sábado, 28 de abril de 2012

Los Vengadores

Título original: The Avengers.
Dirección: Joss Whedon.
Guión: Joss Whedon, Zak Penn.
Reparto: Robert Downey Jr., Chris Evans, Mark Ruffalo, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson, Samuel L. Jackson, Tom Hiddleston, Jeremy Renner, Clark Gregg, Stellan Skarsgard, Cobie Smulders, Gwyneth Paltrow.


A pesar de lo mucho que disfruto de las películas de superhéroes, en general me parecen malas. Me divierten más que casi cualquier otro tipo de película, pero considero que la mayoría son follones desestructurados sin ambiciones de seriedad que mezclan sin mucho acierto explosiones, tramas amorosas estereotipadas y mal llevadas y fantasmadas de índole poco diversa. De todas formas, lo cierto es que tampoco se les pide mucho más; son uno de los ejemplos más puros del cine cumpliendo su función primigenia de entretenimiento ingenuo. Sin embargo, después de las Batman de Christopher Nolan y de varias películas no relacionadas que trascienden sus géneros y crean algo nuevo sin perder su espíritu (se me ocurren las últimas películas de Pixar, que sin dejar de ser para críos consiguen atraer al público adulto gracias a no mucho más que guiones trabajados), a la parte de mí que se cree un crítico o un pseudoexperto le saben a poco los tíos tirando rayos láser por los ojos sin más. A pesar de ello, y partiendo de mi casi absoluto desconocimiento de los cómics, y en particular de los de la Marvel (Spiderman, Los 4 fantásticos, X-Men, Daredevil…), Los Vengadores me pareció una pasada.

El hecho de que el semidiós/alien Loki (Tom Hiddleston, que interpretó al mismo villano en la reciente Thor) quiera, obviamente, dominar el mundo de una forma que ya no recuerdo a pesar de haber visto la película ayer importa poco o nada. En este tipo de películas la trama es una excusa, poco más que un armazón, y Los Vengadores es perfectamente consciente de ello y de que lo importante es quién compone el grupo de héroes  reunido para combatir al malo de turno, y centra sus esfuerzos en eso más que en intentar dotar a la película de ínfulas de trascendencia –lo cual, en último término, es lo que la hace grande. En fin, volvamos a los protagonistas. Tenemos, claro, al propio Thor (Chris Hemsworth), que se propone detener a su hermano y némesis. También están el Capitán América (Chris Evans), venido del pasado de modo ilógico, y un Bruce Banner/Hulk (Mark Ruffalo, tercer actor que lo interpreta en diez años y que, a pesar de mis reparos, lo encarna mucho mejor que Eric Bana y Edward Norton) en plena autoterapia de control de la agresividad. Y, por supuesto, Tony Stark/Iron Man (Robert Downey Jr.), estrella mediática, multimillonario, paradójico narcisista filántropo y rey del sarcasmo.


Completa el reparto una serie de actores de lujo. En primer lugar, por supuesto, está Scarlett Johansson haciendo de espía rusa; intuyo que su Natasha Romanoff inspirará no pocas suciedades en no pocos frikis. Que por cierto, qué haces reduciéndote el pecho, Scarlett, joder. Anyway. El omnipresente Samuel L. Jackson da vida (como en otras de la Marvel, pero yendo en este caso más allá del mero cameo) a Nick Fury, líder de SHIELD, agencia dotada de tecnología armamentística avanzadísima, y que tendrá en el futuro cercano su propia película, claro está. Jeremy Renner (que participó, por ejemplo, en En tierra hostil, que ganó varios Oscar hace un par de años) también repite, y su aumento de importancia y tipodurismo son muy bienvenidos. Otro que vuelve es el agente Coulson (Clark Gregg), mucho más desarrollado que en las de Iron Man y Thor. También están por ahí, pero sin aportar demasiado, Stellan Skarsgard (Thor, la nueva de Los hombres que no amaban a las mujeres, Melancolía) y Cobie Smulders (Robin en Cómo conocí a vuestra madre). Como curiosidad,  los actores de culto Harry Dean Stanton (París, Texas, Alien) y Powers Boothe (Deadwood, Sin City) realizan sendos cameos.

