotografiado, de ritmo lento y con una dirección menos llamativa de lo que se presupone a una obra de los Coen.

El problema fundamental es el guión, que no es malo sino más bien poco destacable; no hay que olvidar que esta Valor de ley es tanto la adaptación de una novela como un remake y, por lo que he leído (no he visto la original), se aleja muy poco de sus fuentes. En su crítica, Peter Travers, de la Rolling Stone, afirma que "Los Coen absorben en su ADN al injustamente olvidado Portis", pero no es así. Si bien en la premiadísima No es país para viejos convirtieron los diálogos secos de Cormac McCarthy en palabras irónicas y mordaces que sonaban muy propias, su versión de Valor de ley es poco personal, a pesar de las ocasionales imágenes sangrientas y demás marcas de la casa.



Al ver Valor de ley, no pocas escenas hacen pensar en esa, digamos, ingenuidad verbal del cine de la primera mitad del siglo XX, que en su contexto original no molesta pero en una película de los Coen chirría y hasta decepciona. Incluso la ruptura de arquetipos que representan la mayoría de los personajes (el héroe dudoso, el malo patético, el bandido honorable) se siente desfasada e innecesaria, quedando más cerca de la reciente Appaloosa que, por ejemplo, de El hombre que mató a Liberty Valance.

Además de en el hecho -que no hay que olvidar- de que no pretende ser mucho más que un divertimento tanto para sus creadores como para el espectador, el pilar en que se sustenta Valor de ley es su pareja protagonista. Ver a Jeff Bridges parodiando a John Wayne es tan entretenido como suena, y la niña, Hailee Steinfeld, ofrece una interpretación sólida y sobria, aunque probablemente lastrada por un mal doblaje; tengo ganas de volver a ver la película en versión original. Por otra parte, el sobreutilizadísimo Matt Damon sigue, como casi siempre, haciendo que me pregunte qué cojones ven en él tantos grandes directores, y los pequeños papeles de Josh Brolin y Barry Pepper (Los tres entierros de Melquiades Estrada, La milla verde) son curiosos -ver a Brolin con los dientes negros, el entrecejo más peludo que la barba y la espalda medio doblada no tiene precio- pero no están ni de lejos a la altura de la mayoría de secundarios de la filmografía de los Coen.


Y es que ésa es la mayor desventaja de Valor de ley, que resulta imposible no compararla con el resto de películas de sus creadores. Sin ser una mala película, Valor de ley sólo supera a dos o tres de éstas: Arizona Baby, Crueldad intolerable y, tal vez, LadyKillers o El gran salto. Sin ir más lejos, la penúltima película de los Coen, Un tipo serio, está muchísimo más conseguida que Valor de ley, a pesar de haber sido ignorada por el público y la crítica. De todos modos, irónicamente, parece probable que el hecho de ser de los Coen sea lo que ha favorecido su buena recepción; intuyo que, de haber sido dirigida por cualquier otro, Valor de ley habría pasado sin pena ni gloria.

Resumiendo, Valor de ley decepciona como película de los Coen al carecer del humor negro y la originalidad de que los hermanos han dotado durante su carrera a diálogos propios y ajenos, dando la impresión de estar muy poco trabajada a nivel de guión, que siempre ha sido el punto fuerte de los hermanos. Aun así, es un western bien realizado e interpretado y con un aire clásico innegable, lo cual se echa algo en falta en el panorama cinematográfico reciente.


lunes 31 de enero de 2011

I'm Still Here: The Lost Year of Joaquin Phoenix


Hace poco más de un año, tras el rodaje de Two Lovers, Joaquin Phoenix (Gladiator, El bosque) anunció que se retiraba del mundo de la interpretación para dedicarse al hip-hop. A esta sorpresa siguió la asunción generalizada de que Phoenix había perdido la cabeza. Opinión que, por otra parte, parecía reforzarse más con cada una de sus posteriores apariciones públicas: había engordado, descuidado su higiene personal y siempre parecía drogado. El punto álgido de esta decadencia quizá fuera su aparición en el show de David Letterman, donde ni siquiera parecía capaz de recordar el nombre de su compañera de reparto en Two Lovers, Gwyneth Paltrow. Asimismo, la entrevista de Letterman representa perfectamente el punto de vista del gran público hacia Phoenix durante el año 2010: mientras el presentador lo acribillaba a burlas a las que el ex-actor se mostraba incapaz de contestar, el público se reía a carcajadas.