Los protagonistas y sus respectivas capacidades de comerse la pantalla consiguen encajar perfectamente, mérito, como casi todo, del guión de Joss Whedon (a quien yo conozco por la serie de ciencia-ficción Firefly, de corta vida, y la película que sirvió para cerrarla, Serenity, pero que se hizo célebre por Buffy) y su propia y lograda traslación como director. La clave del guión es su ligereza casi constante, el hecho de que los diálogos sean divertidísimos, sobre todo a partir del momento en que los cuatro héroes se unen (el primer segmento de la película es bastante inferior al resto), y del choque de personalidades en el que lidera, claro está, el Iron Man de Downey, que se come al resto inevitablemente a pesar de no tener muchos más minutos que ellos; en cualquier caso, todos tienen sus propios chistes de tono definido. Por ejemplo, los de Thor se centran en su seriedad y grandilocuencia, y los del Capitán América en lo desfasado que está. La interacción entre todos ellos, juntos y por separado, es una delicia, y uno se queda con ganas de ver más de todos ellos (en mi caso, especialmente de Thor; llama la atención su falta de importancia a pesar de que sea el más implicado con el villano). Todo esto va unido a una acción de ritmo sin fisuras, más allá de alguna pausa bien situada con la función de ensamblar a los personajes y de hacerlos evolucionar, dentro de lo que cabe, que no es mucho. Ni falta que hace, insisto.


Por otra parte, Loki es un antagonista que no me motiva en absoluto, pero Whedon juega muy bien con su forma de manipular a los protagonistas (mindfucking, que dicen los americanos), lo relega hábilmente a un segundo plano, lo usa fundamentalmente como catalizador casi pasivo de la acción y se burla de su arquetípica ansia de superioridad. Igual que se burla, con algo que casi podríamos llamar atrevimiento, de la mentalidad derechista y religiosa del Capitán América; aun así, me pareció captar un diálogo con cierto tufo político que me chirrió bastante, cuando otro personaje dice al Capitán algo así como que con todo lo que está pasando a la gente le hace falta “algo pasado de moda”. No sé si Whedon lo atribuye al personaje o da su propia opinión, ni si son imaginaciones mías o lo exagero, pero en cualquier caso no tiene mayor relevancia.

De una ligereza bienvenida pero bien conjugada con los toques emotivos de rigor, Los Vengadores es, junto con los Batman de Nolan y quizá alguna otra en que no caigo, una de las pocas películas de superhéroes que me atrevo a calificar de ‘muy buenas’, pero de un modo bastante menos serio que las del murciélago, más ligero, más de cómic, de entretenimiento autoconsciente. Perdono el apresuramiento de los directivos o de quien fuera por estrenar el año pasado Thor y Capitán América (la segunda también me gustó bastante, por cierto) con tan poco margen temporal por su función básica de servir de avanzadilla a estos Vengadores que conforman no sólo la mejor película de la Marvel que se ha hecho hasta ahora, sino también uno de los mejores ratos que recuerdo haber pasado en una sala de cine. Debido a la escena insertada después de los créditos, siguiendo la tradición de las adaptaciones de la Marvel, prevemos que habrá Los Vengadores 2. Que así sea, y que la escriba Joss Whedon, por Dios.


viernes, 3 de febrero de 2012

Los descendientes

Título original: The Descendants.
Dirección: Alexander Payne.
Guión: Alexander Payne, Nat Faxon, Jim Rash (basado en la novela de Kaui Hart Hemmings).
Reparto: George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller, Nick Krause, Robert Forster, Judy Greer, Matthew Lillard, Mary Birdsong, Rob Huebel, Beau Bridges, Matt Corboy.


Con el paso de los años cada vez me tomo menos en serio los Oscar -probablemente lo de Slumdog Millonaire fue el punto de ruptura; en cambio, los Globos de Oro siguen manteniendo para mí una cierta credibilidad. En la edición de este año respiré aliviado cuando dieron el premio a mejor comedia o musical a The Artist, ese precioso homenaje y a la vez reinvención del cine mudo que, sin ser una maravilla, es claramente lo mejor del año, seguida de cerca por Un dios salvaje, aunque ésta pierde mérito por el hecho de ser una adaptación pura de una obra de teatro. Así, fiándome del criterio del jurado, me propuse ver Los descendientes, de la que no había oído hablar hasta el momento, cuando supe que había recibido el Globo al mejor drama. Del director Alexander Payne había visto, además, Entre copas y A propósito de Schmidt, grandes películas ambas, y George Clooney siempre me ha parecido un buen actor, más allá de su carisma. Sin embargo, aun sin llegar a decepcionarme, Los descendientes no llegó a darme tanto como esperaba.

El abogado Matt King (George Clooney) heredero y administrador de un enorme territorio virgen en una de las islas de Hawai. Debido a una reciente ley, él y sus primos se ven obligados a decidir a quién venderán las tierras. En pleno barullo legal, la mujer de Matt tiene un accidente de lancha y entra en coma. Así, Matt se ve obligado a ocuparse de sus dos rebeldes hijas de diez y diecisiete años y, a la vez, de poner en orden sus asuntos dada la elevada probabilidad de que su mujer no despierte.




Al fin y al cabo, Los descendientes no deja de ser una más de la interminable serie de películas independientes que giran en torno a la familia y que mezclan drama duro y comedia; se me ocurren Pequeña Miss Sunshine, Juno y la reciente Win Win, que comparten, a pesar de su tono progre, un cierto tufo conservador bastante curioso. Nada muy molesto, teniendo en cuenta la importancia objetiva de la familia y tal, aunque sí algo pesado a estas alturas. En este caso, el mensaje básico que me ha llegado es que, más que la pareja, que se agota, lo importante en la vida son los hijos, el legado.

Para llegar a eso, la película se basa en su recurso más interesante y, a la vez, más propio de Payne (era también una de las claves de A propósito de Schmidt): la ambivalencia afectiva del protagonista en relación a su mujer. A medida que investiga sobre su vida, Matt se da cuenta de que sus problemas de pareja no se limitan a un distanciamiento causado por su exigente empleo, y sus emociones y reacciones hacia las cosas que descubre son lo que proporciona la mayoría de toques humorísticos (aunque también es importante en este sentido el personaje de Sid, amigo de la hija mayor) y, además, lo que permite que Clooney se luzca.

Sin desdeñar la importancia de las hijas, en particular la mayor (muy buen trabajo de la desconocida Shailene Woodley; memorable la escena de la piscina), y alguno de los secundarios (Robert Forster está genial en el papel de suegro cabrón), el peso interpretativo recae fundamentalmente sobre el protagonista, quien plasma perfectamente la mezcla entre resignación, agotamiento, ira contenida (o no tanto), dolor y deseo de hacer lo correcto de su Matt King. Sin embargo, y aun siendo la base de Los descendientes, la complejidad del personaje y de la interpretación no me parece realmente digna de un premio del calado de los Oscar o los Globos de Oro (aunque son lógicos teniendo en cuenta el amor empalagoso que siente Hollywood por Clooney), y palidece, por ejemplo, en comparación al Schmidt de Jack Nicholson.