Joaquin Phoenix casi siempre me ha parecido un actor soso y monótono (exceptuando, claro, su genial personificación de Johnny Cash en I Walk The Line, que le valió merecidamente una nominación al Oscar). Por tanto, que se retirara del mundo del cine me resultó indiferente; sin embargo, recuerdo haber sonreído despectivamente y sacudido la cabeza cuando me lo contaron, para olvidarme del asunto casi inmediatamente. De la misma manera, la crueldad de los medios y el público hacia esto en que se había convertido me pareció, si no comprensible, al menos sí acorde con lo que cabría esperar de ellos. Y, con I'm Still Here, Phoenix y el director, su cuñado Casey Affleck (infravalorado protagonista de El asesinato de Jesse James... y Adiós Pequeña Adiós), demuestran que también ellos sabían perfectamente cuáles serían las reacciones a la mutación decadente de una estrella de este calibre.

Y es que, si bien cuando se estrenó en los Estados Unidos, en noviembre del año pasado, Phoenix y Affleck seguían fingiendo, poco después confirmaron que tanto el documental como la imagen pública de Phoenix durante el pasado año fueron un montaje. Joaquin pasó un año interpretando a esa versión alternativa y degenerada de él mismo -sin duda, el mejor papel de su carrera. Si bien no todo el mundo cayó en la trampa, tampoco fueron muchos los que se dieron cuenta, o intuyeron, de qué se trataba; obviamente, algo así parece demasiado retorcido como para comprenderlo sin saber cuál es su objetivo. Y, por lo que veo en las críticas y reacciones ahora que la verdad se ha destapado, la broma (si entendemos por "broma" lo mismo que el incomparable ¿humorista? Andy Kaufman) no ha sentado del todo bien.


I'm Still Here es, a partes iguales, un tour de force de Phoenix, un reportaje sobre las reacciones del mundo ante su transformación y una especie de burla. El documental, mitad real y mitad falso, no sólo se centra en resumir cómo actuó el mundo ante la transformación de Joaquin Phoenix en el rapero JP, sino que juega con el espectador mediante una pseudotrama en que participan algunos "actores" (aunque es muy difícil decidir hasta qué punto sus papeles se basan en su personalidad real) que intepretan, por ejemplo, a trabajadores y amigos del protagonista. Para reforzar la sensación que intenta provocar en el espectador, el director introduce, de manera grotesca y, en realidad, innecesaria e incluso molesta, vómitos, mierda y genitales masculinos. Estos dos elementos (la trama falsa y la búsqueda de la repulsión), son los mayores defectos de la película, que a pesar de ellos funciona perfectamente.

No conviene pensar en I'm Still Here como en una película, sino más bien como en la crónica de un experimento sociológico. Las interacciones de JP con otras estrellas son impagables y provocan carcajadas tan difíciles de contener como de definir, aunque nuevamente es complicado trazar la línea entre lo provocado y lo natural. Por ejemplo, si bien los encuentros con Ben Stiller y con varios raperos famosos resultan genialmente incómodos, el metafórico discurso de Edward James Olmos sobre las gotas de agua que tienen que caer por la ladera de la montaña para poder evaporarse y volver a la cima en forma de lluvia es excesivamente obvio, a pesar de que funciona como, digamos, pista para entender de qué va el juego de Affleck y Phoenix.


Sin embargo, lo que da verdadero valor a la película es cómo capta la opinión pública, representada básicamente por extractos de los medios de comunicación, aunque también se utilizan otros recursos, como un vídeo de Youtube. Las reacciones oscilan entre la indiferencia despectiva y la crueldad morbosa, el placer que provoca ver cómo alguien con una vida perfecta cae en picado. Esas caras sonrientes que dirigen la mirada a las pantallas de sus teléfonos móviles mientras graban la pelea de Phoenix con un miembro del público que lo ha insultado durante un concierto son quizá la mejor manera de entender qué era lo que los creadores del documental pretendían reflejar y, a la vez, la mejor muestra de que han logrado su objetivo.

El visionado de I'm Still Here me ha provocado una especie de mezcla entre dolor y orgullo. Esta genialidad es un reflejo más de la vanidad del star system hollywoodiense y de cómo tanto este mismo como quienes lo siguen y alaban dan la espalda a sus ángeles caídos, pero el hecho de que la caída de Joaquin Phoenix no sólo esté perfectamente documentada, sino que también sea fingida la dota de un interés y, por qué no decirlo, de un morbo innegables. Igualmente interesante resultará, a estas alturas, comprobar las reacciones de crítica, público y colegas de profesión a la revelación de que todo ha sido un montaje: ¿quién seguirá dando la espalda a Phoenix, quién se sentirá estafado, quién -como yo, supongo- pasará de despreciarlo a considerarlo un genio?


viernes 31 de diciembre de 2010

Balada triste de trompeta


Dirección: Álex de la Iglesia.
Guión: Álex de la Iglesia.
Reparto: Carlos Areces, Carolina Bang, Antonio de la Torre, Manuel Tallafé, Alejandro Tejería, Manuel Segura, Enrique Villén, Gracia Olayo, Sancho Gracia, Santiago Segura.

Álex de la Iglesia es uno de los directores españoles más famosos de la actualidad. Y, a diferencia del resto, que son ocasionalmente sobrevalorados, como Amenábar y Coixet, o lo son siempre, como Almodóvar, sus películas suelen dar lo que prometen. Esto es así porque al cine de Álex de la Iglesia no se le presupone calidad, sino otra cosa: personalidad. Que obras como El día de la bestia o Crimen ferpecto son un desfase casi constante no hace falta ni decirlo, pero es una parte esencial del valor, cuestionable o no, de la filmografía de De la Iglesia. Por eso mismo decepcionó Los crímenes de Oxford, que en su intento de ignorar los tics de la mano del autor quedó estéril. Sin embargo, ese esperpento tan típicamente español y del que De la Iglesia es el mayor representante sólo funciona si lo grotesco no sobrepasa ciertas barreras de exceso o de coherencia narrativa. Y he ahí por qué Balada triste de trompeta, su última película, no es buena.

Javier (Carlos Areces) tuvo una infancia difícil. Su madre murió cuando era muy pequeño, y su padre, un payaso que luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil, murió en la cárcel pocos años después, no sin haber recomendado a su hijo que utilizara la venganza para curar su dolor. En los años 70, Javier se une a un circo para ponerse, por primera vez, en la piel del payaso triste. El payaso tonto, Sergio (Antonio de la Torre), es la estrella del espectáculo y quien verdaderamente lleva las riendas del circo; durante el día hace reír a los niños, a los que adora, pero durante la noche, cuando bebe, pega a su novia, la trapecista Natalia (Carolina Bang), con quien mantiene una relación difícil, y de quien Javier se enamora. El inicio de este trío amoroso desencadena una sucesión de actos violentos incitados por los celos y la indecisión de la mujer.


Balada triste de trompeta tiene un comienzo brutal. Tanto la estética como el montaje de las primeras dos o tres escenas y los créditos iniciales (que intercalan con muchísimo acierto fotografías en blanco y negro de artistas de circo, figuras públicas y escenas corrientes del siglo XX, con música flamenca/militar de fondo) son tremendamente efectistas y bien logradas. Sin embargo, estos logros se disipan cuando empieza el nudo. Los chistes dejan de funcionar enseguida, básicamente porque el guión se centra mucho más en la acción que en el diálogo, algo que, en uno u otro punto, pasa en todas las películas de Álex de la Iglesia, pero aquí es en un momento demasiado cercano al inicio. Esa sensación de clímax constante que, en mayor o menor medida, se alcanzaba en El día de la bestia, La comunidad y Crimen ferpecto (y que ni siquiera en estas era particularmente destacable) se traduce aquí en una sucesión de escenas impactantes sin verdadera cohesión, que no parecen ir mucho más allá de un intento de descolocar al espectador tanto como sea posible. Muchos de los chistes violentos tampoco tienen gracia, como la "subtrama" del motorista. Por otra parte, destaco la escena en que una familia entra en un bar a pedir un desayuno como ejemplo de que la genialidad de los diálogos de De la Iglesia sigue despertando ocasionalmente.