En ese sentido, las dos otras películas que he visto de Alexander Payne me parecen bastante superiores. Entre copas tiene un tono y un objetivo distintos, pero A propósito de Schmidt comparte, como he dicho, la ambivalencia del protagonista respecto a la desaparición de la figura de la esposa (algo me dice que el director tiene un historial amoroso jodido), y en mi opinión la trata con la misma habilidad, pero tiene un mayor interés debido a que los sentimientos del espectador con respecto a Schmidt son también ambiguos; se busca la compasión incondicional por el protagonista de Los descendientes. O eso, o que Clooney no es el adecuado para interpretar a un pringado entre patético y adorable, porque el patetismo es muy puntual.

Además, en comparación con las películas mencionadas, la estructura de Los descendientes es típica y previsible, nuevamente, dentro de los cánones del cine independiente de los últimos años. Junto a la elección de Clooney, es uno de los elementos brutalmente comerciales que me hacen intuir que el objetivo de Payne o de sus productores era ganar premios y, ya de paso, conseguir una buena recaudación en taquilla. Lo cual no está mal para cierto tipo de cine, pero no es lo que yo esperaría de un director experimental y original como éste.

En resumen, Los descendientes es una buena película que mezcla con relativo acierto el drama y la comedia aunque se decanta mucho más por lo primero, y que florece más que en ningún otro momento cuando confluyen sentimientos enfrentados en sus protagonistas. Sin embargo, tengo la convicción de que sin Clooney no se le habría dado ni de lejos tanto bombo, y no porque haga un papelón, sino porque ha servido como toque de atención respecto a la película y ha facilitado mucho las simpatías de la crítica con respecto a una película que no deja de ser típico cine indie sobre la familia con un presupuesto algo mayor de lo habitual. Nos vemos en los Oscar.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

Un método peligroso

Título original: A Dangerous Method.
Dirección: David Cronenberg.
Guión: David Cronenberg (basado en la novela de Christopher Hampton).
Reparto: Michael Fassbender, Keira Knightley, Viggo Mortensen, Sarah Gadon, Vincent Cassel.


Se tiende a simplificar cualquier cosa cuando se presenta a los no conocedores; sin embargo, me da la impresión de que en el caso de la teoría psicoanalítica esta simplificación es particularmente pronunciada. Además, existe una identificación generalizada del punto de vista de Freud, y por extensión del Psicoanálisis, con el de la Psicología en general, cuando en realidad existe una especie de rechazo despectivo oficial dentro de la profesión. En resumen, pues, hay tanto una visión superficial burlona como una falta de comprensión con respecto al Psicoanálisis. Desgraciadamente, Un método peligroso no sólo se enfoca hacia estos sesgos, sino que también sucumbe a ellos.

La trama se centra en Carl Jung (interpretado por Michael Fassbender), por aquel entonces un médico de prestigio incipiente, que decide utilizar la cura del habla propuesta por Sigmund Freud (Viggo Mortensen) para tratar a Sabina Spielrein (Keira Knightley), una estudiante de medicina diagnosticada de histeria. Sin embargo, a medida que el tratamiento se desarrolla y la paciente mejora, Jung es cada vez más consciente de las limitaciones de la teoría freudiana y de sus propios deseos y debilidades.

He leído algunas críticas que hablan de la película como un "viaje al fondo de los orígenes de la pasión" y la sexualidad; yo no lo veo así. Es cierto que se trata el tema, pero no deja de ser un aspecto más bien secundario al mensaje crítico que realmente sustenta la película y que podríamos resumir en aquello de "ver la paja en el ojo ajeno". Que sí, que el enfoque excesivamente sexual de Freud probablemente venga de una obsesión propia, que vale, que ya sabemos que el puro a veces es un pezón y a veces una polla y a veces solamente un puro, y el chiste está gastadísimo. Y la insistencia de Un método peligroso en esta paradoja ni es novedosa ni especialmente acertada.


Siguiendo con el asunto de la paradoja, y de un modo algo más interesante, está también el hecho de que Jung cuestionara el énfasis de Freud en la sexualidad como motivación casi exclusiva, pero su biografía parezca apoyar las ideas del maestro. Esto en general está bien llevado en la película, pero peca de ese simplismo al que hacía referencia al principio: no se tienen en cuenta la mayoría de circunstancias de la vida de Jung, sino que se utiliza sólo aquel segmento de la realidad (o puede que ni siquiera eso, porque su relación con Sabina S. no pasa de rumor) que resulta útil para explicar lo que se quiere explicar. Y eso -jódete, Cronenberg- es caer irremediablemente en lo mismo que se quiere criticar del Psicoanálisis en Un método peligroso.

Otro aspecto crítico y paradójico, está vez quizá más amplio, no aplicable sólo al Psicoanálisis sino, si se quiere ver así, a toda la Psicología, es el bucle del médico convertido en enfermo y el enfermo convertido en médico. La propia Sabina Spielrein se presenta, a medida que avanza la trama, como una figura más lúcida que Jung y Freud, un personaje al que las propias dificultades llevan al conocimiento, a la formulación de teorías, y no al revés. En su momento esto me indignó mucho y me pareció una tergiversación clara de los acontecimientos, pero en frío lo encuentro ingenioso si paso a tomarme menos en serio la película.

Creo que esa es una de las claves y, tal vez, virtudes de Un método peligroso, que no se toma demasiado en serio a ella misma, a pesar de la seriedad del tema que trata. En realidad es frívola, manipuladora y cínica dentro de su apariencia sobria y elegante, de lo cual son pistas los toques de humor (básicamente referencias a vida y obra) acertado y ligeramente oscuro, pero en general difícil de captar si no se conoce mínimamente a Freud y Jung y su antagonismo; en cualquier caso, como he venido diciendo, hay demasiadas barreras para que quien esté familiarizado llegue a disfrutar, y dudo del atractivo de la película para quien no lo esté (entre otras cosas, es una película lenta y densa). Además, me indigna que se dé esta visión tan sesgada y reduccionista a los neófitos -aunque nunca está de más bajar a Freud del pedestal un rato.


Esa misma falta de seriedad contribuye en buena parte a la infantilidad que destilan los diálogos, a la dificultad para creerse unos personajes que son claramente caricaturas fuera de contexto, cosa que podría funcionar si no tuviéramos en mente a sus referentes reales, pero como sí lo hacemos hay un choque molesto entre la visión previa y la que nos quiere trasmitir Cronenberg. Es esa interacción entre lo conocido y lo nuevo lo que hace que no me acaben de convencer las actuaciones de Fassbender y Mortensen, limitadas por un guión que chirría, pero sí la de Keira Knightley, puesto que no sólo tiene un papel más variado y difícil, sino que también cuenta con la ventaja de la relativa falta de fama de su personaje. Aun así, y a pesar de que fuera cierta, la evolución de su personaje no resulta creíble en el contexto de la película, y eso es un signo indudable de que algo falla.

En resumen, opino que Un método peligroso apunta a demasiados blancos a la vez, Freud, Jung, el Psicoanálisis, la Psicología en general, y obviamente no acierta a todos; consciente de la dificultad de la meta, opta por enmascarar un poco su seriedad para ver si cuela como broma, pero esto es bastante difícil de aceptar teniendo en cuenta que se basa en personajes reales (por lo que me recuerda en cierta medida a la justificadamente desconocida El día que Nietzsche lloró, aunque ésa tiene la desventaja de ser una mierda en general). Situándola dentro de la filmografía de Cronenberg, resulta interesante por su contención, elegancia y temática, pero también tan irregular y mal resuelta como la mayor parte de su obra. Y no nos engañemos, si tuviera la capacidad de hacer una película que funcionara del todo a estas alturas ya la habría hecho.


martes, 20 de septiembre de 2011

El árbol de la vida

Título original: The Tree of Life
Dirección: Terrence Malick
Guión: Terrence Malick
Reparto: Brad Pitt, Hunter McCracken, Jessica Chastain, Sean Penn, Laramie Eppler