Tristemente, el acertado reparto tampoco consigue mejorar mucho la película. El mejor es Antonio de la Torre, que da verdadero miedo, aunque su personaje se deshincha junto al resto de la película. Carlos Areces es la elección perfecta para el papel protagonista, y mucho de lo que se dice en Balada triste de trompeta sobre los payasos tristes es totalmente aplicable a él, pero no creo que llame la atención a aquellos que no lo conocen por La Hora Chanante y derivados. Carolina Bang es una mujer-florero y dudo que alguien se atreva a decir lo contrario, pero De la Iglesia tampoco le pide mucho más. Enrique Villén, Luis Varela y compañía, que siempre han sido pequeñas joyas en las obras del director, aquí no tienen, en general, diálogos con la chispa de los de películas anteriores, y el único cameo que no está desaprovechado es el de Santiago Segura, que debería dejarse de Torrentes y gilipolleces varias y dedicarse a actuar en serio.


En realidad, Balada triste de trompeta es una metáfora sobre la Guerra Civil, sobre el origen de los rencores y el hecho de que, sin importar los motivos de cada bando, ambos acabaran convirtiéndose en lo mismo. Si bien esto da un valor añadido a la película y haciendo una relectura en este sentido algunos elementos adquieren sentido (como la aparentemente absurda reaparición del personaje de Sancho Gracia), no es suficiente para que Balada triste de trompeta llegue a otro nivel, puesto que la falta de, digamos, elegancia en la simbología es casi constante y distrae muchísimo, a excepción de algún momento concreto, en particular el plano final.

Hace años, en el instituto, hice un trabajo sobre el cine de Álex de la Iglesia donde, entre otras cosas, hablaba de los paralelismos entre sus obras. Lo cierto es que me lo puso fácil, porque el número de elementos que se repiten en su filmografía es enorme, y esto siempre me ha hecho pensar en una relativa falta de creatividad. En Balada triste de trompeta, por ejemplo, reaparecen por enésima vez las escenas de vértigo, especialmente en la última escena, que tiene lugar en un sitio alto. Estos elementos utilizados como armazón dan una especie de consistencia interna al cine de De la Iglesia y, no sé si porque son parte de esa "personalidad" de la que hablaba, no molestan demasiado, sino que más bien ayudan al espectador a encontrar puntos de apoyo.


En la película hay también muchas referencias culturales a la España de la época en que se ambienta; el mismo título está extraído de una canción de Raphael que suena durante el metraje. También están por ahí Franco, Carrero Blanco y ETA; la intención del director, supongo, es algo así como hacer ver al espectador que las abominaciones que crea no destacan especialmente entre todo lo que ha pasado en nuestro país. Sin embargo, imagino que la sensación experimentada automáticamente por la mayoría de los espectadores será, nuevamente, de incomprensión o de innecesariedad.

Si Los crímenes de Oxford fue un intento por parte de Álex de la Iglesia de reprimir los elementos que hacen inconfundible su manera de hacer cine, Balada triste de trompeta parece todo lo contrario; sin embargo, deja demasiado de lado el guión en favor de la violencia, y su falta de cohesión es más notable todavía que en el resto de la filmografía del director, que pocas veces se ha caracterizado por tener un buen ritmo narrativo. Aun así, tiene un cierto valor, aunque probablemente menor de lo que a De la Iglesia le habría gustado, como reflexión sobre la Guerra Civil y la España del siglo pasado en general, y es, en ese sentido, el reflejo más desesperanzador de nuestro país de todos los que nos ha mostrado el cineasta.