Llevaba mucho tiempo sin escribir críticas. Dejando de lado la vagancia, que es sin duda el motivo principal de mi inactividad, creo que también tiene una importancia fundamental el hecho de que las películas que he visto en el cine en los últimos meses no me han motivado lo suficiente. Sé que suena a tópico, y suena a tópico porque lo es, pero no puedo evitar decir que las películas recientes raramente arriesgan, que no innovan o aportan lo suficiente como para merecer un comentario detenido. En ese sentido, El árbol de la vida, la nueva película de Terrence Malick, es una obra que, en cierto modo, agradezco profundamente, porque es quizá (exceptuando alguna joya como Exit through the gift shop) lo más original y experimental que se ha hecho en el cine de la última década. Pero soy de esos -pocos, intuyo por las críticas que he leído de la película- que creen que "original" no tiene por qué equivaler a "bueno", y en este caso en particular no es así. Vamos allá.

El árbol de la vida, simplificando, cuenta cómo Jack O'Brien (interpretado muy escuetamente por un Sean Penn cuyo papel consiste básicamente en pasear y aportar una voz en off) recuerda a su hermano, cuya muerte, acontecida muchos años atrás, todavía lo atormenta, para poder reconciliarse con su pasado y, por extensión, con él mismo. Con este fin se explica la relación del Jack adolescente con su padre (Brad Pitt, más que correcto, como mínimo), un hombre severo y aparentemente cruel, y su madre (Jessica Chastain), dulce pero débil, y la independización de Jack como individuo a partir de la rebelión contra el padre, símbolo de la autoridad arbitraria.

Hasta ahí bien. Para entender los problemas del filme está bien, creo, recordar un poco las películas más recientes de Malick, La delgada línea roja y El nuevo mundo, que formalmente difieren bastante de sus películas primerizas, por allá en los setenta, a pesar de que tienen en común el tono y el mensaje. Después de un hiato de veinte años en su filmografía, las pretensiones de Malick como guionista y cineasta se vieron favorecidas por la posibilidad de contar con medios económicos y técnicos para hacer películas que abarcaban más y que destacaban tanto por su mensaje pacifista -y, por qué no decirlo, hippie- como por su belleza estética.


Ambas películas daban un peso importantísimo a una voz en off poética que ponía de relieve los sentimientos y motivaciones de los personajes y que, en general, funcionaba muy bien, por ejemplo como contraste entre lo que pensaban los protagonistas y lo que realmente llevaban a cabo. La lentitud narrativa era algo que quedaba compensado por la belleza de la película en general; nunca criticaré a un director simplemente por hacer películas lentas si no me importa que tarde en contar algo en lo que vale la pena tomarse tiempo, o me tendría que meter con Haneke o hasta con Tarkovsky y Bergman.

En El árbol de la vida Malick se deshace completamente del sentido de la moderación y, de paso, se carga completamente el ritmo. Es decir: abarrota el metraje, primero, de voces en off que en no pocos momentos se sienten exageradas y hasta llegan a provocar vergüenza ajena, y segundo, de imágenes espectaculares alargadas hasta el coñazo -y creo que, de todas las que he usado hasta ahora para describirla, "coñazo" es la palabra que mejor resume la película. La máxima expresión de esto último son los diez o veinte o cincuenta minutos, yo qué sé, en que Malick compara e iguala la importancia de una sola vida, la del hermano muerto, con la de la vida en general -lo cual, por cierto, viene a ser el mensaje básico de la película: toda la vida es una sola-, representada por el nacimiento y evolución de la Tierra, incluyendo un par de imágenes supuestamente trascendentes de dinosaurios y una banda sonora operística que parece querer decir al espectador algo así como "Ah, por si no te habías fijado, estas imágenes son espectaculares". Y lo son, pero es todo tan excesivo y pretencioso que es imposible tomárselo en serio en su contexto.


Y toda la película está imbuida de esa grandilocuencia pedante, manifestándose después, una vez la ¿trama? se sumerge en la parte más narrativa, la de la relación del protagonista con su padre, en forma de imágenes metafóricas que agobian por su abundancia, aunque individualmente no tienen por qué no funcionar; destaco, por ejemplo, la repetición del plano de niños jugando enfocado de forma que las sombras parecen más grandes que los cuerpos, imagen que abarca una cantidad enorme de simbología: la vida infantil como algo todavía por desarrollar, la vida propia como un elemento mucho menos importante que su repercusión en otras vidas, que todo lo que ha afectado a esa vida desde el inicio de los tiempos pero no forma parte de ella... A destacar también, y en el sentido opuesto, la cagada monumental del final, una mezcla entre iluminación mesiánica, anuncio de Cacharel y el último capítulo de Lost.

No niego el valor de El árbol de la vida como experimento, como completa liberación de un cineasta que ya se había ganado el respeto de la crítica y, en menor medida, de los espectadores, pero sí me atrevo a decir no que le falta, sino que le sobra demasiado como para poder ser buen cine. Me importa una mierda el cuidado que haya puesto Malick en cada imagen y en cada metáfora si el conjunto no se aguanta por ningún lado, si el mensaje es tan básico y a la vez tan difuso que se derrama entre los huecos del guión, se pierde de vista entre tantas idas y venidas de la cámara, se olvida con cada corte del ritmo narrativo.

Hay mucho más que decir sobre esta película, pero creo que realmente no hace falta que escriba más para que se entienda qué valoro y qué no de El árbol de la vida. Desde luego que se me han pasado cosas durante el visionado, pero me cuesta muchísimo creer que hayan sido tantas como para justificar la diferencia entre mi crítica y las lamidas de glande que he leído por ahí. En cualquier caso, está claro que hay muchas películas y muchos puntos de vista, por lo que yo no me fiaría de una sola opinión, ni de cuarenta, y, más en este caso que en el de casi cualquier otra película, la vería para poder formar una propia. Eso sí, aconsejo que mejor cuando salga un ripeo decente; quien se atreva a pagar seis euros que no venga a reclamármelos a mí.


martes, 15 de febrero de 2011

Valor de ley


Título original: True Grit.
Dirección: Joel Coen, Ethan Coen.
Guión: Joel Coen, Ethan Coen (novela de Charles Portis).
Reparto: Hailee Steinfeld, Jeff Bridges, Matt Damon, Josh Brolin, Barry Pepper.

Es difícil pensar en directores actuales que hayan aportado tanto al cine como ese ente bicéfalo compuesto por los hermanos Coen. O tal vez "aportar" no sea la palabra apropiada; más bien han dado un giro al tono de muchos géneros olvidados o estancados. Muerte entre las flores, por ejemplo, se cargó el cine de gángsters, concebido desde sus inicios con una seriedad que parecía inamovible; lo que le hizo El Gran Lebowski al cine negro casi parece más una falta de respeto genial que un homenaje. Así pues, al saber que iban a hacer un western (No es país para viejos y su ópera prima, Sangre fácil, no tienen mucho más de western que la ambientación) esperaba, supongo que como la mayoría de sus fans, presenciar una vuelta de tuerca al género, algo así como una Sin Perdón cabrona. Nada más lejos.

El padre de Mattie Ross (Hailee Steinfeld) es asesinado por Tom Chaney (Josh Brolin; No es país para viejos, W.), un criminal recurrente que huye con el caballo de su víctima. Ante la pasividad de las fuerzas del orden, Mattie decide tomarse la justicia por su mano y contrata a Rooster Cogburn (Jeff Bridges; El Gran Lebowski, Corazón rebelde), un alguacil borracho y de gatillo fácil, para que la ayude a detener a Chaney. A la partida se une LaBeouf (Matt Damon; Infiltrados, El caso Bourne), un ranger de Texas que lleva meses persiguiendo al asesino.


Valor de ley empieza bien, de un modo muy coeniano. Durante el primer cuarto de hora, antes del inicio de la persecución, tiene lugar la mayor parte de los pocos toques de humor entre negro y absurdo, tan característicos de los hermanos, de todo el metraje. Sin embargo, la película tarda poco en convertirse en un western relativamente típico, perfectamente ambientado y fotografiado, de ritmo lento y con una dirección menos llamativa de lo que se presupone a una obra de los Coen.

El problema fundamental es el guión, que no es malo sino más bien poco destacable; no hay que olvidar que esta Valor de ley es tanto la adaptación de una novela como un remake y, por lo que he leído (no he visto la original), se aleja muy poco de sus fuentes. En su crítica, Peter Travers, de la Rolling Stone, afirma que "Los Coen absorben en su ADN al injustamente olvidado Portis", pero no es así. Si bien en la premiadísima No es país para viejos convirtieron los diálogos secos de Cormac McCarthy en palabras irónicas y mordaces que sonaban muy propias, su versión de Valor de ley es poco personal, a pesar de las ocasionales imágenes sangrientas y demás marcas de la casa.



Al ver Valor de ley, no pocas escenas hacen pensar en esa, digamos, ingenuidad verbal del cine de la primera mitad del siglo XX, que en su contexto original no molesta pero en una película de los Coen chirría y hasta decepciona. Incluso la ruptura de arquetipos que representan la mayoría de los personajes (el héroe dudoso, el malo patético, el bandido honorable) se siente desfasada e innecesaria, quedando más cerca de la reciente Appaloosa que, por ejemplo, de El hombre que mató a Liberty Valance.

Además de en el hecho -que no hay que olvidar- de que no pretende ser mucho más que un divertimento tanto para sus creadores como para el espectador, el pilar en que se sustenta Valor de ley es su pareja protagonista. Ver a Jeff Bridges parodiando a John Wayne es tan entretenido como suena, y la niña, Hailee Steinfeld, ofrece una interpretación sólida y sobria, aunque probablemente lastrada por un mal doblaje; tengo ganas de volver a ver la película en versión original. Por otra parte, el sobreutilizadísimo Matt Damon sigue, como casi siempre, haciendo que me pregunte qué cojones ven en él tantos grandes directores, y los pequeños papeles de Josh Brolin y Barry Pepper (Los tres entierros de Melquiades Estrada, La milla verde) son curiosos -ver a Brolin con los dientes negros, el entrecejo más peludo que la barba y la espalda medio doblada no tiene precio- pero no están ni de lejos a la altura de la mayoría de secundarios de la filmografía de los Coen.


Y es que ésa es la mayor desventaja de Valor de ley, que resulta imposible no compararla con el resto de películas de sus creadores. Sin ser una mala película, Valor de ley sólo supera a dos o tres de éstas: Arizona Baby, Crueldad intolerable y, tal vez, LadyKillers o El gran salto. Sin ir más lejos, la penúltima película de los Coen, Un tipo serio, está muchísimo más conseguida que Valor de ley, a pesar de haber sido ignorada por el público y la crítica. De todos modos, irónicamente, parece probable que el hecho de ser de los Coen sea lo que ha favorecido su buena recepción; intuyo que, de haber sido dirigida por cualquier otro, Valor de ley habría pasado sin pena ni gloria.

Resumiendo, Valor de ley decepciona como película de los Coen al carecer del humor negro y la originalidad de que los hermanos han dotado durante su carrera a diálogos propios y ajenos, dando la impresión de estar muy poco trabajada a nivel de guión, que siempre ha sido el punto fuerte de los hermanos. Aun así, es un western bien realizado e interpretado y con un aire clásico innegable, lo cual se echa algo en falta en el panorama cinematográfico reciente.